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ANA LUZ REGRESA AL PAÍS DE LA MAGIA

JUAN COLETTI




Capítulo 1

UNA VISITA INESPERADA


          El sol del mediodía de verano quemaba la tierra, los árboles y el techo de los  edificios de Covadonga, la “Ciudad de la Luz”, edificada a la vera del Río de las Truchas. En una humilde casa en uno de los barrios pobres, Ana Luz estaba terminando de preparar el almuerzo cuando repentinamente le pareció escuchar el balido de una cabra y el repiqueteo de una campanilla  que se aproximaba por la calle  de tierra. Lo primero que atinó a decir en voz alta, como si despertara de un largo y profundo sueño fue:
          -¡No puede ser! ¡No puede ser verdad! ¿Qué está pasando?
          Se sacó el delantal y corrió al baño. Dejó correr el agua por la canilla del lavabo y se mojó la cara, una y otra vez. Sus ojos brillaban con una mezcla de confusión y asombro mientras sentía que su corazón se aceleraba y las piernas parecían no poder sostenerla. Se aproximó a la ventana, corrió las cortinas pero no vio a nadie. El balido de la cabra le llegó ahora, nítido, próximo, mientras escuchaba una antigua y amada voz que venía cantando:

Sólo la flor que crece en las montañas
Puede llevar al valle su fragancia.
Cuando muere la flor queda el perfume
Y si el aroma perdura la semilla está a salvo.

          -¡Catanga!
          Abrió la puerta de calle sin decidirse a correr o quedarse quieta, esperando la más inesperada de las  visitas.  A pocos metros, una anciana vestida de negro, portando dos alforjas sobre sus hombros, pregonaba:
          -¡Peperina! ¡Carqueja! ¡Tomillo! ¡Miel!
          En esos momentos ningún vecino pareció estar interesado en comprar hierbas medicinales o tal vez porque la magia de Catanga había cubierto de silencio el lugar para que fuera posible  el encuentro prometido entre la maestra y su joven discípula.
          -¡Catanga! ¡Qué sorpresa! Jamás pensé que podríamos volver a vernos.
          -Mi pequeña Ana Luz, ¿has olvidado la promesa que te hice hace años?
          -Pero yo…
            -Espero haberte sorprendido. No estoy  aquí por casualidad. ¿Puedo pasar? ¿Estás sola?
          -Si, mis padres han ido de visita  a la casa de unos amigos. Regresarán antes del anochecer.
          -Está bien. No me quedaré mucho tiempo. El suficiente para que sepas que  muchas cosas extraordinarias han empezado a  suceder en las montañas mágicas. Sobre eso y sobre otras cosas deseo conversar contigo.
          -No se queden en la puerta. Pasen. Sé que vienes acompañada.
          -Cabana siempre viaja en mi compañía, pero por ahora no podrás verla. Ella está tan preocupada como yo. Ya te explicaremos por qué ambas estamos aquí.
          Catanga dejó sus alforjas sobra una mesa y se sentó en una humilde silla. Los pasos de la Cabra Invisible sonaron cuando ingresó a la salita de estar. Por momentos nadie supo qué decir.
          -Ana Luz, te ves más hermosa que nunca. Me siento feliz de volver a verte. Ya has cumplido 15 años, ¿verdad?
          -Sí, hace apenas dos lunas. Ya no soy una niña, aunque tampoco me siento una mujer. Sigo creciendo.
          -Ya lo veo.
          Lo que sucedió a continuación fue un rápido intercambio de noticias. Mientras almorzaban un guiso de fideos y verduras, Ana Luz contó que al comienzo les había costado adaptarse a la vida en una ciudad tan grande como Covadonga, que su padre Cabalango trabajaba como peón de albañil y Catinga, su mamá, lo hacía como empleada doméstica en casa de algunas familias muy ricas del centro. En cuanto a ella, había aprendido con un grupo de amigos la fabricación de artesanías que vendía en la plaza principal. Aunque el dinero que ganaban entre todos no era mucho, resultaba suficiente para pagar el alquiler y hacer frente a los gastos diarios. En realidad, confesó Ana Luz, no tenía ningún  suceso  digno de contar, a excepción de algunos sueños muy extraños que había tenido últimamente.
          -Conozco esos sueños, mi pequeña guerrera, por eso estoy aquí.
          -¿Qué me está pasando? Apenas presentí tu presencia me pareció que despertaba de otro de mis sueños.  ¿Acaso la Manzanilla del Olvido no ha borrado para siempre mis recuerdos? Cuando, hace tres años, partimos con mis padres del Cerro de las Brujas, pensé que lo hacíamos para siempre. Sin embargo…
          -Sí, te escucho.
          -Sin embargo, Catanga, no podría jurarte que soy completamente feliz. Muchas veces, rodeada por mis padres y mis amigos, me pregunto: ¿Qué hago aquí? ¿Es éste mi lugar en el mundo? 
          -Es una buena pregunta. Te sigo escuchando.
          -En mis sueños regreso a las Montañas Mágicas, vuelo, visito cada rincón, recuerdo cada uno de los días de mi infancia. Es como si jamás hubiera abandonado aquellos parajes. Podría hablarte durante horas.
          -No es necesario. Ahorremos las palabras, mi querida Ana Luz. Sólo voy a decirte que estás despertando y que muy pronto tu vida sufrirá un cambio inesperado.
          -No entiendo.
          -Alguna vez te dije que soy una mujer muy vieja. No importa si he vivido uno o dos o siglos o más. Lo cierto es que en esta ocasión  apenas tuve fuerzas para venir a verte. Estoy aproximándome al término de mi vida. Esa es la verdad.
          -No digas eso.
          -Todo lo que comienza llega a  su fin. Es muy fácil de comprender si observas a tu alrededor.
          -Pero tú eres diferente. Eres un espíritu poderoso.
          -Pues ya no lo soy. En los mundos de la Noche Tenebrosa están apareciendo cientos de  espíritus perversos, uno más cruel que otro, especialmente esa joven…
          -¿Quién? Dime su nombre.
          -Dejemos el nombre por ahora. Si recuerdas a Sandunga, deberás saber que su Heredera es inmensamente más dañina y malvada. Ella, en compañía de sus numerosos secuaces sigue invadiendo territorios en los que ningún humano, ningún ser que viva en la luz podría  permanecer sin graves riesgos.
          -Catanga, te debo mi vida y la vida de mis padres y mi libertad. No olvido que estoy en deuda contigo, pero ¿cómo podría yo luchar contra esa multitud de brujos, magos y hechiceras? Son muchos y muy poderosos y muy crueles.
          -“Recuerda – se oyó la voz de la Cabra Invisible – que parte del poder de los mundos superiores están depositados en tu ser. Cuando bebiste por última vez la leche de mis ubres, todo empezó a transformarse definitivamente para ti.  ¿Lo has olvidado?”
          -No, Cabana, no lo olvidé. Eres parte de mi vida.
          -“Entonces, confía en nosotras, Ana Luz. Tú tienes el privilegio de poder vivir en dos mundos diferentes y si no lo haces, siempre te acompañará un sentimiento de fracaso. Debes ser fiel a tu destino”.
          -Todo ha sido tan repentino. Me parece que estuviera dando vueltas en un torbellino de ideas y sentimientos. ¿Debo darte ahora una respuesta?
          -No será necesario. Tienes dos lunas para pensarlo. En primer lugar deberás convencer a tus padres. Apenas ellos regresen les leerás esta carta, pero no abras el sobre hasta ese momento. Después, si esa fuera tu decisión,  iniciarás el regreso, viajando solo de día. Por ahora no es prudente que te arriesgues durante la noche. Al llegar al Valle del Silencio tendrás un encuentro jamás imaginado que te hará inmensamente feliz. En ese lugar podrás pasar la noche y al día siguiente emprender la cuesta hacia tu antigua morada, el  Cerro de las Brujas.
          En ese momento, por la ventana abierta que daba a la calle ingresó una paloma que se posó en el hombro derecho de Catanga. Ana Luz no evitó hacer un gesto de sorpresa.
          -Te presento a Colombina.
          -¡Colombina!
-Ella es una paloma mensajera que hace apenas un año llegó hasta mí viajando desde más allá de los mares. Me ha traído importantes noticias de mis antiguos maestros.
-¡Vaya, qué día de sorpresas, Catanga!
-Este es apenas el comienzo de una nueva y gran aventura. Piénsalo bien, pero no te sientas obligada. Ahora debemos partir.
La Bruja Solitaria cruzó las alforjas sobre sus hombros. Miró con intensidad a los ojos de Ana Luz y luego la abrazó y la besó en ambas mejillas. Colombina voló marcando el camino de regreso. Por el sendero de tierra se fue esfumando la silueta de la anciana vendedora de yuyos. Detrás de su figura encorvada, iba quedando la marca de las pisadas de la Cabra Invisible.
Ana Luz cerró  tras de sí la puerta de su casa, lavó los platos y luego se recostó a descansar en su habitación. No hubiera sabido decir si estaba triste o inmensamente feliz.  De sus ojos caían unas gruesas lágrimas que mojaban sus mejillas. Con una voz apenas audible se preguntó a sí misma:
-¿Qué será de mí? ¿Cuál es mi verdadero destino? ¿Ser una bruja?



Capítulo 2

EL ESPEJO DELATOR

Sentada sobre una piedra rectangular, flanqueada por dos enormes dogos blancos, la joven bruja de larga y roja cabellera, parecía mirar a lo lejos, aunque nadie podría jurar qué veían en esos momentos sus ojos ciegos. Frente a ella, a la hora del atardecer, el rumor de la cascada del Arroyo de las Murmuraciones caía pesadamente sobre el costado rocoso de la Laguna de la Niña Encantada, la misma en la que hacía algunos años Ana Luz y su amiga Tanti, la pastora de cabras, habían estado a punto de morir ahogadas.
Un extraño y doloroso silencio cubría el lugar. Sólo el ruido incesante del agua y algún lejano trinar de algunos pájaros parecía anunciar que algo estaba por suceder, algo tan temible que ningún ser humano hubiera podido soportarlo sin caer en la desesperación.
De pronto se escuchó algo así como un trueno que provenía de las profundidades abismales de la laguna, luego un formidable borbollón de aguas en cuyo  centro podía contemplarse el cuerpo deslumbrante de Taninga, el Espíritu de las Aguas que desde hace siglos mora en ese lugar. La  legendaria ninfa, mitad mujer y mitad pez, chapoteó alegremente por unos instantes, riéndose a carcajadas, antes de sumergirse y volver a aparecer apoyando sus manos en las rocas de la orilla. No pareció sorprenderse ante la presencia de quien  estaba  aguardándola, pero dejó de reír y dijo solemnemente:
-Bamba Ananda, Calabalumba.
-Bamba Ananda, Taninga. Esta vez no has sido puntual. Hace rato que estoy esperándote y bien sabes que odio a quienes me hacen perder el tiempo. ¿Qué me dices?
-Perdóname, no volverá a suceder. Te lo prometo. Me entretuve coleccionando caracolas – dijo la extraña aparición con una suave mueca de ironía en su rostro. 
Por un momento volvió a reinar el silencio. Ninguna de las dos, por distintos motivos, quería iniciar la conversación. Los perros se pusieron de pie, en actitud amenazante y dieron unos pasos en dirección a la laguna.
-¿Has traído contigo lo que te ordené?
-Por supuesto, jamás viajo sin mis elementos de belleza. Aquí están mi Peine y el Espejo de Oro en el cual,  por cientos de años,  he contemplado mi belleza y el misterio de todas las cosas. ¿Qué deseas saber?
-Dame ese espejo, seré yo quien lo consulte.
-Bien sabes que eso es imposible. Sólo en mis manos el espejo puede mostrar el pasado, el presente y el futuro.
-Te he ordenado que me entregues ese espejo.
-No, Calabalumba, no te lo daré. Eres la joven Bruja Suprema de los idiotas de la noche pero no eres mi ama. Si me molestas me sumergiré y jamás volveré a estar en tu presencia.
La joven Heredera del trono de Sandunga se puso de pie. Era ahora más alta y fuerte que cuando quedó al frente de los sobrevivientes de la Batalla del Día del Eclipse en la que había desaparecido su abuela. Tenía solo 18 años pero en su rostro eran visibles los rasgos de una mujer de más edad. Sabía que era poderosa pero se mostraba astuta y prudente cuando se encontraba frente al peligro. Pareció sonreír  pero el gesto era más bien  el de un amargo desprecio.
-Está bien. No voy a robarte tu precioso amuleto. Estoy aquí porque tú y yo y todos los hijos de la noche tenebrosa estamos en peligro. ¿Acaso no lo sabes?
-¿Qué cosa no sé?
-Dentro de un instante vamos a comprobarlo. Aproxímate y déjame ver lo que el espejo va a mostrarnos-.  Taninga frotó el objeto mágico con su cabellera hasta que pareció relumbrar. Las imágenes aparecían al principio grises y borrosas pero lentamente se fueron aclarando hasta mostrarse nítidas.
-¿Son estas? – preguntó la Niña Encantada.
-Sí, son  Ana Luz y Catanga, nuestras enemigas. Se han reunido para conspirar contra nuestro pueblo. ¡Malditas! Muy pronto se pondrán a nuestro alcance y entonces juro por los Demonios de la Oscuridad que no tendré piedad de ellas.
-No olvides, Calabalumba, que esa niña tiene poderes especiales. No te será fácil vencerla porque ella…
-No me  digas lo que  sé mejor que nadie. ¿Quién crees que soy? ¿Acaso estás menospreciándome?
-No te desprecio, pero te lo advierto porque soy yo quien tiene consigo este espejo que me trae, apenas lo deseo, cualquier mensaje de peligro. Si eres considerada  prometo volver a reunirme contigo para que tengas otras visiones. Prométeme que no me harás daño.
-Bien sabes que en lo profundo de esa laguna viven mis amigos, los antiguos sapos escuerzos, los fantasmas gelatinosos y los pulpos carnívoros que a una simple orden mía  te harían pedazos.
-Pero entonces no tendrías el espejo. ¿De qué te serviría mi muerte?
-Sí, lo sé. Por eso continuaremos siendo amigas. No te enfades conmigo, Taninga. Sabes que no puedo controlar mi carácter. Por favor, consultemos nuevamente para ver qué nos muestra ahora tu espejo.
-¿Qué deseas saber?
-Ana Luz, esa niña despreciable,  sabe de magia tanto como yo porque ella también estudió en la Escuela de las Brujas Novicias.
-Lo sé.
-Pero hay un poder  que ella ha recibido, una fuerza que está depositada en su cuerpo que la hace invencible. Ella, solamente  con sus poderes, aniquiló al ejército de mi difunta abuela. Quiero saber de dónde proviene ese poder, si ha sido obra de Catanga, la Bruja Solitaria, o de quién.
Taninga volvió a frotar el espejo y de inmediato apareció la imagen de una cabra, pequeña, blanca, pastando sin temor en algún lugar de este mundo o de otro mundo.
-¿Qué es eso? ¿Una cabra? ¿Acaso se trata de una de tus  estúpidas bromas?
-No lo es, Calabalumba, este espejo solo refleja la verdad. Pero no sabemos qué significa esa imagen, quién es esa cabra. Jamás la había visto.
Los dogos blancos, que no eran otra cosa que Bombo y Congo, convertidos en perros por haberse atrevido a desafiar el poder absoluto de la joven ciega, se aproximaron a la imagen y empezaron a gruñir, mostrando sus afilados dientes y espesas babas que se deslizaban por sus lenguas.
-¿Acaso conocen a esta cabra? ¿Alguna vez la han visto? Digan algo, grandísimos idiotas.
Los mastines callaron y retrocedieron, metieron su cola entre las patas y bajaron la cabeza. La imagen de la cabrita parecía haberlos intimidado.
-Ya hablaré con ustedes. Apenas lleguemos a nuestro escondite secreto los interrogaré pero más vale que no me mientan, ¿escucharon, perros miserables?
Por toda respuesta los dogos hicieron con su cabeza un ademán de asentimiento.
-Bien, es hora de regresar. Vuelve a tu mundo, Taninga, y ten cuidado.
-Por favor, no te vayas todavía. ¿Por qué no vienes conmigo y nadas un rato en la laguna? Te hará bien, te lo aseguro. Ven, Calabalumba, sácate la ropa y ven, ven conmigo.
La joven hechicera, ama y señora de los espíritus de las Montañas Mágicas tuvo un leve estremecimiento de pánico. Sabía que cualquier ser que penetrara en las aguas de la Laguna de la Niña Encantada no saldría de allí con vida. Incluso ella podría morir ahogada como tantos otros que fueron engañados por Taninga.
La joven hechicera ciega y la ninfa de las aguas se miraron por un instante a los ojos. Se juraban amistad pero en lo íntimo  se temían y desconfiaban mutuamente.  Aunque la nieta de Sandunga era ciega, podía ver mejor que nadie por dentro y por fuera de las cosas y ese poder le sugirió que no aceptara la invitación.
-Lo siento, pero ya es tarde. Las estrellas comienzan a nacer en el cielo y la Luna pronto aparecerá detrás de los cerros. Debo partir. Lobú  (adiós) Taninga.
-Lobú,  Calabalumba.
Mientras la joven de roja cabellera se iba esfumando en la oscuridad de la naciente noche, seguida por sus fieles guardines, los dogos blancos, el Espíritu  de las Aguas dio un enorme salto y volvió a sumergirse de cabeza en las profundidades de la laguna. Sus risotadas histéricas resonaron en la amplitud de las montañas llenando de pavor a quienes las escucharon.
Agugango, el viejo vidente que tenía el aspecto de una araña pollito, había permanecido oculto tras unas matas de jarilla, viendo y escuchando lo que acababa de suceder ante sus ojos asombrados. Tardaría por lo menos una noche completa para llegar al escondite de Catanga, a quien todavía consideraba su amiga a pesar de que la Bruja Solitaria en cierta oportunidad había desconfiado de su lealtad para con ella. Se dijo a sí mismo mientras ponía en movimiento sus patas largas y peludas:
-“Es muy grave lo que está por suceder.  Estamos ante un gran peligro. Debo comunicarle a mi comadre lo que acabo de ver y escuchar. Tal vez tenga piedad de mí y vuelva a transformarme en lo que siempre he sido, un anciano vidente y poderoso. Así podré vengarme


Capítulo 3

EL REGRESO DE ANA LUZ

Habían pasado las dos lunas, el plazo aceptado por Ana Luz para emprender su regreso al Cerro de las Brujas. Los gallos de las granjas vecinas empezaron a anunciar la proximidad de la luminosa madrugada. Por todo Covadonga se encendieron luces en casas y fábricas,  se escuchaban voces y el ruido de vehículos que se desplazaban a uno y otro lado con la prisa propia de las grandes ciudades.
En la humilde casa ubicada en los suburbios, Catinga y Cabalango encendieron el fuego en la cocina para preparar el desayuno y despedir a su hija que en su dormitorio estaba terminando de ordenar bolsos y paquetes para dar comienzo a la increíble aventura que la estaba esperando.
Después de su encuentro con  Catanga y al regreso de sus padres de visita en casa de unos amigos, Ana Luz les contó que había recibido un sobre que debía ser abierto cuando los integrantes de la familia estuvieron reunidos. Sentía que un nudo le apretaba el corazón pues de algún modo no podía decirles  una verdad para la que no estaban preparados y que jamás comprenderían. Ellos habían bebido el Té de la Manzanilla del Olvido que había borrado todo recuerdo de cuando eran unos pobres brujos en la comunidad de la antigua soberana del mal, la hechicera Sandunga.
No eran todavía ancianos aunque no gozaban de  buena salud y aparentaban más edad de la que realmente tenían. Ana Luz sabía que sus padres no eran personas muy listas, pero los amaba por la simple razón de que eran para ella buenos y comprensivos. Pensó que había que dejar que el tiempo acomodara lo que en esos días parecía  ser un problema no muy fácil de  resolver.
Aquella tarde abrieron,  como estaba convenido, el sobre de color marrón  en el que  había una carta y un fajo de billetes. Catinga, con humildad y un poco de vergüenza, le dijo a su hija:
-Sabes que tanto tu padre como yo somos analfabetos. Por favor, hijita, léenos esa carta para saber de qué se trata.
En los tres años en que Ana Luz había permanecido en Covadonga  concurrió  a un taller de escritura  en el que rápidamente y ante el asombro de sus maestros, aprendió a leer y a escribir correctamente. De alguna manera, sus años como aprendiz  en la Escuela de las Brujas Novicias le había otorgado una capacidad para desenvolverse mentalmente más rápido que cualquier niño humano de su edad. Luego, con sus ahorros como artesana había podido comprar algunos libros que leía y releía con avidez.
Tomó en sus manos el papel manuscrito y leyó en voz alta.
“Querida señora Catinga, querido señor Cabalango”.
-Somos nosotros – dijeron ambos al mismo tiempo-, ¿quién les habrá dicho nuestros nombres?
-Esperen un momento. No me interrumpan, por favor.
“Soy una mujer anciana que vive en Traslasierras en un campo en el que ha vivido mi familia durante siglos. Mi nombre es Salomé, tengo muchísimos años, me siento muy sola pues no tengo familia y necesito que alguien me acompañe para que mis días no sean tan tristes.
“Necesito una dama de compañía y por noticias de una querida amiga estoy enterada de que vuestra hija, la joven Ana Luz, podría viajar por un tiempo y quedarse conmigo. No será mi sirvienta, pues tengo algunos criados muy fieles, sino mi acompañante. Con ella podré dialogar y escuchar la lectura de buenos libros. Les prometo que la cuidaré como si fuera una nieta. Además, y como es justo, tendrá el beneficio de un pago mensual. Les adelanto con los billetes que les envío parte del dinero que ella ganará a mi servicio.
Al dorso de esta carta he marcado la ruta que la jovencita deberá seguir para llegar hasta mi residencia. La espero dentro de dos lunas, ni un día más ni uno menos. De vez en cuando recibirán mis noticias  pues bien saben que Traslasierras queda muy lejos de Covadonga.
Les hago llegar el agradecimiento de una anciana que mucho los aprecia.

                                                          SALOMÉ

-Este dinero nos vendrá muy bien, ¿verdad, Cabalango?
-Así es, podremos comprar algunos muebles y arreglar nuestra casita.
-Compraremos algo de ropa y un poco más de comida.
Ana Luz estaba conmovida por la actitud de sus padres. No entendía cómo se habían convencido tan fácilmente y pensó en la astucia de Catanga, en el modo en que ella solucionaba los problemas. Le emocionó darse cuenta de que ese dinero provenía de los ahorros que la Bruja Solitaria hacía de sus ventas de yuyos aromáticos y medicinales y de la miel silvestre que recogía en las Sierras Grandes.
Así fueron pasando los días y las noches. Cuanto menos faltaba para el día de la partida, más eran las emociones y la ansiedad de toda la familia. La joven que durante  su infancia no había querido ser bruja, estaba ahora en los preparativos de un viaje cuyo destino real sería el misterio, el encuentro con su maestra y los increíbles peligros que estaban aguardándola.
Ni siquiera sospechaba de la existencia de Calabalumba ni del odio que la Heredera sentía hacia ella y de las trampas que estaban preparando  los espíritus de las tinieblas para destruirla no sin antes hacerle padecer los peores sufrimientos.
En su pequeño dormitorio había embalado en cajas de cartón sus libros preferidos, numerosas bolsitas con semillas de tomate, cebolla, calabaza, melón y maíz  pues era su propósito cultivar una huerta en los alrededores de la antigua caverna donde había nacido y pasado los años de su infancia. Recordaba que había allí un pequeño manantial donde obtendría el agua para beber, higienizarse y cultivar sus alimentos.
Tampoco olvidó empaquetar algunas ollas, cubiertos, platos, tazas, una tetera, y otros elementos de cocina, así como una pequeña cortina tejida por Catinga que ubicaría en uno de los respiraderos que hacían de ventana. También  papel y lápices para comenzar a escribir algunos cuentos que comenzaban a tomar forma en su imaginación. Todo un cambio de vida, pensaba, sin saber que nada sería como ella lo estaba soñando aunque, por supuesto, no era una tonta y sabía que la vida en las Montañas Mágicas no le sería fácil, especialmente durante las noches cuando las brujas, hechiceras y magos salen en sus escobas voladoras, gritando y maldiciendo, sembrando el terror en la vasta comarca.
La mañana iba aclarándose para mostrar, atada a un árbol frente a la casita de ladrillos, a una burrita sobre la cual  Cabalango iba cargando los petates, bolsos y  cajas sujetados con correas, además de dos cantimploras con agua para el largo viaje.
-Adiós, mamá. Te quiero mucho.
-Yo también, hijita, cuídate.   No confíes en ningún extraño que encuentres en el camino.
-Adiós, papá. Cuida tu salud y no comas mucho. Te extrañaré.
-Si lo permitieras, me gustaría acompañarte. Sabes que tu padre es fuerte y valiente y que  ante su presencia nadie se atrevería a hacerte daño.
Ana Luz sonrió dulcemente. Sabía que el gordito de su papá no era ni fuerte ni valiente pero no hizo ningún gesto para desanimarlo.
-Gracias, papá. Tu deber es quedarte en casa y proteger a mamá. Cuídense mucho y no peleen por cualquier motivo. Adiós.
-Adiós, hijita.
Partió Ana Luz tirando de las riendas de la burrita que parecía más pequeña bajo el peso de los bultos. Catinga y Cabalango permanecieron en medio de la calle de tierra viendo cómo, lentamente, se iba esfumando la silueta de su querida hija  hasta que finalmente dobló hacia la derecha y ya no pudieron verla.
Más allá de los barrios humildes empezaba un largo camino a cuyo final se divisaban las siluetas verdosas de las serranías, y el blanco de las nubes de verano que parecían presagiar una lluvia inminente.
A media tarde Ana Luz había recorrido una buena parte del camino que terminaba en el Valle del Silencio donde había correteado alegremente en su niñez cuando, sin que la Bruja Suprema lo supiera,  ella salía durante el día para gozar de la luz del sol.
El sendero, ahora más angosto pasaba frente a una formación rocosa conocida como la Torre Negra. Como en un relámpago vinieron a la mente de la joven viajera las imágenes de su descenso a la Caverna de los Sueños en cuyo centro había recogido los pétalos de la Manzanilla del Olvido y  salido a tiempo antes de que los sueños y pesadillas de los monstruos de la noche la hubieran atrapado.
-“Estoy recordando, estoy retrocediendo a un mundo al cual creía haber dejado atrás para siempre” –  iba pensando Ana Luz -. “Tal como me dijo Cabana, soy una mujer que puede vivir en ambos mundos de la realidad. No entiendo bien qué significa vivir a uno y otro lado de las cosas, pero me gusta. No es éste el momento de quejarme”.
Así, cavilando, seguida por la burrita que parecía decir con sus grandes ojos que necesitaba un descanso, la joven viajera contempló a lo lejos un lugar que le pareció familiar. Era un rancho rodeado por corrales  de cabras y ovejas y verdes campos donde pastaban cientos de caballos salvajes. La sorprendió el ladrido de un perro ovejero que corría hacia ella, primero amenazadoramente y luego con la alegría con la que se recibe a los amigos.
-¡Sultán! ¡No puedo creerlo! Sultán, ¿qué haces aquí?
Se detuvo un momento y vio de pie frente al rancho a una mujer que parecía estar aguardándola. Su corazón comenzó a brincar, el rubor subió a su rostro, soltó las riendas de la burra y corrió con los brazos abiertos.
-¡Tanti!
-¡Ana Luz!


Capítulo 4

LA MISIÓN DE LOS DOGOS

          El Salón de las Maldiciones era un socavón en la montaña, contiguo a la enorme caverna donde tenía sus aposentos la Heredera de Sandunga. Apenas alumbrado por unas raquíticas velas, apestaba por todos los rincones en donde permanecían en silencio, acurrucados, los seguidores, sirvientes y alumnos de la joven bruja. Permanecían atemorizados ante las constantes amenazas y gritos que profería durante las noches desde el momento en que supo, por el Espejo de Oro de Taninga, que Ana Luz venía aproximándose a su tenebroso reino.
Permanecía         sentada frente a la mesa de piedra cubierta por un  manto verde  que mostraba extraños jeroglíficos que sólo ella podía descifrar. A su derecha, forrado con pieles de lagarto negro, permanecía abierto el Libro de las Malas Enseñanzas. El más insoportable silencio cubría el lugar, un silencio que demostraba el temor y el respeto que la comunidad guardaba hacia quien ejercía, por derecho propio, la comandancia de los seres que habitan la noche, los que temen y odian la luz del sol, los que gritan en voz alta, como una grave advertencia, una temible frase pronunciada en puncum, el idioma con el cual se comunican sus conocimientos y secretos:
Gudaluga barabadán kittim buruguba  (la luz mata a los hijos de las tinieblas).
Sabían o creían saber que si uno de ellos era sorprendido durante el día, la luz del sol los convertiría en polvo. Por esa razón, todos, a excepción de la brujita ciega, permanecían ocultos en sus cuevas y madrigueras hasta la llegada de la noche en la que daban rienda suelta a sus peores instintos.
Imprevistamente, el canto del Gallo del Diablo, que emitía sus señales desde la cima del más alto de los cerros, produjo un estremeciendo en las oscuras criaturas que comenzaron a moverse, a hablar y reír y golpearse entre ellos. Pero apenas contemplaron la silueta temible de Calabalumba, se quedaron tiesos y a coro hicieron el saludo ritual:
-Bamba ananda. (Buenas noches).
-Bamba ananda, anda trenke.  (Buenas noches, hijos míos).
-Aminga sanga tatanga Calabalumba  (Calabalumba, eres nuestra dueña, la más poderosa).
Enfervorizados por la fuerza de las palabras de poder, los que hasta instantes habían permanecido aletargados, comenzaron a conversar entre ellos contándose los sueños y pesadillas, las maldades y daños que harían apenas quedaran en libertad de salir a la oscuridad de la noche.
-¡Silencio! Cierren sus asquerosas bocas, grandísimos estúpidos. Más vale que no escuche yo una sola palabra. Presten atención a  lo que voy a decirles.
-Te escuchamos, Bruja.
-Uno por uno, a pie, arrastrándose  o montados en sus escobas voladoras, saldrán hacia  lo profundo de la oscuridad. Vayan donde les plazca, coman lo que encuentren o roben, sean felices hasta que vean en el horizonte las primeras luces de la mañana. Más vale que todos regresen a la hora señalada. Que ningún idiota se quede rezagado porque ya sabe lo qué le sucederá. ¿Han comprendido?
En tropel intentaron salir por la angosta abertura, tropezando, golpeándose, cada uno desesperado por ser el primero en salir a la fiesta nocturna sin importarle que su apresuramiento produjera caídas y daños a los otros.
-Ustedes dos, ¡deténganse!
La voz de mando resonó en la caverna. Bombo y Congo,  interrumpieron sus movimientos y se volvieron temblando hacia quien, por desobediencia, los había convertido en feroces dogos blancos.
-No teman. Hoy prometo no hacerles daño alguno. Solo deseo que se queden a cenar en mi compañía. Tenemos asuntos importantes que tratar. Pero antes, por algunas horas, tomarán la forma que tenían antes de desafiarme. ¿Preparados?
Los perros se sentaron e inclinaron su cabeza. Con un violento ademán, Calabalumba los cubrió con una niebla fosforescente que lentamente se fue disipando para mostrar a sus pies a dos brujos adolescentes, que se miraban entre sí, se frotaban piernas y manos y sonreían estúpidamente. No podían creer en lo que estaba sucediéndoles.
-Bien. Vamos a sentarnos a la mesa. No es necesario que se laven las manos pues esa es una fea costumbre de los humanos-. Tomó una campanilla y apenas comenzó a sonar, salieron de sus escondites los fieles gnomos que la servían y la obedecían como nadie. Eran, además, los ingeniosos cocineros  capaces de servir los más deliciosos platillos a sus comensales.
-¿Qué tenemos esta noche para la cena?
-Para empezar –recitó el duende Golim -, huevos de víbora con salsa de tomillo,  luego lombrices y escarabajos fritos y  carne de quirquincho estofado, y de postre moras negras amargas.
-¿Acaso no tenemos nada para beber?
-Por supuesto que sí. Hemos preparado refrescos de tuna y peperina.
-Me agrada – dijo Bombo.
-A mí, no – agregó Congo.
Calabalumba  interrumpió los comentarios:
-¡A callar! Solo podrán hablar cuando yo lo ordene. ¿Entendieron?
-Sí, Bruja.
-Entonces, comencemos a cenar.
Como era la costumbre entre la gente de la noche, comieron y bebieron a las apuradas, masticando con la boca abierta, resoplando y escupiendo lo que no les agradaba, se limpiaban las manos en sus ropas mientras espiaban el plato del vecino por si el otro dejaba una porción de la comida para arrebatársela.
Terminaron de comer y mientras los pequeños enanitos de las montañas aseaban la mesa y la vajilla, la Heredera y sus cómplices salieron al aire fresco de la noche. Se sentaron en unas rocas planas en la plataforma que miraba hacia el este y permanecieron un rato en silencio. Calabalumba comenzó su discurso.
-Escuchen bien lo que voy a decirles porque no pienso repetir una palabra. Pero antes voy a preguntarles: ¿les gusta ser perros?
-No – dijeron Congo y Bombo -, seríamos felices si pudiéramos conservar esta forma para siempre. Ojalá que alguna noche de esta nos perdones para que nunca más  volvamos a tener el aspecto de  dogos.
-Eso ya no dependerá de mí sino del éxito en la tarea que voy a encomendarles. No será fácil pero a partir de este momento tienen la misión de encontrar en cualquier lugar de estas montañas, en valles y quebradas, en cañadones y cavernas, a una cabra blanca, muy pequeña, un animal que jamás he visto, una bestia que nadie cree haber divisado en su miserable vida.
-¿Una cabra? – preguntó Congo.
-Precisamente eso,  una cabra que vive oculta desde hace más tiempo del que cualquiera pudiera imaginar. He consultado los libros de magia de nuestra biblioteca y poco dicen sobre ese animal misterioso.
-¿Misterioso? – balbuceó Bombo, pronunciando torpemente la palabra.
-Más que misterioso. El único dato que he podido obtener es que lleva en su cuello una campanilla de plata con la cual anuncia su presencia. Por lo demás, es como si fuera invisible.
-¿Invisible? ¿Quieres decir que esa cabra es como nosotros, una bruja o hechicera, alguien que tiene poderes sobrenaturales?
-No lo sé, Congo. Si lo supiera no estaría manteniendo con ustedes esta estúpida cháchara. Más no debo ni deseo decirles. La libertad que ustedes me piden se la ganarán si encuentran a esa cabra y la traen a mi presencia. No le hagan daño porque la quiero  viva. Lo único que voy a permitirles es que produzcan en ella una pequeña herida.
          -¿Para qué?
          -La sangre es lo único que jamás permanece invisible. ¿Escucharon?
          -Quieres decir, Calabalumba, que las gotas de sangre nos permitirán saber dónde se encuentra. ¿Estoy en lo cierto? – preguntó Bombo.
          -Eso mismo, ya veo que no eres tan estúpido como pareces.
          El diálogo estaba culminando a la hora en que a lo lejos, muy lejos, se insinuaba el amanecer. Apenas una raya de suaves colores que anunciaban la salida del sol.
          Unos tras otros comenzaron a llegar los visitantes de la oscuridad. Cansados y temerosos de ser sorprendidos por la luz, ingresaron a la caverna y se escondieron cada uno en el lugar que le correspondía a dormir profundamente durante el largo día hasta que regresara la noche y con ella nuevamente los juegos y travesuras, las aventuras y maldades que su pueblo venía realizando desde hace miles de años.
          -Es hora de cerrar la puerta. Vamos a descansar. En la próxima noche comenzará  la cacería.
          -Calabalumba, ¿cuál será el aspecto que tendremos para  cumplir con la misión que nos has encomendado?
          -¿Qué aspecto? ¿Cómo se atreven hacer semejante  pregunta? Por supuesto que tendrán el aspecto de dos miserables y horribles perros.
          En el acto, la jefa suprema de los hijos de las tinieblas volvió a cubrir con un manto fosforescente a Congo y Bombo. Mientras la amarillenta niebla se iba disipando podía verse a dos dogos blancos con la cabeza gacha y la cola entre las patas.
          -Serán libres cuando me traigan a esa maldita cabra. Si fracasan en su búsqueda, juro por los perversos demonios del mal que seguirán siendo perros por el resto de sus vidas.
          Calabalumba se cubrió con su manto y desapareció en uno de los aposentos reservados únicamente para quien  pronto sería consagrada como la nueva Bruja Suprema de las Montañas Mágicas.


Capítulo 5

TANTI ESPERA UN HIJO
         
          Tanti y Ana Luz corrieron para unirse en un abrazo interminable. No podían creer lo que estaba sucediendo en esos preciosos momentos de sus vidas. Luego se besaron en ambas mejillas y aún tomadas de las manos se miraron a los ojos, sonrieron y volvieron a abrazarse.
          -Ana Luz, qué alegría me da verte.
          -Tanti, me parece que mi corazón está dando brincos de alegría. ¡Qué sorpresa!
          -¡Cuántos años sin vernos! Desde aquel lejano día en que nos separamos junto al Arroyo de las Murmuraciones, jamás supe de ti. Siempre te recordaba aunque ya había perdido la esperanza de volver a verte.
          -Cuando, tiempo  después de nuestra despedida,  pude salir con mis padres rumbo a Covadonga, pensé que allí te encontraría, pero por más que pregunté, nadie supe decirme dónde vivías.
          -Es una larga historia, Ana Luz. Espero que tengamos tiempo  para que podamos contarnos nuestras vidas.
          En ese instante la joven viajera recordó lo que le había dicho Catanga dos lunas atrás: Cuando llegues al Valle del Silencio tendrás un encuentro que te hará  inmensamente feliz. Vaya si se sentía afortunada. “Esa viejita lo sabe todo”,  se dijo al mismo tiempo que observaba que su amiga, la pastora de cabras de su infancia, tenía abultada su pancita.
          -Tanti, no me digas que estás embarazada.
          -Lo estoy. Ana Luz. Te juro que me siento la mujer más dichosa del mundo.
          -Pero todavía eres muy joven para ser madre.
          -No olvides que tengo dos años más que tú, aunque cuando éramos niñas parecíamos de la misma edad. Además,  mi madre, mi abuela y mi bisabuela fueron madres apenas dejaron de ser niñas. Así es el mundo también  para mí.
          -No lo entiendo, pero me hace feliz volver a verte  y,  más aún, sabiendo que tendrás un hijo.
          -Vamos adentro,  que está refrescando.
          Ana Luz bajó con gran esfuerzo los bultos que cargaba la burrita, la encerró  en uno de los corrales y después de darle pasto y un balde con agua, ingresó al humilde rancho en el momento en que Tanti encendía un farol de noche. Hacia el lejano oeste, la última luz de la tarde se iba borrando sobre las altas montañas y en algún lugar del cielo apareció la Estrella de la Tarde. “No viajes durante la noche”, le había advertido la Bruja Solitaria, “por ahora es muy peligroso que lo hagas”. Entonces, todo estaba previsto: el encuentro, el hogar para pasar la noche, y todo lo que luego iba a suceder.
          -¿Desde cuándo estás casada?
          -No hace mucho tiempo. Conocí a mi esposo y como fue un amor a primera vista, meses después nos casamos y decidimos venir a  vivir en lo que fue mi hogar cuando era niña. Es una casa muy humilde pero aquí tenemos todo lo que necesitamos: un refugio,  cabras y caballos que mi esposo vende en la Feria.
          -¿Cómo se llama?
          -¿Quién?
          -Tu esposo, el padre del hijo que vas a tener.
          -Su nombre es Chacay Nahuel. Tiene  apenas dos años más que yo. Es una buena persona, Ana Luz. Ya lo vas a conocer. Es un hombre muy sencillo, de pocas palabras.
          -¿Dónde está? Es tarde para que te encuentres sola en este lugar donde no vive nadie más que ustedes.
          -Está arriando la manada de caballos hacia los corrales. No demorará. Mientras tanto voy a preparar la cena. ¿Quieres ayudarme?
          -Por supuesto, Tanti. Te agradezco que me hayas invitado a pasar la noche.
          -No sólo me ha extrañado  verte sino que pareces dirigirte al Cerro de las Brujas donde vivías cuando nos conocimos. ¿Ha sucedido algo que yo pueda saber o es uno de tus secretos?
          -No es mucho lo que puedo decirte, Tanti. No esta noche. ¿Comprendes? Cuando llegue tu esposo voy a decirles a dónde voy pero  no el motivo  de mi viaje.
          -No es que sea demasiado curiosa, es que tengo miedo de que te suceda algo malo. Sabes bien que por esos misteriosos cerros vive  la gente de la noche.
          -Los brujos.
          -No quise decir esa palabra.
          -No temas, Tanti. He aprendido a defenderme desde muy pequeña.
          Por alguna razón, las amigas guardaron por un largo rato un respetuoso silencio. Prepararon la cena que consistía en guiso de liebre con papas y de postre queso de cabra con dulce de membrillo silvestre. Pusieron un viejo mantel en la mesa,  los platos y cubiertos y al medio la lámpara que resaltaba la belleza de las dos jovencitas. Pero no era solo la belleza de sus rostros y sus cuerpos sino la que parecía brotar de ellas mismas. Había en esas presencias femeninas  algo que pocos humanos podrían comprender.
          Se escuchó un tropel de cascos resonando en los campos. Los caballos salvajes iban ingresando a los corrales seguidos por los ladridos de Sultán y la voz potente de un jinete. Momentos después, por la angosta puerta del rancho ingresó Chacay Nahuel, un joven puestero, alto, vestido a la usanza de la gente de campo, con un sombrero de alas anchas y un pañuelo al cuello. Vestía botas y llevaba en su cintura un revólver y un cuchillo metido en su vaina de cuero. Se sorprendió ante la inesperada visita, se sacó el sombrero y saludó, haciendo una inclinación de cabeza.
          -Buenas noches, señorita.
          -Nahuel, ella es Ana Luz, la amiga de la cual tantas veces te he hablado. Es mi mejor amiga, por no decir mi única amiga. Qué alegría me da que  puedas conocerla.
          -El gusto es mío, señorita. Por favor, vuelva a sentarse.
          Nahuel era un humilde puestero, domador de caballos y cazador de pumas y también un joven de apariencia tímida y respetuosa aunque en realidad su carácter era severo y áspero. Como después él mismo contaría, su vida no había sido un sendero de rosas. Conocía desde niño la pobreza y las miserias de este mundo. Era, como había dicho Tanti, una buena persona.
          Cenaron intercambiando muy pocas palabras. Ana Luz no tenía deseos de que le preguntaran demasiado  aunque Tanti y Nahuel no sabían cómo empezar a hacerlo. Fue la joven viajera quien inició la conversación.
          -Mis padres recibieron una carta desde Traslasierras, escrita por una anciana llamada Salomé, para que sea yo su dama de compañía. Imagínense, a los quince años, ser nada menos que dama de compañía de una mujer rica. El único problema es que debo cruzar sola esas altas serranías hasta llegar a destino. Pero no habrá problemas si sigo la ruta que ella  me ha dibujado en un mapa.
          Ana Luz hablaba y gesticulaba con sus manos aunque los demás se dieron cuenta de que estaba mintiéndoles. ¿Por qué les estaba diciendo una cosa por otra? ¿Acaso no confiaba en ellos? Nahuel, por naturaleza, no era muy entrometido, de manera que no quiso  hacer las preguntas que se acumulaban en su mente. En cambio, Tanti, que conocía el secreto revelado hacía años, el temible secreto de que Ana Luz era una niña bruja, se quedó en silencio con una sonrisa amable y comprensiva mientras ponía sus manos sobre las  de su amiga. En  alguna parte de su ser íntimo recordaba los divertidos juegos de la infancia y aquella loca aventura que las condujo hasta la Laguna de la Niña Encantada donde por poco mueren ahogadas. Si no hubiera sido por aquella anciana, ¿cómo se llamaba? ¡Catanga!, recordó en un instante. Ese era el  nombre de quien  las había protegido de la malvada bruja de las aguas. Nunca había vuelta a verla aunque recordaba que, más de una vez, mientras correteaban con Ana Luz por el Valle del Silencio o cuando se bañaban en el Arroyo de las Murmuraciones había escuchado el tañido de una cabra a la que jamás, a pesar de sus intentos, pudo ver. ¿Por qué asociaba el nombre de Catanga con el sonido del cencerro de una cabra madrina?
          -Mañana, muy temprano debo continuar el viaje. ¿Me ayudarás, Nahuel, a cargar las alforjas y las cajas sobre la grupa de mi burra?
          -Por supuesto. A primera hora estaremos levantados para despedirte.
          -Cómo me agradaría, Ana Luz, que te quedaras algunos días con nosotros – dijo Tanti mientras ponía una pava con agua sobre el tiznado fogón.
          -Sería maravilloso, pero debo llegar a tiempo. La señora que me ha contratado no sólo es impaciente sino bastante mandona. ¿Comprendes?
          -Por supuesto – dijo Nahuel-, cuando vuelvas a pasar por aquí debes prometer que te quedarás con nosotros por lo menos una semana.
          En ese momento Ana Luz tuvo un vahído, la dolorosa impresión de que iba a perder el conocimiento. Fue apenas un instante, que los jóvenes esposos no advirtieron, en el cual tuvo una visión, el presentimiento de que en ese humilde rancho nacería un ser muy especial, no sabía si niño o niña, alguien cuyo destino lograría  modificar la vida de muchos seres. Supo también que ella debería regresar en poco tiempo. Debía hacer ya mismo, sin demora,  la pregunta:
          -Tanti, ¿para cuándo esperas tener tu hijo?
          -No estoy segura, aunque creo que será al final  del invierno, cuando en  la cumbre de algunos cerros se derriten las últimas nieves. ¿Por qué me lo preguntas?
          -No tiene importancia. Por simple curiosidad. Ahora si ustedes me lo permiten, desearía ir a la cama.
          -En ese catre estarás cómoda, pero antes vamos a tomar un poco de té.
          -No te hubieras molestado, Tanti.
          -No es un lujo, pero te agradará. Es una mezcla de tomillo, menta y peperina.
          -Es mi té preferido. ¿Cómo lo sabías?
          -No te asombres, Ana Luz. Sucede que también yo soy capaz de adivinar el pensamiento. ¡Es una broma!
          Ana Luz no dijo nada, aunque se quedó meditando. Estaba viviendo un tiempo de sorpresas, aunque en ese momento ignoraba que apenas cruzara  el puente de madera que va del Valle del Silencio, por sobre el Arroyo  de las Murmuraciones, al pie del Cerro de las Brujas, toda ella sería violentamente arrastrada a participar en un mundo alucinante y terrorífico.
          Un momento después todos dormían plácidamente: Ana Luz en el catre cubierta por una manta de vivos colores, Nahuel y Tanti abrazados en su dormitorio, la burrita, las cabras y los caballos salvajes en los  corrales, y Sultán en la puerta del rancho, ajenos a una inmensa Luna que iluminaba a lo lejos a figuras fantasmales montadas en escobas voladoras que reían y maldecían pronunciando las más groseras palabras que nadie  quisiera escuchar jamás.
          Mientras tanto, lejos de allí, el  brujo Agugango, con el aspecto de una repugnante araña pollito, continuaba su esforzada y lenta marcha buscando la madriguera de Catanga. Tenía que transmitirle  un terrible mensaje pero era posible que cuando llegara a destino sería demasiado tarde.  Si es que llegaba.


Capítulo 6

MATEN AL MENSAJERO

          Agugango intentaba llegar al escondite secreto de la Bruja Solitaria pero su condición de  araña  hacía que la marcha fuera demasiado lenta y peligrosa. “Si mi comadre Catanga no me hubiera transformado en el bicho repugnante que soy, tal vez por celos o ante el temor de que yo pudiera haberla traicionado, hace horas que estaríamos conversando y tomando unos sabrosos mates. Maldita sea mi suerte”. Durante muchísimas e incontables lunas, Agugango y Ashpa Puca, la curandera santiagueña que solía tomar el aspecto de águila real o cerdo pecarí, según le conviniera, fueron los íntimos amigos de la protectora de Ana Luz, la temible anciana enemiga de Sandunga cuya misión era permanecer del lado opuesto al de las sombras para proteger y enseñar el arte de la magia a seres especiales como había sido Ana Luz desde que nació.
          Vivieron juntos incontables aventuras hasta aquella noche, cuando Catinga y Cabalango habían llegado hasta su refugio para rogarles que no se cumpliera la maldición que habían recibido en la ceremonia de su casamiento. Montada en su veloz escoba voladora, Catanga  había descendido en medio de la fiesta para insultarlos por no haber sido invitada. Por eso motivo les dijo que en un plazo de siete años tendrían una hija cuya belleza e inteligencia deslumbraría a los seres encantados que viven en las serranías y montañas dominadas por la maldad.
La araña pollito continuaba avanzando dificultosamente sobre piedras, espinillos y yuyos que le impedían el paso. En su duro corazón no sabía si amar u odiar a Catanga por haber desconfiado de él, justamente él, el poderoso brujo capaz de obtener los más poderosos tónicos y venenos, el conocedor de las virtudes de cada planta, de cada hierba, de cada raíz. Había sido durante su juventud un hombre no totalmente desagradable, aunque con los años se había convertido en un viejo raquítico, envidioso y molesto. Para alguien que hubiera conocido bien sus cambios de  ideas, su incapacidad para ser fiel a quien lo protegía, ser una torpe araña era su merecido.
          -“Ya falta menos para llegar. Descansaré un momento y luego caminaré lo poco que me falta. Reconozco esos altos árboles y los senderos cubiertos por plantas aromáticas. Espero ser premiado por mi esfuerzo, por…”.
          Los pensamientos de Agugango se paralizaron porque él mismo estaba paralizado por el terror ante lo que estaba viendo. Lo reconoció aunque hacía años que no se encontraban. Frente a él, a pocos pasos, estaba Capayán, el aguilucho de los cerros catamarqueños, el rapaz cazador, y a su lado, alta, con su larga y roja cabellera, nada menos que Calabalumba, la Heredera, a la que Agugango jamás había visto en su larga existencia.
          -Hola, Agugango – dijo el aguilucho batiendo sus alas y mostrando la roja lengua que salía de su afilado pico-. ¡Qué sorpresa volver a encontrarte! ¿Me recuerdas, apestoso traidor?
          -Sí, cómo podría olvidarte, pajarraco carnicero. Será mejor que te apartes de mi camino.
          -¿Me estás amenazando, patas largas?
          El arácnido peludo no supo qué contestar. Ante su menor descuido y frente a la mínima ofensa, el enorme pájaro lo haría pedazos con sus garras y pico. Intentó avanzar cuando un grito que provenía de la boca de la joven ciega lo paralizó:
          -¡Ollantaj pirisqui sumay! 
          -¿Por qué me insultas? ¿Por qué pronuncias la temible sentencia de muerte?
          -Sí, mis palabras significan “mueran los brujos traidores”. ¿Acaso has olvidado el significado de nuestra lengua secreta? ¿Has olvidado que durante años fuiste el fiel y devoto sirviente de Sandunga, la Bruja Suprema de nuestra inmensa nación?
          -¿Qué estás diciendo? ¿Quién eres para amenazarme de este modo?
          -Soy la Heredera.
          -¿La heredera de quién? No me hagas reír, estúpida jovencita.
          -Hasta hoy mi nombre ha sido un secreto bien guardado, pero no me importa revelártelo porque de este lugar no saldrás con vida, ¿has comprendido, miserable traidor?
          -No sigas insultándome. Alguien, que tiene mayores poderes que tú vendrá a salvarme. No saben lo que les espera. No se atrevan a tocarme.
          -¿Te refieres a esa vieja loca, a la enemiga de mi abuela?
          -De ella estoy hablando, jovencita insolente y mal educada.
          -Cuando se está en mi presencia, no merezco otra cosa que una absoluta  adoración. Mi nombre es Calabalumba. ¿Has escuchado bien?
          El nombre de la Heredera sonó como un latigazo entre los cerros vecinos. Un silencio de muerte  cubrió el lugar hasta que fue interrumpido por la voz de Capayán:
          -Bomba batú mandinga  (Adoremos al Espíritu del Mal).
          La joven ciega dio unos pasos violentos hacia Agugango, se inclinó hasta estar muy próxima al impresionante  bicho peludo y le dijo, apuntándolo con su largo dedo índice:
          -Ahora, repite las palabras de adoración. Si lo haces y me dices cuál es el mensaje que llevas a Catanga, te dejaré vivir un tiempo más. Si te niegas a obedecerme, vivirás los minutos finales de tu pobre vida. No voy a esperar un instante más. ¡Habla!
          -Jamás sabrás, bruja idiota, por qué he permanecido durante años junto a Catanga. Te maldigo y maldigo el nombre de tu infame abuela, la asesina, demente  y sucia Sandunga.
          Calabalumba dio un paso atrás para que Capayán se aproximara a la víctima. El fuerte aguilucho apoyó una de sus garras sobre el insecto y con crueles picotazos lo hizo añicos. Luego cavó un pozo y enterró los deshechos, levantó vuelo y se posó sobre uno de los hombros de la joven de roja cabellera que dio  media vuelta y se dirigió hacia un lugar que solo ella sabía, justo en el momento en que una blanca paloma iniciaba su veloz vuelo para llevar la noticia de lo que había sucedido a su amada señora y protectora.
          -A ella, Capayán, que no escape. No la mates porque sospecho que tengo algo que preguntarle a esa extraña paloma. No es una paloma cualquiera y voy a averiguarlo.
          Colombina se deslizó veloz entre los árboles, procurando llegar a tiempo y ocultarse en el escondite de Catanga. Tras ella volaba el feroz Capayán, acortando la distancia, mientras se escuchaban sus ásperos graznidos anunciando la muerte de su próxima víctima.
         

Capítulo 7

SUEÑOS, PESADILLAS Y CONFESIONES

          Ana Luz se durmió plácidamente, apenas cubierta con la manta de lana de oveja de vivos colores, después de haber vivido tantas emociones y sorpresas en el humilde rancho de Tanti y Chacay  Nahuel. A pesar de que sabía lo difícil que sería su vida  apenas regresara a la región de las Montañas Mágicas, su corazón estaba en paz y más que temor sentía ansiedad, cierta urgencia por llegar a destino.
          Las primeras horas del sueño fueron apacibles, serenas, placenteras. Repentinamente le pareció haber despertado del sueño. Se levantó y calzó sus ojotas y salió al patio a la luz de una gigantesca  Luna anaranjada. Los animales dormían en los corrales y no había la mínima señal de otra presencia que no fuera ella. Ni siquiera Sultán se había sobresaltado y seguía echado junto a la puerta.
          Escuchó voces y el sollozo de una mujer. Al pie de un antiguo algarrobo estaban dos personas acurrucadas, envueltas en ponchos viejos y descoloridos. Aunque Ana Luz jamás los había visto,  eran nada menos que Yacuchina y Sonosongo, un matrimonio de brujos nacidos en Tafí del Valle, simuladores y mentirosos que tenían, sin embargo, la apariencia de bondadosos y mansos ancianos. Habían servido a Sandunga como espías y delatores y ahora lo hacían al servicio de la Heredera.
          Ana Luz se movió en su catre y procuró salirse del sueño pero una fuerza mayor volvió a hundirla en el olvido. Ahora creía que estaba soñando nuevamente y se aproximaba a los viejos que aparentaban dormir. Les habló con su voz dulce ofreciéndoles ayuda a la que ellos se negaron; seguían murmurando y la mujer volvía a quejarse lastimeramente. En el preciso momento en que la joven se aproximaba, los brujos se pusieron de pie con gran violencia y arrojaron sobre ella un puñado de víboras y bichos inmundos que saltaron a su cuerpo mordiéndola con rabia, tratando de despedazarla.
          Ana Luz se cubrió el rostro y corrió arrancando de sus ropas   las alimañas mientras escuchaba a sus espaldas las risotadas de los malvados simuladores. Despertó cubierta de sudor, aliviada porque solo había sido un sueño. Más que un sueño fue una horrible pesadilla que parecía anunciarle que eran muchos los peligros que debería correr si continuaba su camino. “Si estuviera Catanga le contaría mi sueño para que ella me revelara su significado”, pensó antes de caer ahora en un profundo letargo, olvidada de todo y de todas las cosas.
          Los ladridos de Sultán la despertaron. Se escuchaba el balido de las cabras y el resoplar de los caballos salvajes, ansiosos por salir hacia las grandes y verdosas pasturas. En la pequeña cocina Tanti preparaba el desayuno cubierta por una mantilla para protegerse del fresco matinal. Afuera, Nahuel ensillaba su caballo y depositaba sobre la grupa de la burra los paquetes y bolsos que Ana Luz transportaba hacia su futuro  hogar.
          -Vamos, dormilona, arriba, que está llegando la mañana.
          -¡Oh!, Tanti, buenos días. ¿Qué estás haciendo? Deberías permanecer en cama. Debes cuidar a tu bebé.
          -Estoy cómoda, no te preocupes. ¿Dormiste bien?
          -De un tirón, si me parece que recién acabara de acostarme.
          De su pesadilla no quedaban en ese momento ni rastros. Se lavó la cara en una vieja palangana de aluminio, peinó sus largos cabellos y se dispuso a tomar el humeante desayuno que Tanti estaba sirviendo. En ese momento entró Nahuel y con una sonrisa saludó a las dos mujeres.
          El desayuno consistía en leche de cabra y torta de grasa y chicharrones con dulce de higos. Desayunaron sin decir palabras, sólo intercambiando miradas y sonrisas de afecto. Las primeras luces del alba ingresaban por una pequeña ventana que daba al este. Esa era la hora propicia para continuar el viaje, evitando el calor sofocante del verano.
          -Adiós, Tanti, prometo venir a verte.
          -No olvides tu promesa, Ana Luz, de que a partir de  ahora no estaremos tan lejos una de la otra.
          -Sabes  cuánto te amo y cuan feliz soy de haberte vuelto a encontrar. Cuida a tu hijo.
          -Lo haré, pero antes de que partas debo pedirte un favor.
          -Lo que desees. Sólo tienes que decírmelo.
          -Quiero que seas la madrina del hijo o de la hija que voy a tener. ¿Lo prometes?
          -Esa será mi mayor felicidad, Tanti. Ahora tengo el  compromiso para volver a verte. Adiós.
          -Como todavía falta un largo trecho para llegar al Arroyo  de las Murmuraciones, he pensado acompañarte – dijo Chacay Nahuel-. No deberás ir caminando sino montada en la grupa de mi caballo en la que he colocado unos cueros de oveja para que viajes cómoda. Iremos al paso de la burra, pero al menos no te cansarás. ¿Lista?
          -Por supuesto –contestó Ana Luz, sorprendida por la invitación.
          Se acomodaron sobre el lomo del caballo y partieron llevando a tiro las riendas de la pequeña burrita. La luz del sol iba cubriendo las llanuras y las sierras próximas, los verdes pastizales donde correteaban los caballos salvajes y las cabras, al cuidado de Sultán, el perro ovejero.
          Fueron avanzando en silencio, tal vez porque ni Nahuel ni Ana Luz habían cultivado la necesaria amistad que hace gozoso el diálogo o porque presentían que algo importante tenían que decirse.
          Cuando las sombras  de los árboles se inclinaban hacia el sur, señal de que era el mediodía, desmontaron bajo la amplia copa de unos árboles, pusieron una manta sobre la gramilla y comieron carne de asado frío con pan que Tanti les había preparado con su gentileza habitual. Ana Luz recordó que durante sus furtivos encuentros cuando eran niñas, siempre era Tanti la que llevaba en su canasta  de mimbre algo para comer: queso de cabra, dulces, higos secos, trozos de pan.
          -No sé por qué, pero estoy pensando en que estás tratando de decirme algo, pero  no sabes cómo empezar – dijo Ana Luz -. ¿Estoy en lo cierto?
          -Es verdad. Soy muy parco en todo, especialmente para hablar, pero desde que mi esposa empezó a contarme de tu amistad con ella y en especial desde anoche, cuando tuve la sorpresa de conocerte, algo se ha revuelto en mi cabeza. Es necesario que te cuente algo que solamente tú podrías comprender.
          -No sé qué estás queriendo decirme, pero me gustaría escucharte.
          -Es sobre mi vida, Ana Luz, sobre mi pasado que apenas puedo recordar. Aunque soy muy joven, mi infancia se pierde en algo así como en  una neblina oscura. Tengo apenas algunas imágenes de mi pasado aunque no olvido el nombre de mis padres. No recuerdo sus rostros pero sí sus nombres.
          -Te sigo escuchando, no te detengas.
          -Mi madre se llamaba Pampayasta.  No sé cómo se conocieron con mi padre, aunque tengo la seguridad de que  se amaron mucho. Mi padre, Ranquel,  era un hombre rudo, descendientes de indios del norte cordobés, valiente, domador de potros y cazador de pumas. De él he aprendido el oficio que ahora nos permite vivir a Tanti y a mí.
          -¿Viven tus padres?
          -No, ellos murieron en esas altas montañas, a las que ahora vas a visitar. Fue un frío invierno, cuando yo apenas tenía seis o siete años, no recuerdo bien. Hacíamos un viaje desde el Cerro Champaquí, en cuyo faldeo teníamos nuestra choza, cuando una tormenta de nieve nos acorraló  en uno de los valles. Solo recuerdo que no podíamos avanzar por la cantidad de nieve que se iba acumulando. El viento helado empezaba a congelarnos cuando nos topamos con un enorme muñeco de nieve. Parecía tener vida porque se movía y parecía hablarnos, aunque tal vez haya sido mi imaginación de niño.
          “Pichango, el Fantasma de las Nieves” – pensó Ana Luz, aunque de su boca ni siquiera salió una expresión de asombro-. “El maldito Pichango de quien me salvé gracias a la campanilla de plata de Cabana”.
          -¿Recuerdas que pasó?
          -Como si hubiera sucedido ayer. Mis padres encontraron una pequeña cueva y allí se metieron, esperando que pasara la tormenta. Se los veía felices porque creían estar a salvo, cuando escuchamos que el muñeco de nieve nos decía: “Duerman…cierren sus ojos…descansen…duerman en paz…duerman…”. El cansancio y la voz del fantasma hicieron que mis padres se durmieran para no despertar. Al día siguiente, un grupo de arrieros nos encontraron por casualidad. Pampayasta y Ranquel habían muerto congelados pero sus cuerpos me protegieron y aunque tenía mis manos y mis pies helados, aquellos hombres bondadosos me salvaron la vida. Con ellos viajé a la ciudad de Covadonga  en donde permanecí varios años, en una asilo para huérfanos, hasta que cumplí mi mayoría de edad.
          -Cuánto lo siento, Nahuel. ¿Le has contado a tu esposa esa historia?
          -Por supuesto, Tanti y yo hemos jurado no mentirnos jamás, aunque hay algo que jamás le contaría.
          -¿Por qué?
          -Porque  temo asustarla de tal modo que deje de amarme.
          -¿Tan malo es lo que ocultas?
          El joven guardó silencio. Miró atentamente a los ojos de Ana Luz y dijo en voz alta:
          -Bamba ananda,  Ana Luz.
          La joven que cuando niña  había luchado con todas sus fuerzas para huir con sus padres de la región de las sombras, tuvo un sobresalto. Su corazón comenzó a latir y un frío sudor cubrió su cuerpo. No podía creer lo que estaba escuchando.
          -¿Acaso eres brujo, Chacay Nahuel? ¿Cuándo aprendiste a pronunciar ese saludo en puncum, el idioma secreto?
          -Mis padres lo eran, Ana Luz. Así se saludaban en mi presencia cuando se encontraban con la gente de su pueblo.
          -Vuelvo a preguntarte, ¿eres brujo?
          -No, creo que  no lo soy, desde que aquellos arrieros humanos me salvaron la vida. No después de que tantas personas me dieran de comer y me enseñaran a amar. No desde que conocí a Tanti. ¿Qué más puedo decirte?
          -¿Por qué me has revelado tu secreto?  ¿Acaso me consideras una bruja?
          -No lo sé, Ana Luz, pero apenas te vi tuve el presentimiento de que posees poderes especiales que ninguna joven de tu edad puede tener. Además, cuando supe que viajabas directo al Cerro de las Brujas, esa sospecha aumentó. Perdóname si te he ofendido.
          -De ninguna manera me siento ofendida, pero estoy sorprendida. Tengo la sospecha de que estamos enfrentando graves peligros.
          -¿Qué clase de peligros?
          -¿No has pensado en lo que podrá suceder cuando los espíritus de la noche sepan que un descendiente  de brujos tendrá un hijo con una joven humana? Esto sí que no me lo esperaba. Será la primera vez en cientos de años que eso suceda.
          -Lo único que puedo decirte, Ana Luz, es que amo a mi esposa y haré todo lo posible para defenderla a ella y a mi hijo de cualquier enemigo. Así como Tanti te pidió que seas la madrina de nuestro hijo, yo te  suplico que cualquiera sea lo que tengas que hacer en esas misteriosas montañas, siempre seas nuestra aliada, nuestra amiga.
          -Lo prometo, Nahuel, lo juro por la Sagrada Luz.
          Volvieron a montar y partieron en silencio. Cuando era la media tarde llegaron al Arroyo de las Murmuraciones. Ana Luz bajó del caballo, tomó las riendas de la burrita  y se orientó hacia el rústico puente de madera que cruzaba el cauce de aguas rumorosas.
          Saludó al jinete con una solemne inclinación de cabeza que éste respondió de la misma manera, tocando con su mano derecha el ala del sombrero. Todo lo que había que decirse estaba dicho.
          Frente a ella, imponente, se elevaba el Cerro de las Brujas. Debía apresurarse para llegar a su futuro hogar antes de que la oscura noche cubriera el peligroso mundo que estaba aguardándola.
         

Capítulo 8

COMBATE AÉREO
         
          El intenso odio que Sandunga había mantenido durante su larga y perversa vida contra Catanga, había nacido cuando descubrió que la Bruja Solitaria no dependía ni obedecía  al pueblo de los seres que habitan la noche tenebrosa. Era también, como ella, una bruja, con la diferencia de que una vivía oculta en las tinieblas y la otra habitaba la región de la luz intensa, de las delicias que significa alimentarse de frutas y verduras, de tomar el agua cristalina de los arroyos, de moverse sin miedo  a que el Sol la quemara viva como sucedía cuando un habitante de la noche se extraviaba o se quedaba dormido a la intemperie.
          Sin embargo, el aborrecimiento que carcomía el corazón impiadoso de la Bruja Suprema, se fue incrementando cuando descubrió que Catanga, poco a poco, iba seduciendo a brujos y hechiceras para que se liberaran de la esclavitud a la que ella los  sometía con engaños y falsas enseñanzas pero, sobre todo, por el terror con el que hacía ostentación   y mantenía  su poder.
          Fueron numerosos los que iban descubriendo que la región de la luz era espléndida, saludable, verdaderamente hermosa. Entre esos seres se contaban Agugango y Ashpa Puca que no emigraron como la mayoría sino que se quedaron a hacerle compañía a quien se había arriesgado a salvarlos de la ignorancia y de la estupidez: Catanga, la Bruja Solitaria.
          Sobre  Agugango ya sabemos que no era muy claro en sus ideas y por cuyo motivo tuvo ese final espantoso cuando intentaba llevar un mensaje secreto a la anciana bruja, protectora y amiga de Ana Luz. En cuanto a Ashpa Puca, desde que nació del huevo de un águila en la región de Las Salinas, había tenido siempre el mismo aspecto, enorme y feroz, pero  era valorada por ser leal a su ama  y señora. Jamás olvidó que durante su cautiverio en la región del mal, Sandunga la había sometido a las peores humillaciones y le había encomendado viles tareas, como ir periódicamente al Valle del Silencio donde pastaban majadas de  cabras y ovejas, para robar sus crías y llevarlas sujetas en sus garras a la Caverna de las Malas Enseñanzas para alimentar a las hambrientas criaturas de las tinieblas.
          Se encontraban a la entrada de la caverna, donde Catanga había construido su bella guarida,  esperando  ansiosas la llegada de Ana Luz para organizar las defensas contra los embates de la Heredera, cuyo espíritu sanguinario superaba varias veces al de su abuela Sandunga  a la que ella, por algún motivo que nadie conocía, aborrecía de tal manera que  hasta había prohibido pronunciar  su nombre bajo terribles amenazas.
          Fueron imprevistamente  interrumpidas  po  la paloma mensajera que ingresó a toda velocidad al interior de la cueva. A pocos metros  también se detuvo el aguilucho Capayán que había venido persiguiéndola con la  orden de atraparla y llevarla ante la presencia de Calabalumba. Colombina hizo  la señal convenida para informar que estaban frente a un inminente peligro. Segundos después, las tres amigas se reunieron después de cerrar con una gruesa losa la entrada del refugio.
          -¿Qué ha sucedido, Colombina? Estás temblando.
          La paloma no tenía el don del lenguaje aunque Catanga podía entenderla mientras el ave arrullaba y mostraba sus ojos inteligentes. En ellos penetró la anciana  para saber, en un instante, lo que había sucedido con el pobre Agugango y sobre la presencia de la venenosa Heredera en las cercanías del sitio secreto  donde se encontraban.  Había que tomar una rápida decisión.
          -Quédate aquí, Colombina, no salgas por ningún motivo.
          -¿Qué puedo hacer yo? – preguntó la bruja águila.
          -Tendrás que arriesgarte, Ashpa Puca, es ahora tu turno. De tu valentía dependen  nuestras vidas.
          -Sabes que te soy fiel, Catanga. Dime lo que debo hacer.
          -Saldrás rápidamente pero con tu segundo aspecto. Serás por unos momentos un cerdo pecarí, rápido y nervioso que se internará en la espesura del bosque. Haremos un ejercicio de distracción.
          Colombina hizo escuchar nuevamente su precioso arrullo. Catanga la miró nuevamente a los ojos y en el momento supo que el predador, quien estaba acechando, era nada menos que Capayán, cebado en la sangre de tantos inocentes.
          -Ten mucho cuidado. Es Capayán con quien deberás enfrentarte. Cuando te encuentres a una buena distancia de nuestro hogar, volverás a ser la poderosa águila que durante muchos años estuvo esperando este momento. ¿Verdad? Entonces  atacarás.
          -Sí, Catanga. Aguardo el momento de entrar en combate. Pase lo que pase debes saber que lucharé con todas mis fuerzas.
          -No espero otra cosa de ti.  Ahora, ¡afuera!, ¡rápido!
          Catanga movió la piedra que oficiaba de puerta y como un rayo salió el pecarí que  en segundos penetró a la oscura maraña de árboles y pastos que rodeaban el lugar. El ojo avizor de Capayán siguió los movimientos del chancho del monte y procuró seguirlo aunque su presa por momentos era visible  y por momentos desaparecía en los estrechos senderos  del bosque.
          El instinto agresivo del aguilucho fue en aumento a medida que su presa se escabullía. Sabía que de ninguna manera podía capturar al pecarí pero sí herirlo, lastimarlo, sacarle los ojos y dejarlo sangrando para que las aves de rapiña hicieran el resto. Esos eran sus pensamientos cuando detrás de la copa de los árboles, imprevistamente,   apareció la majestuosa águila real batiendo sus alas, con su pico y sus garras en posición de combate.
          Los contendientes volaron uno en dirección al otro y al rozarse en el primer intento varias plumas se dispersaron en el aire. Giraron, bajaron, subieron y volvieron a atacarse sin piedad sabiendo que era un combate a muerte. Ya no importaba que mostraran en sus cuerpos las manchas de sangre que brotaban de las heridas pues el propósito no era ni rendirse ni huir sino atacar y atacar hasta que el adversario sucumbiera.
          Oculta en la espesura del bosque, Calabalumba observaba la batalla aérea en la que ninguno de los rivales parecía sacar ventaja hasta que Capayán pareció perder altura seguido por Ashpa Puca que continuaba hiriéndolo con sus garras y su afilado pico.
          -Vamos, maldito Capayán, vuelve a tomar altura pues si esa maldita no te destroza lo haré yo con mis propias manos. ¡Vamos! ¡Atácala de nuevo!
          Como si respondiera a las últimas órdenes de su ama, el aguilucho hizo un esfuerzo final y procuró tomar a su enemiga del cuello pero ésta, rápida y certera, le dio tan tremendos picotazos que en pocos segundos el asesino del pobre Agugango  se desplomaba en tierra, justamente a los pies de la iracunda Heredera que no hizo nada por reanimarlo sino que le dio un puntapié que terminó por liquidarlo.
          Haciendo uso de sus últimas fuerzas, Ashpa Puca intentó regresar al secreto escondite, por momentos planeando en picada y en otros volviendo a reanudar el vuelo hasta que cayó pesadamente a los pies de Catanga  que, sin demora, la tomó en sus brazos, la depositó sobre la rústica mesa de piedra y sin perder un instante comenzó a lavar las heridas cubriéndolas con cremas y ungüentos que tenían un maravilloso poder curativo.
          La valiente águila real había perdido el conocimiento y permaneció sin moverse hasta la llegada del atardecer ante la atenta y dolorida mirada de la Bruja Solitaria y de Colombina en cuyos ojitos se reflejaba el miedo y la tristeza.
          -Has comprobado por ti misma – dijo la anciana observando atentamente  a la paloma, que vivir en este lugar no es un juego divertido -.  Ojalá que Ana Luz no demore su llegada. Siento que poco a poco voy perdiendo mis energías y parte de los poderes que mis antiguos maestros supieron darme cuando fui consagrada para luchar de este Lado de la Realidad.
          Guardaron silencio a medida que la luz del atardecer fue ocupada por las primeras sombras de la noche. A lo lejos comenzaron a escucharse los temibles sonidos de la noche: el aullido de los perros salvajes, el graznido de los cuervos, las risas y los gritos de los brujos y hechiceras que iniciaban sus aventuras nocturnas.
          -¿Dónde estoy? ¿Qué me ha sucedido? Catanga, ¿estás ahí?  No me dejes sola.
          -Aquí estoy, Ashpa Puca, descansa y no te muevas que mañana tendremos tiempo para conversar. Estás lastimada pero sanarás en pocas horas. ¿Acaso no confías en los poderes curativos de tu amiga?
          Por toda respuesta el águila guerrera se quedó profundamente dormida. Colombina  empezó a arrullar, se aproximó a Catanga para que ésta leyera en sus ojos.
          -Ya veo. Nuestra querida Ana Luz  estuvo  viajando durante dos largos días y ha tenido el más hermoso e inesperado  encuentro de su vida.  Pronto llegará  a la antigua morada donde  pasó su infancia. Debemos prepararnos para darle la bienvenida.


                            
                                                Capítulo 9

EL HOGAR DE LA INFANCIA
         
          No bien atravesó el rústico puente de madera  sobre el Arroyo de las Murmuraciones, Ana Luz se detuvo un instante y dio una nostálgica mirada al mundo que dejaba atrás. Chacay Nahuel galopaba en dirección a su rancho levantado  sobre el verde Valle del Silencio donde lo esperaba Tanti y el hijo que gestaba en su panza.  Mucho más distante, en una humilde casa quedaban sus padres Catinga y Cabalango, contando los muchos días que aún faltaban para que volvieran a reunirse.
          Comenzó a caminar por los estrechos senderos que la iban acercando al Cerro de las Brujas, tirando de las riendas que sujetaban a la mansa burrita cargada con la ropa y los enseres que harían  más cómodo  el tiempo que debería vivir, la mayor parte de los días y las noches,  en completa soledad.
          Mientras se iba aproximando al viejo hogar donde había nacido y pasado su infancia, iba recordando cada lugar, cada árbol, cada saliente en las rocas más altas que daban a profundos precipicios. La tarde declinaba y el cansancio empezaba a invitarla a un prolongado descanso. “¿Descanso?” – pensaba. “Con seguridad toda esa enorme cavidad estará sucia, tal vez llena de murciélagos y ratas. ¡Qué asco! Deberé apresurarme para tener un poco de luz para poder limpiar y fregar antes de comer un bocado y quedarme dormida”.
          Iba recordando paso a paso las indicaciones que Catanga le había dibujado en un papel para poder ubicar, oculta  detrás de un pequeño bosque de espinillos, la entrada a la cueva. Por momentos le parecía haberse extraviado, se detenía un rato y mientras ella y su compañera de viaje descansaban, continuaba buscando los indicios. Al final dio con el lugar que había sido camuflado con rocas y piedras para que nadie  supiera que aquél era un lugar confortable y de algún modo bastante seguro pues tenía algunas salidas secretas para escapar en caso de peligro.
          Ana Luz se detuvo frente a la entrada. Cruzó sus brazos sobre el pecho y mientras inclinaba su cabeza repitió tres veces en puncum, el dialecto secreto de los brujos de las montañas:
Binga deranga turubuga    (el silencio proteja mi hogar).
          Después fue sacando ramas, palos y piedras hasta que poco a poco la entrada de la profunda cueva apareció esperando que su moradora ingresara por ¿cuántos meses, o años, o por el resto de su vida? Haciendo un gran esfuerzo comenzó a desatar las correas que sujetaban la carga sobre la grupa de la burra y fue depositando los bolsos y cajas junto a la entrada. En una de las alforjas llevaba una porción de alfalfa y un recipiente con agua para que el sacrificado animal reparara sus energías.
          -Bien – dijo en voz alta -. Ahora a limpiar, a sacar telarañas y bichos y…
          Un exquisito aroma a agua de rosas la sorprendió tanto como ir observando que todo el aposento cavado en la roca estaba completamente limpio, el piso de piedras lajas recién lavado, cada lugar dispuesto para que ella armara su dormitorio y su pequeña biblioteca. Al centro estaba la antigua mesa de piedra y los bancos, aunque mayor fue su sorpresa cuando en uno de los rincones que tenía una especie de chimenea que daba al exterior, en una olla de hierro se cocinaba un exquisito guiso y un recipiente con agua hirviendo para preparar un té.
          -Esto sí que no me lo esperaba. ¡Oh!, Catanga, sigues siendo una viejita maravillosa y previsora. Siempre estás adelantándote a los acontecimientos.
          La oscuridad empezaba a aposentarse sobre las serranías. Ana Luz ató a la burrita a un árbol y luego de acomodar su ropa y el resto de la carga, usó una cantimplora con agua y se lavó las manos y el rostro. Puso dos platos y cubiertos en la mesa y se quedó esperando,  con el deseo de que Catanga llegara de un momento a otro. Pero nadie llegó y el cansancio y el hambre la obligaron a cenar sola, pero con intenso placer.
          -Apenas me despierte,  muy temprano,  veré si el manantial no se ha secado. Tendré agua limpia para mi aseo y  mis comidas y para comenzar a cultivar la  huerta.  Mañana lavaré los platos y la olla. Estoy muerta de cansancio.
          Encendió una de las velas que había llevado y se dispuso a leer algunas páginas como era la nueva costumbre que había adquirido en Covadonga después de que aprendió a leer y escribir. Le resultó imposible. Estaba agotada y no podía concentrarse  y tampoco ingresar al sueño profundo. No sabía si era la emoción por encontrarse nuevamente en su antiguo hogar o porque sospechaba y temía que los espíritus de la noche se hubieran informado de su presencia. Sopló y la vela se apagó con un hilo de humo que subió en la oscuridad. Como no deseaba pensar procuró que su mente se mantuviera sosegada, sin imágenes, sin saber nada ni esperar nada. Así, sin darse cuenta se sumergió en el sueño profundo y reparador.
          A esa hora, próxima a la medianoche, un grupo de seres sombríos recorría en completo silencio las inmediaciones olfateando como buitres la presencia de la joven dormida. La orden que habían  recibido era reunirse en la explanada mayor  y jurar palabras de venganza contra quien, hacía pocos años, había diezmado a la comunidad  en una batalla en la que fueron sorprendidos por la luz del sol y quemados y pulverizados y aterrorizados. Fue una hábil treta que le había enseñado Catanga, justo aquel día en que se produjo un eclipse de sol.
          Allí estaban el brujito indio Catriel, Bombo y Congo convertidos en dogos blancos, la gata Maitén, el asesino de pájaros Guandacol que había venido de los llanos riojanos, el adivino Pigüé, nacido en la llanura bonaerense, que sembraba la peste en el ganado;  el maestro en hacer el mal de ojos, Tucu Tucu, un perverso incendiario de bosques que tomaba a veces la forma de un bicho de luz y en otras la de un rayo. Y estaba la pareja de ancianos Yacuchina y Sonosongo, que simulaban bondad y apestaban de odio, magos de los malos sueños que noches atrás habían invadido la mente de Ana Luz con sus horribles pesadillas. Y también otros, cuyos nombres pocos conocían pero que estaban allí, convocados por Calabalumba para que hicieran su juramento frente a ese lugar que era para ellos el más maldito sitio de la tierra.
          La joven ciega, cuya roja cabellera brillaba a la luz de la Luna, se irguió sobre una roca. Hacia ella se volvieron todas las miradas de sus súbditos, en las cuales podía leerse la admiración, la envidia, el temor y  el rencor hacia los humanos.
          -Seré breve pues no es éste un lugar seguro para ninguno de nosotros. Somos muchos pero esa jovencita miserable tiene quien la proteja. Ustedes harán su juramento de fidelidad y luego se dispersarán rápidamente. Pronto volveremos a reunirnos en el cónclave donde seré la  depositaria definitiva de los poderes y saberes como Bruja Suprema de estos dominios. Ya no seré la Heredera de nadie, sino la reina y señora de todos ustedes y de sus hijos y de los hijos de sus hijos. Que nadie se atreva a cuestionar mi autoridad. ¿No es así Bombo y Congo?
          Los dogos hicieron un gesto de aprobación con la cabeza y volvieron a echarse humildemente a los pies de la soberana, que prosiguió su discurso:
          -Si alguien tiene algo que decir, que se atreva. Después no tendrán tiempo para arrepentirse-. Nadie en la multitud movió un pelo. Aguardaron el momento y a coro repitieron:
          Aminga sanga tatanga Calabalumba   (Calabalumba, eres nuestra dueña, la más poderosa).
          Un estruendo de pies en disparada, de alas y bichos reptantes, de voces maldiciendo y riendo se dispersó y desapareció en la oscuridad.
          Ana Luz se movió, inquieta en su cama, mientras Calabalumba contemplaba desde una gran distancia  el aro de luz que rodeaba el refugio, una valla que ella sabía que era no sólo impenetrable sino mortal para quien osara tocarla.
          -¡Maldita! Ya saldrás de esa cueva inmunda y entonces te atraparé como a una bestia. Duerme tranquila, que muy pronto dormirás para siempre.


Capítulo 10

¡ATRAPEN A ESA MALDITA CABRA!
         
          En los ojos ciegos de Calabalumba podía leerse la humillación y la rabia que le había producido la derrota y muerte de Capayán en el pico y las garras de Ashpa Puca, el águila real, que ella imaginaba como una maniobra planeada por orden  de sus   poderosas enemigas, Ana Luz y Catanga.  No era necesario que se jurara venganza puesto que toda ella era la presencia viva de los seres impulsados por la antigua idea de ojo por ojo, es decir devolver con un golpe, el golpe  recibido.
          Había permanecido durante horas junto a la Laguna de la Niña Encantada sin que Taninga subiera a la superficie como  convinieron  la última vez que se habían encontrado. Necesitaba urgente consultar El Espejo de Oro para tener noticias sobre Ana Luz y en especial sobre esa extraña y pequeña cabra que le producía al mismo tiempo atracción y rechazo. Había algo en esa imagen que ella esperaba descubrir, aunque le llevara años.
          Con  estos y otros pensamientos regresó sin apuro a su guarida cortando camino por el Cañadón de los Ánimas apoyada en el báculo en el que se iba apoyando y que para su locura de poder significaba el bastón de mando de una reina. Sí, de una poderosa reina, que muy pronto sería consagrada en un cónclave al que acudirían los jefes supremos de la brujería de los países vecinos. Había enviado meses atrás mensajeros a una y otra dirección con aduladoras invitaciones para que cuando sus invitados regresaran pudieran anunciar a todos los vientos que habían conocido a la más  bella, poderosa e irascible de las soberanas de la que se tenían noticias.
          Pero antes tenía tareas importantes para que nadie se interpusiera en sus proyectos de dominación. En algún lugar que ella jamás había podido descubrir, se encontraba la Bruja Solitaria, la anciana protectora y maestra de Ana Luz. “Mientras esa vieja estúpida siga con vida, yo y mi gente estaremos en peligro. Debo eliminar la presencia de cualquier intruso, viejo o joven, humano o brujo que se atreva a conspirar contra mí”, se iba repitiendo una y otra vez.
          Subió por las escaleras de piedra que conducían, en lo más alto de un cerro, a su guarida donde a esa hora su corte de sirvientes todavía permanecía desvanecida en el sueño. El sol, hacia el oeste, se fue hundiendo quién sabe en qué mundos desconocidos para ella. Como una finísima tela transparente, los colores verdes, rosados y lilas del atardecer se iban apagando y  cubriendo con  el manto negro de la noche. Pero Calabalumba jamás había sido educada para gozar ante las bellezas de la naturaleza. Más bien se sentía inquieta y molesta frente a  la presencia de un bello paisaje o de un ser cualquiera dotado de hermosura.
          A pesar de su ceguera, su mente tenía el poder de la videncia, su cerebro permanecía continuamente activado, recibiendo información de sus cinco sentidos. Nadie era más rápido que ella para percibir el más leve sonido, descubrir un detalle con la palma de sus manos, detectar un olor cualquiera. Si bien era verdad que su pueblo le temía también la admiraba por su inteligencia, por su implacable capacidad para imponer el orden, por  recordar las más secretas enseñanzas que una y otra vez repasaba en los libros que ocultaba en un  rincón de la habitación a la que nadie tenía  permiso para ingresar sin recibir el más doloroso castigo.
          Empujó con fuerza la enorme piedra que cubría la entrada. Golpeó con fuerzas sus manos y gritó:
          -¡Arriba, perezosos! La hora de dormir ha terminado. En apenas segundos todos deberán estar presentes en el Salón de las Maldiciones. Importantes tareas nos esperan esta noche.
          Volvió una y otra vez a golpear sus manos mientras se ubicada en el sitial de privilegio desde donde observaba a cada uno de los que iban llegando todavía con los ojos llorosos por el sueño. A sus pies, obedientes, se echaron los dogos blancos.
          -Hoy comenzará la cacería. No habrá comida para nadie pero sí castigos si a la medianoche no me han traído a una cabra pequeña que ronda estas montañas. No les será fácil verla pues sabe ocultarse ante cualquier peligro. Sin embargo, y presten atención a este detalle: lleva en su cuello una campanilla que va tañendo sin cesar. Por donde esa maldita cabra camina la siguen los sonidos que nos guiarán hacia ella.
          -¿Qué debemos hacer si la encontramos?
          -Todos ustedes tienen una única tarea, la de recorrer los rincones más ocultos hasta ubicarla. Serán Bombo y Congo los encargados de apresarla. A ellos deben comunicarles cualquier novedad.
          Los perros se pusieron de pie y menearon la cola en señal de que estaban dispuestos a cumplir su tarea, aunque la última recomendación les parecía imposible de cumplir: tener éxito en el secuestro.
          -Ya les dije en otra oportunidad y lo repito: atrapen a esa escurridiza cabra pero no la maten.
          -¡Sí, ama! – ladraron los dogos.
          -Deberán lastimarla levemente hasta que broten algunas gotas de sangre. La sangre jamás se vuelve invisible y por esas manchas podrán saber dónde se encuentra su cuerpo.
          -¿Quieres decir que buscamos a una cabra invisible? – preguntó Maitén, la gata bruja de los  bosques de arrayán.
          -Tú los has dicho, pequeña. Esa cabra es un espíritu de otros mundos y tiene poderes que ninguno de nosotros tendrá jamás. ¡Búsquenla y tráiganla de inmediato a mi presencia!
          -¿Qué sucederá si no podemos encontrarla? Tú misma has dicho que es un animal invisible, rápido y huidizo – preguntó  el brujito que tenía el aspecto de un niño mapuche.
          -No quiero excusas, Catriel. Hagan su tarea, recorran los caminos, las laderas, los cañadones, los arroyos, los túneles cavados por los buscadores de tesoros. No me interesa si se agotan o si caen a un precipicio. No descansaré esta noche hasta no poder contemplar a ese extraño espíritu de otros mundos. ¡Todos afuera!
          De la boca de la profunda cueva partieron docenas y docenas de seres de la oscuridad que tenían los más variados y ridículos aspectos. Eran tan ignorantes que entre todos no podrían haber organizado un buen plan  para cumplir la tarea encomendada. Simplemente salieron a las apuradas y torpemente se desplazaban solos o en compañía husmeando, observando con sus penetrantes ojos  adiestrados para ver en la más completa oscuridad.
          Calabalumba ingresó a su secreta habitación. Buscó el cofre de bronce donde guardaba algo que solamente ella podía consultar: el Libro de las Malas Enseñanzas que había heredado de su abominable abuela Sandunga. Lo tomó con ambas manos y lo puso junto a su pecho. Sabía que nadie, salvo los pequeños gnomos que en ese momento preparaban su cena podía oírla murmurar.
          -¡Qué estúpida he sido! ¿Por qué no se me había ocurrido antes buscar este libro? Aquí  tengo, en la página 313, la estampa de Cabana, la Cabra Invisible, a la que mi abuela buscó durante siglos. Ella tiene lo que toda hechicera ha soñado poseer: los poderes de la luz, de la invisibilidad, de la belleza, de la sabiduría.
          Un golpear de pezuñas en la puerta la sobresaltó. Guardó el libro en el cofre y salió a la explanada que se proyectaba desde la salida de la caverna a un profundo abismo. Los bramidos y mugidos de un toro salvaje le anunciaban que había llegado Luán Toro, el poderoso mago pampeano para  con quien sentía una total confianza.
          Allí estaba  el temible  animal de piel negra, con sus largos y afilados cuernos, las pezuñas cubiertas por trozos de hierro con las que podía cavar, herir o matar, o abrirse paso en la espesura de un bosque como si fuera una máquina demoledora.
          -He tardado, Calabalumba, porque el país verdoso y llano desde donde provengo está muy alejado de tu reino. Desearía saber para qué has enviado a llamarme. Sabes que desde que eras una niña, después de la muerte de tus padres, he sabido protegerte contra tus enemigos. ¿Para qué me necesitas ahora?
          -Bienvenido, Luán Toro. Te veo cansado, de manera que por esta noche descansarás. En el lugar que ya conoces, encontrarás pasto fresco y agua, y una cama mullida de paja para que  repongas tus energías. Pronto te diré cuál será tu tarea.
          -Será un placer obedecerte, pero para dormir en paz necesitaría que me adelantaras algo, que me des una pista sobre lo que debo hacer. Conoces bien que soy inquieto y mal pensado.
          -Te conozco y conozco tu pasado de asesino. Sólo puedo adelantarte que tu tarea será algo así como demoler un edificio de rocas. Yo te acompañaré, si es necesario,  cuando llegue el momento. Necesitarás de todas tus fuerzas, de todos tus poderes. En ese lugar habita una enemiga a la que debo destruir. Si triunfas tendrás un premio especial, pero si fracasas, mi enemiga no tendrá piedad de ti y te convertirá en un saco de basura. ¿Estás dispuesto?
          -¿Acaso alguna vez  te he fallado?
          -No recuerdo que eso haya sucedido, aunque esta vez nada es igual a nada que hayas conocido.
          Calabalumba se envolvió en su manto y regresó a sus aposentos. Sabía que sus secuaces  no encontrarían a Cabana. Hizo una mueca de burla con su boca porque por esa noche   perdonaría a esa horda sumisa y complaciente. No habría castigos físicos  aunque la ración de comida se reduciría a la mitad.
          En la oscuridad, el toro salvaje masticaba el pasto y de vez en cuando bufaba y golpeaba con sus patas delanteras las duras rocas del corral.


Capítulo 11

LA SOLEDAD DE ANA LUZ

          Pasaron numerosas lunas, se fueron el verano y el otoño y pronto llegaría el crudo invierno con su blanco manto de nieve sobre las montañas.  
          Todos los meses, puntualmente, un mensajero tocaba a la puerta de la casa de Catinga y Cabalango y les entregaba un sobre con dinero. Como los esposos no sabían ni leer ni escribir, la persona que se comunicaba con ellos  tenía que repetir en cada ocasión:
          -“Vengo  a traerles este dinero que les envía mi patrona, doña Salomé. Les manda decir que su hija se encuentra bien de salud, que está muy contenta con su nuevo trabajo y que pronto vendrá a visitarlos”.
          Los padres de Ana Luz agradecían con una inclinación de cabeza y apenas el mensajero se marchaba, se abrazaban y lloraban de alegría, después contaban el dinero y se iban de inmediato  al centro de la ciudad de Covadonga a comprar lo que necesitaban.
          Mientras tanto, en un lugar distante, Calabalumba y los suyos continuaban la enfermiza búsqueda de Cabana, registrando metro a metro el inmenso territorio ocupado por los seres de la noche, sin hallar ninguna señal que pudiera alentarlos. Solo encontraban de vez en cuando algunas pisadas pero, como por allí pastaban  otros animales, no podían jurar ante su desconfiada dueña y señora que estaban sobre una pista segura. Pero sí juraban, cada vez que regresaban pasada la medianoche, hambrientos y cansados,  que habían escuchado los sonidos de la campanilla. Era, como se dice habitualmente, un círculo vicioso. Como no encontraban lo que buscaban, cada noche comían algo menos y de peor calidad pero nadie se animaba a protestar. ¿Quién se animaría a hacerle frente a esa joven iracunda que gritaba como loca y se mesaba su larga cabellera roja cada vez que volvían con las manos vacías?
           Pronto, en la próxima primavera, estaba fijada la fecha para el cónclave. Sin duda que algunos de los invitados ya habían iniciado su viaje convencidos de que disfrutarían de la fiesta, harían nuevas amistades y de paso aprenderían un nuevo truco, una palabra mágica o  un juego de manos rápido para robar sin ser descubiertos.
          Mientras tanto, Ana Luz, continuaba viviendo, en completa soledad y sin mayores novedades,  en su limpio hogar. Había encontrado el manantial detrás de unas rocas y desde allí conducía el agua hasta un pequeño lote  donde  dejó  la tierra fértil libre de yuyos y malezas.  Preparó almácigos de tomates y  cebollas, sembró las semillas de maíz y de calabazas y  los dientes de ajo y no se olvidó de empezar el cultivo  de las más diversas flores. En poco tiempo su huerta sería la única de la región, un espacio verdaderamente bello y que al mismo tiempo le proveería de alimento. “Si Catanga pudiera ver lo que estoy haciendo”, pensaba, y de inmediato sentía una rara tristeza, la tristeza que sienten los que están solos, los que aman la compañía de sus semejantes.
          La Bruja Solitaria no daba señales de vida, ni ella, ni Colombina, ni Cabana. Suponía que su anciana amiga era quien había aseado la caverna el día que ella arribó al Cerro de las Brujas. ¿Qué otra persona podría ser? Se sentía disminuida y desalentada. Estaba en el sitio que habían convenido, recorría durante el día sus lugares preferidos, leía sus libros una y otra vez, cocinaba sus alimentos, a veces iba a pescar al Río de las Penas que desembocaba en el lejano Lago de los Esperpentos y traía una o dos truchas con las que completaba su dieta.
          Ana Luz no entendía el porqué de su viaje. Temía salir durante la noche por los peligros que eso significaba sin estar convenientemente preparada. No tenía una tarea precisa para realizar, ningún encuentro con ser alguno, ninguna misión salvo la de permanecer atenta, vigilando cada ruido, cada sombra que pudiera moverse próxima a ella. Se había preguntado una y mil veces quién sería ahora la soberana del pueblo que habita en la oscuridad. ¿Cómo podría reconocerla si Catanga no le había dado la menor descripción?
          Ese día deambuló por el Cañadón de las Ánimas a paso lento, sin apuro, como si la fuera venciendo ese enemigo tan temible que es el aburrimiento. Observaba a uno y otro lado las rocas, los árboles propios de la región, los cactus y los pájaros, las florcillas que anunciaban la llegada de los primeros calores. Así, paso a paso, llegó hasta un lugar que nunca había visitado cuando niña, el Manantial de las Corzuelas, que caía en cascada desde unas rocas rojizas y formaba un pequeño bebedero donde venían a calmar su sed las corzuelas, esos pequeños ciervos americanos, veloces en huir y  que eran la delicia de los cazadores furtivos.
          Al aproximarse se sorprendió  al darse  cuenta de que no estaba sola. Sentado a la orilla, sobre una roca, con los pies en el agua, estaba una joven alta, delgada, de pelo rojo, que parecía ausente. Ana Luz, intrigada, se aproximó, feliz de encontrar a alguien y al mismo tiempo con cierta desconfianza.
          -Hola – dijo al tiempo que la otra joven se ponía de pie.
          -Hola – contestó ésta  con una vaga sonrisa en su boca-. ¿Quién eres?  ¿Qué haces en este desolado lugar? ¿No tienes miedo?
          -No tengo miedo, pero me sorprende encontrarte. Nunca te he visto.
          -Ni yo a ti. ¿Cómo te llamas?
          -Ana Luz.
          -¿Ana Luz? ¡Qué nombre tan extraño! ¿Eres humana?
          -¿Qué quieres decir?
          -Deberías saber que en este territorio solo habitan brujas, magos, hechiceras, adivinos. ¿No le temes?
          -¿Por qué habría de sentir miedo?  Ya te lo dije. Yo también he nacido muy cerca de aquí.
          -¡No me digas, Ana Luz, que perteneces a estas montañas!
          -De un modo sí y de un modo no.
          -No te comprendo.
          -Pero yo sí sé qué quiero decir-. Hizo una pausa, buscando las palabras apropiadas. - Estamos conversando como si fuéramos amigas y todavía no me has dicho tu nombre.
          La joven avanzó hacia Ana Luz con sus manos extendidas. Apoyaba su pies como tanteando, como si tuviera el temor de perder el equilibrio.
          -Mi nombre es Calabalumba, y como puedes ver soy ciega de nacimiento.
          -¡Cuánto lo siento! No sabía que…
          -No te expreses con tanta compasión. Soy ciega y huérfana y pobre. Desde niña voy de un lado a otro suplicando comida y protección. No sé para qué mis padres me trajeron a la vida. Estoy cansada de este mundo.
          Ana Luz no supo qué hacer cuando miró a los ojos de Calabalumba y presintió que le estaba mintiendo. Procuró ocultar su asombro y su desconfianza. Si esa joven era un ser de las tinieblas, no andaría a esa hora paseando bajo los rayos del sol. Si  pertenecía a la comunidad de los humanos, ¿por qué estaba tan tranquila si ella misma sabía que estaba en el país de la magia?
          Recordó que Catanga le había enseñado cómo huir de los malos espíritus y ya no tenía dudas, se encontraba en grave peligro. Un momento más y caería en las redes de la hechicería. Se apartó unos pasos y con voz firme, apenas se dio cuenta de que la extraña aparición extendía hacia ella sus largos brazos como para atraparla,  pronunció las secretas palabras:
          Purucutú mangatunga    (que tengas buen viaje).
          En el acto se encontró en su hogar, sentada sobre el catre, con el cuerpo cubierto de sudor.
          -“Calabalumba, ¿quién demonios eres?”, pensó.
          Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.
          -¡Catanga! ¡Cabana! Por favor, no me dejen sola.


                                               

                                                Capítulo 12

MUNCA TE ABANDONARÉ

          Durante algunas horas Ana Luz se quedó profundamente dormida. Su encuentro con Calabalumba la había perturbado y agotado de tal modo que sintió como nunca el peso de la soledad. No es fácil para nadie a los 15 años soportar largos meses aislado sin otra compañía que uno mismo. Aunque ella había sido adiestrada desde niña para enfrentar cualquier dificultad  y poseía poderes sobrenaturales, tales dones no eran suficientes cuando se experimentan tantas  dudas y vacilaciones.
          Despertó  con deseos de tomar un té. Hasta se sorprendió  por un suspiro de alivio como el que hacen los bebés cuando dejan de llorar. Fue hasta su pequeña huerta y cortó unas hojas de menta, de  tomillo  y otras de peperina y justo en el momento en que iba ingresando a su refugio, escuchó a lo lejos el balido de una cabra. Corrió hasta el sendero principal que rodeaba el Cerro de las Brujas impulsada por un grato presentimiento. La imagen que contempló la conservaría para siempre en su memoria.
          Avanzando a paso lento, encorvada y apoyada en un bastón,  Catanga iba aproximándose con el agobio de los años que le daba la apariencia de ser más pequeña y vieja que como Ana Luz la recordaba. Sobre su hombro derecho se apoyaba la blanca paloma mensajera, Colombina, y allá en lo alto, planeando con sus poderosas y anchas alas, Ashpa Puca vigilaba los alrededores, atenta a los movimientos de posibles enemigos. Aunque la comunidad de brujas y magos se desplazaba durante la noche, la Bruja Solitaria había dado la orden de no confiar en nada ni en nadie ni de noche ni de día. 
          Sin soltar las hojas de hierbas aromáticas, la joven discípula  comenzó a descender, sendero abajo, hasta que estuvo frente a su protectora. Se miraron por unos instantes y luego, abriendo los brazos, se unieron en un cálido apretón, se besaron en ambas mejillas y comenzaron a subir en  silencio los metros que faltaban para llegar a la morada. 
          Apenas ingresaron y mientras Ana Luz echaba las hojas perfumadas en un recipiente para preparar un sabroso té, Catanga la observaba con atención.
          -¿Qué ha sucedido, Ana Luz? ¿Has estado llorando?
          -Un poco, pero no te preocupes. Tengo tanto que contarte. No sabes cómo te he extrañado durante estos largos meses, especialmente en el invierno, cuando el frío me impedía a veces ir a buscar leña para el fuego.
          -Yo también deseaba verte.
          -Entonces – respondió la joven con un gesto de tristeza que insinuaba también un reproche - ¿por qué me dejaste sola tanto tiempo? No lo entiendo.
          -Escucha, mi pequeña. Debes saber que jamás te abandonaré, mientras yo tenga vida.
          -Pero podías haberme enviado un mensaje, una señal. Pensé muchas veces en ir a verte, pero si no me guían Cabana o Colombina jamás podré orientarme. Nunca he pasado sola tanto tiempo. ¿Puedes explicarme?
          En ese momento se escuchó la voz dulce de la Cabra Invisible que estaba echada a los pies de su amiga:
          -“No has nacido para que seas una mujer vulgar. Desde muy pequeña has sido entrenada por las fuerzas del mal y del bien. En su momento, cuando bebiste la leche prodigiosa de mis ubres, tomaste la decisión correcta. Tenías que elegir: o el mundo de las tinieblas o el mundo de la luz. Catanga y yo estamos continuamente vigilando tus pasos para protegerte de los espíritus malignos pero eres tú quien debes hacerte más fuerte físicamente, más precisa en tus pensamientos, más noble con tus sentimientos y más inflexible con tu carácter”.
          Al cabo de un largo silencio, mientras saboreaban el té, fue Catanga quien habló.
          -Cabana te ha respondido por mí. No te había abandonado ni olvidado, como te dije hace unos momentos. Este tiempo de soledad es parte de tu entrenamiento para que puedas hacer frente a quienes están conspirando para destruirnos, no solo a nosotras, tal vez al mundo.  No tengas miedo a…
          -Sucede que yo…-la interrumpió Ana Luz.
          -No digas nada. Debes aprender a no protestar por lo que te suceda y tampoco culpar a los otros. Te amo, pero debo ser severa contigo. Si tu carácter es débil quienes procuran hacerte daño se ensañarán, te lastimarán y humillarán hasta que te sientas avergonzada de ti misma. ¿Has comprendido?
          Ana Luz se sentó, bajó su cabeza, unió sus manos sobre su falda y después de una breve pausa, respondió:
          -Perdóname, Catanga, he actuado como una tonta. Tendré en cuenta tus palabras y las palabras de Cabana. Sabes que aprendo rápido y que no me rindo fácilmente. ¿Te gustó el té?
          -Exquisito.
          -¿Tienes noticias de mis padres?
          -Todos los meses, un Mensajero les lleva dinero y nuestros saludos. Están bien, aunque la salud de tu padre no es buena. Su corazón es débil tanto como es débil su carácter y su modo de ser.
          -Lo sé, por eso y porque es mi padre, he aprendido a quererlo.
          En ese momento, un batir de alas anunciaba que en la explanada de la caverna, había aterrizado el águila real. Tenía entre sus garras una liebre que se debatía con desesperación hasta que terminó siendo la cena de la bruja del aire. Desde su asiento, Catanga le ordenó:
          -Ya sabes lo que tienes que hacer, Ashpa Puca. Luego de tu comida deberás subirte a la cima de este cerro y desde allí permanecer atenta. Que tus ojos y  oídos permanezcan alertas hasta la salida del sol. No te descuides ni por un instante.
          Por toda respuesta el ave carnicera  levantó vuelo para ubicarse en su atalaya. Desde allí contempló cómo el manto de la noche iba cubriendo las montañas.
          -Me alegra saber que vas a quedarte a dormir – dijo Ana Luz,-. Prepararé un lugar  para mí pues tú dormirás en mi catre. No digas que no porque ahora soy yo la que manda en este casa.
          Ambas rieron de buena gana y de inmediato prepararon la frugal cena que consistía en una sopa de verduras, postre de ciruelas silvestres y agua fresca del manantial. Terminada la cena, lavaron la vajilla y volvieron a sentarse. Catanga tomó las manos de Ana Luz y mirándola a los ojos, le preguntó:
          -¿Tienes algo que contarme, algo importante que te haya sucedido durante estas últimas  lunas?
          -Voy a hacerte un rápido resumen. Apenas llegué encontré este lugar aseado y confortable. Ya sabes quién lo hizo, ¿verdad? –Catanga sonrió-. Mañana voy a mostrarte la huerta que estoy cultivando, con algunas plantas que nacen en otoño y otras en primavera. Tengo agua suficiente, algunos libros, papel y lápiz para escribir, y sobre todo el tiempo libre para dormir y vagar por las serranías para gozar del paisaje y pensar y esperar hasta que tú y yo   pudiéramos encontrarnos. Llegué aquí al final del verano y ya estamos en el inicio de otra  primavera. Ayer, por ejemplo,  fue un día soleado que me invitaba a pasear. Entonces…
          Ana Luz se tomó la garganta como si le faltara el aire. Le pareció que iba a perder el conocimiento cuando Catanga la tomó en sus brazos.
          -Serénate, mi pequeña. Cuéntame qué pasó ayer.
          Ana Luz tomó un sorbo de agua. Por un momento fijó sus ojos en el piso y luego le contó a su maestra, paso a paso, su encuentro con la joven ciega.
          -¿Quién es ella? ¿Quién es  Calabalumba? ¿La conoces?
          -Sí – respondió la Bruja Solitaria -. Conozco la historia de esa brujita malvada, hija de  padres que murieron muy jóvenes dejándola nada menos que en poder de Sandunga,  que la crió y educó en las malas ciencias considerándola su nieta, aunque la guardaba en secreto y jamás hablaba de ella. 
          -¿La nieta de Sandunga?
          -Su nieta y heredera. Ella es quien ahora  gobierna  con puño de hierro el país de las sombras. Pronto se realizará un cónclave donde será consagrada como la nueva Bruja Suprema. Se asegura que asistirán los jefes de las tribus y pueblos más odiosos que viven en los países vecinos.
          -Ahora comprendo por qué me aterré. Hay algo en ella, en sus ojos, en sus largos dedos, en el color de su cabello que me provocan náuseas, el deseo de huir de su presencia. No sé cómo pude reaccionar a tiempo para no caer en sus manos.
          -La experiencia que tuviste ayer confirma mis sospechas. Nuevos e increíbles acontecimientos nos esperan. Debemos comenzar a prepararnos.
          -¿Qué debo hacer, Catanga?
          -Nada por ahora. Solo esperar, permanecer vigilantes, sospechar de cualquier presencia desconocida. Todos estamos en peligro, especialmente Cabana.
          -¡Cabana en peligro!
          -Desde hace meses, cada noche, los sirvientes de Calabalumba salen en su búsqueda. No hay lugar que no hayan pisoteado con sus inmundos pies. Por fortuna son torpes e ignorantes y a veces pasan casi rozando a nuestra amiga sin advertir su presencia, pero hay dos brujitos perversos que son los encargados de capturarla.
          -¿Los conoces?
          -Por supuesto. Ellos son Bombo y Congo, los mismos que en tu infancia trataron de engañarte y hacerte daño. ¿Los recuerdas?
          -Por supuesto. Cómo olvidar a esas bestias que me abandonaron en una tormenta de nieve en la que por poco no perdí la vida.
          -Bien lo has dicho, son un par de salvajes. Ahora no podrías reconocerlos pues su soberana los ha convertido en un par de dogos blancos, dos perros feroces y astutos.
          Se escuchó la voz de Cabana.
          -“Sé lo que traman en mi contra y sé lo que busca Calabalumba. Nada menos que capturarme para obtener una porción de la leche prodigiosa que dan mis ubres. Me descubrió primero en el Espejo de Oro de Taninga, la sirena que habita en la Laguna de la Niña Encantada, luego en uno de los libros de magia de su abuela Sandunga. Estoy cansada de huir todas las noches y aunque soy invisible, si llegan a capturarme no sé lo que será de mí”.
          -Razón de más para escuchar mis indicaciones – dijo Catanga, preparándose para ir a la cama-. Ahora a dormir, pero antes, hay algo que debo decirte, Ana Luz.
          -¿Otra sorpresa?
          -¿Sabes que tu amiga Tanti tendrá un hijo?
          Ana Luz se sorprendió. Por un momento se quedó absorta.
          -¿La conoces?
          -Por supuesto y también a su esposo, Chacay Nahuel. Es una larga historia que algún día te contaré. Tendrás que viajar para asistir al parto de su hijo. Ellos te están esperando ansiosos pues serás la madrina de la criatura. Eso significa un compromiso de por vida, no lo olvides.
          -¿Cuándo crees que deberé viajar?
          -En tres días. Muy temprano, en el puente que cruza el Arroyo de las Murmuraciones, alguien te estará esperando para viajar juntas.
          -¿Quién?
          -La partera Tulumba, la misma que te trajo a este mundo. Ella será la encargada de asistir a tu amiga y la responsable de que en su presencia el  recién nacido reciba un nombre.
          -¿Cuál será el nombre?
          -Pronto lo sabrás.


Capítulo 13

LA TRAMPA DE CRISTAL

          Taninga chapoteaba en el agua, surgía de cabeza, se elevaba, daba unas vueltas en el aire y volvía a sumergirse moviendo en el aire su cola plateada de escamas. Reía y cantaba extrañas canciones con una voz dulce, con la que  había engañado a inocentes viajeros, hombres o mujeres, que fueron seducidos por esas melodías que finalmente los conducían a la muerte.
          Nadie supo ni sabrá por qué a ese lugar le decían la Laguna de la Niña Encantada. Los puesteros más ancianos que vivían en los alrededores decían que la leyenda se remontaba a siglos y siglos y que, cuando llegaron los conquistadores que venían más allá del ancho mar, la joven ninfa  ya habitaba el inmenso pozo de agua. Otros, menos supersticiosos, decían que esa aparición era sólo un producto de la imaginación, un cuento de hadas  que  contaban  a los niños para asustarlos y  prevenirlos para que no penetraran a las  aguas profundas en cualquier lugar, sin la compañía de sus mayores.
          Pero no era así para los habitantes del país de la magia que conocían el lugar y lo temían al grado de que fueron pocos los que se atrevieron a contemplar el prodigio;  algunos de los que habían sido  seducidos por la niña encantada jamás volvieron a sus ocultas madrigueras.
          A Calabalumba únicamente le interesaba que el Espíritu de las Aguas le mostrara el Espejo de Oro, auténtico y antiguo talismán que con todo placer hubiera hurtado si no fuera porque su dueña de un empujón la habría hundido en la laguna. Advertida de ese peligro se aproximó en momentos en que Taninga peinaba su larga caballera y cantaba observando en el espejo la belleza de su rostro pues era en realidad hermosa y atractiva como pocas mujeres.
          -Bamba ananda.
          -Bamba ananda   Calabalumba.  Te estaba esperando.
          -He venido varias veces pero no estabas. Sabes que no me agrada que  roben mi tiempo. Tengo muchas cosas urgentes que hacer. Deberías saberlo.
          -He demorado pero te sorprenderá lo que he conseguido para ti.
          -¿Acaso te he pedido algo?
          -No, pero conozco tu principal problema. ¿No es la cabra que vimos en mi espejo el motivo de tu enojo, de tu desesperación, de la rabia que sientes hacia los inútiles que te rodean?
          -¿Te estás burlando de mí?
          -¿Por qué habría de hacerlo? Mira lo que he traído para que logres al fin la captura de ese maldito animal.
          Taninga buscó entre las aguas un objeto que parecía sostener con sus manos aunque no era visible y trató de ponerlo en manos de la brujita ciega, pero ésta dio un paso atrás, temerosa de un ataque por sorpresa.
          -No estoy trampeándote sino obsequiándote una trampa.
          -¿Qué? ¿Dónde está? No la veo.
          -No la ves porque es invisible. Acércate, tócala. Es una especie de caja de cristal, pero más dura que el hierro.
          -Sí, eso  es exactamente lo que necesito. No sabes cuánto te lo agradezco – le dijo al ser acuático mientras por sus adentros pensaba: “Si por mí fuera te mataría y te robaría ese espejo”.
          -No digas que me lo agradeces, Calabalumba. Llegará el día o la noche en que tal vez yo deba pedirte un favor. Me han informado que eres cada día más poderosa y que pronto serás consagrada como la nueva Bruja Suprema. Bomba batú mandinga (adoremos al espíritu del mal).
          Sorprendida por la adulación, la Heredera intentó sonreír pero apenas pudo mostrar un gesto mitad de desprecio y mitad de altanería.
          -No me olvidaré de este regalo. Ahora debo partir sin demora. Mi pueblo está aguardándome con impaciencia.
          Taninga guardó sus objetos de oro en un pequeño cofre que ató a su cuello con un collar hecho con diminutos caracolas y estrellitas de mar. Luego, con un espantoso grito que resonó en el atardecer, se sumergió en las profundidades de la laguna.
          Con el objeto invisible sobre su hombro derecho, Calabalumba caminaba de prisa en dirección a su guarida infernal. Hablaba sola, reía, cantaba, gritaba, maldecía y juraba venganzas hasta sentir que su garganta se tornaba áspera.
          Llegó a destino cuando los seres de la noche la estaban aguardando para recibir órdenes. Se asombraron cuando la vieron transportando un objeto que nadie podía ver. Algunos se aproximaron con intención de ayudarla pero ella los rechazó con violencia.
          -¡Fuera! Que nadie se atreva a tocar este objeto. ¿Dónde estás mis perros?
          Los dogos se aproximaron de inmediato moviendo su cola, con la lengua afuera y las orejas paradas en señal de obediencia.
          -Haremos una prueba antes de salir de cacería. Presten atención.
          Se sentó en uno de los bancos de piedra y puso a sus  pies  la trampa invisible. La palpó por los cuatro costados sin que nadie pudiera adivinar el propósito del juego. Observó a todos con aquella mirada que imponía obediencia, lealtad y sumisión absoluta y luego, haciendo un chasquido con sus dedos, le indicó a uno de los dogos que se aproximara.  No bien  el animal estuvo a escasos metros, como impulsado por la fuerza de un imán ingresó a la jaula, una prisión que nadie podía ver pero que estaba ajustando a su víctima hasta hacerla gemir de dolor.
          Calabalumba rió de tal manera que los sonidos se esparcieron por los cerros y valles como anticipando su triunfo sobre Cabana. Reía a carcajadas, gritaba, le daba patadas a la jaula y luego corría de un extremo a otro de la explanada de piedra, bailaba, hacía ondear su larga cabellera.
          -Estúpido Bombo. Hasta hoy has sido un perfecto inútil, tanto como ustedes, aprendices de brujos, torpes, ignorantes. Y tú también, Congo, sirviente que no sirve para otra cosa sino para comer.
          Abrió la puerta de la trampa para que el dogo blanco saliera, con las orejas gachas y la cola entre las patas.
          -Ahora van a escucharme, pero antes voy a transformar a estos perros desgraciados en lo que son realmente, dos jovencitos que en su momento tuvieron la osadía de creer que iban a ocupar mi lugar. ¡Pobres diablos! Ahora tendrán su última oportunidad. Si no traen en esta jaula a esa maldita cabra, volverán a ser un par de perros sarnosos por el resto de sus vidas.
          Arrojó un puñado de polvos y cuando la niebla amarillenta se iba disipando, allí estaban, en el piso, poniéndose de rodillas, Bombo, quien a sí mismo se decía El Brujito Loco y su compinche Congo. A coro repitieron junto a la multitud allí reunida:
          -Aminga sanga tatanga, Calabalumba.
          -Esas son las palabras que deseaba escuchar. Salgan  todos pero antes memoricen el plan de esta noche.
          -Te escuchamos, Bruja.
          -Bombo  y Congo transportarán este objeto con el mayor cuidado y lo ubicarán en el estrecho sendero en el que termina el Cañadón de las Ánimas. Los demás formarán un semicírculo que irá obligando a esa maldita cabra a desplazarse en dirección a la trampa. Cuando escuchen que la puerta se haya cerrado de golpe, vendrán de inmediato a mi presencia. Pero les advierto, ¡no le hagan el mínimo daño al animal! No será necesario que una mancha de sangre nos indique donde se encuentra. De este calabozo invisible no podrá salir y no saldrá hasta que no me entregue lo que tanto deseo.
          -¡Fuera todos!
          Ingresó a su secreto aposento y en voz alta pronunció  la oración de la noche.
          -Bomba batú mandinga.


Capítulo 14

ANA SOFÍA

          La madrugada se presentaba  fresca, transparente y luminosa. Ana Luz salió temprano, a la hora en que el lucero de la mañana lucía sus resplandores de diamante. Cerró con cuidado la puerta de ingreso a su hogar y comenzó a descender rápidamente por los senderos que hacía muchos años había tallado su padre en las roncas.
          Estaba feliz por muchos motivos y preocupada por otros. Le hubiera gustado volar para encontrarse de inmediato con Tanti y acompañarla en ese momento glorioso de la natalidad y no tener que caminar durante tantas horas. Jamás había asistido al nacimiento de un niño y poco recordaba de lo que Catinga le había contado respecto del suyo. Festejaría con su amiga y con su esposo Chacay Nahuel tan increíble acontecimiento. Imaginaba que habrían preparado algunos manjares para festejar, por ejemplo algo de carne asada pues su dieta vegetariana la tenía un poco cansada. Por supuesto que se deleitaría con una porción de queso de cabra y un tazón de leche de vaca recién ordeñada.
          Pero como todo tiene su contrario, iba pensando en que habría graves problemas cuando Calabalumba recibiera la noticia de que un hijo de brujos y una joven humana no solamente han contraído matrimonio sino que han tenido un hijo. ¡Un hijo producto de semejante mestizaje! Calabalumba chillaría como una zorra atrapada en un lazo, se arrancaría parte de sus roja pelambre y no descansaría hasta castigar a quienes quebrantan las leyes del pueblo que habita en la noche perpetua.
          Estaba convencida de que Catanga sabría qué hacer si lo que ella temía llegara a ocurrir. Su maestra  siempre se anticipaba a los acontecimientos pero esta vez había dicho muy poco o tal vez había dicho lo necesario y Ana Luz no lo había registrado, como a veces le sucedía. Con estos y muchos otros pensamientos, divisó a lo lejos, junto al puente de palos que cruza el Arroyo de las Murmuraciones, una silueta de mujer. Mientras se iba aproximando supo que era una anciana que llevaba un bolso de cuero cruzado en bandolera. Catanga  le había anticipado que  se encontraría con Tulumba.  ¿Sería ella?
          La anciana hizo con sus manos una señal de bienvenida y dio unos pasos acortando el encuentro. Vestía de negro y cubría su cabeza con un pañuelo blanco. Su rostro aún mantenía parte de la belleza de otros tiempos, en sus ojos negros aparecía la bondad  y en su sonrisa la  confianza y la simpatía.
          -Hermosa mañana – dijo Ana Luz a modo de saludo-. ¿Me estabas esperando?
          -Así es. A partir de este momento viajaremos en mutua compañía. Mi nombre es Tulumba.
          -¡Tulumba! Tú eres la partera que me trajo a este mundo. ¿Es así?
          -Lo soy, Ana Luz. Soy quien te tomó en sus manos por primera vez, quien cortó tu cordón umbilical y te envolvió en pañales.
          -Mi madre, Catinga, alguna vez  te mencionaba, aunque no era un tema del que hablara con frecuencia.
          -La comprendo porque entonces ella y Cabalango  eran parte del pueblo de la oscuridad. Conozco bien la historia  de ti y de tu familia.
          -También fuiste tú quien me dio el nombre. ¿Por qué llamarme Ana Luz?
          -Si estuviera con nosotros Catanga,  ella te diría que no hicieras esa pregunta. Sabes bien por qué llevas ese nombre, así como sabes cuál es ahora tu misión.
          -¿Puedo saber al menos de dónde obtuviste mi nombre? ¿Lo inventaste?
          -No, Ana Luz, tu nombre está escrito en el Pirca Taragoto.
          -¿Qué es eso?
          -El Libro de los Signos. Pronto tendrás oportunidad de tenerlo en tus manos. Ahora debemos continuar caminando, apresurando el paso pues se está haciendo tarde. Debemos llegar antes del anochecer.
          Por el camino de tierra iban contemplando la extensa  planicie verde del Valle del Silencio donde pastaban cabras, ovejas, vacas y caballos salvajes. Desde donde se encontraban  podían contemplar la Torre Negra y mucho más allá, detrás de las sierras chicas, estaba la ciudad de Covadonga. Ana Luz pensó en sus padres y tuvo para ellos  pensamientos de amor  y de bienaventuranza.
          A media tarde se detuvieron y compartieron la comida que las viajeras llevaban en sus pequeñas alforjas. Queso de cabra y dulce de membrillo y un puñado de higos secos que Tulumba había recogido de un bosque de higueras que se ocultaba al pie del Cerro Champaquí.
          Reiniciaron la marcha y al poco andar observaron a lo lejos la columna de humo que salía por la chimenea del rancho de sus amigos. Apenas un rato después Sultán vino a hacerles compañía y con las primeras sombras del atardecer ya  estaban en las proximidades observando a Nahuel que les hacía señas para que apuraran el paso. Ana Luz corrió y tras ella, más lentamente, Tulumba procuraba no demorarse.
          Apenas  transpusieron la puerta los gritos de Tanti  indicaban  que el bebé estaba a punto de nacer. Nahuel, siguiendo las indicaciones de su esposa, había hecho hervir agua en unos recipientes y tenía sobre una silla un par de toallas limpias, algodón, alcohol, y un par de tijeras desinfectadas.
          -Pronto, voy a lavarme las manos. Ustedes dos se quedan aquí. Preparen algo de comer mientras yo hago mi trabajo. No me agrada que interfieran cuando estoy trayendo un niño al mundo.
          La comadrona ingresó al dormitorio con los elementos necesarios para el parto. Tanti seguía gritando de dolor hasta que la anciana puso sobre su frente un paño embebido en agua fresca.
          -Está bien, mi querida. Aguanta tu dolor que en un momento tendrás a tu hijo en brazos. Vamos, ahora puja con fuerza, con más fuerza. Respira hondo y vuelve a pujar. Así…Así está bien…Ahora veamos que tenemos aquí.
          En la cocina, Ana Luz y Nahuel no sabían qué hacer. Se movían de un lado a otro, se sentaban, se ponían de pie, preparaban un tazón con té pero lo dejaban enfriándose, se miraban sin decir palabra hasta que minutos después de  escuchar el llanto de un recién nacido,  por el umbral apareció Tulumba con una criatura envuelta en pañales. Se mostraba orgullosa, como siempre que era la intermediaria para sacar un niño del vientre de sus madres.
          -Miren cuánta belleza. Es una niña, la niña más hermosa del mundo.
          -¡Una niña!
          -¡Soy padre de una niña!
          -Así es, Nahuel, ahora ve con tu esposa, que te necesita. Bésala y dale gracias por el fruto que te ofrece.
          El joven padre ingresó al dormitorio al tiempo que Tulumba mostraba a Ana Luz el rostro de la recién nacida. Era, como todos los niños que vienen al mundo, un ser pequeñito, arrugado, con escaso cabello. Los ojitos  se abrían y se cerraban a la luz de la lámpara.
          -La sostendré en mis brazos mientras tú consultas el Libro de los Signos. Tómalo con cuidado. Busca el nombre, el nombre único que esta niña  tendrá a lo largo de su vida.
          Ana Luz tomó el pesado libro y comenzó a pasar una página tras otra. Era en realidad, un libro único, mágico, que guardaba los nombres, los números y el destino de cada criatura viviente. En cada página aparecían fichas de diversos colores, cada una con un nombre, en todas las lenguas de todas las culturas del mundo. Cuando el movimiento de imágenes cesara, ahí estaría el nombre de la niña, ese nombre que hacía multiplicar los latidos del corazón de Ana Luz.
          -¡Aquí está! ¡Aquí está el nombre. Puedo leerlo claramente.
          -Sí, pronúncialo en voz alta.
          -Ana Sofía.
          -El más bello nombre para la más bella niña. Ahora cierra el libro y dámelo.
          Ana Luz obedeció, luego tomó a la niña y la besó. Entró al dormitorio y la puso en brazos de  su madre.
          -Aquí tienes a tu hija, Tanti. Se llamará  Ana Sofía. Acabo de elegir su nombre, el nombre de mi ahijada, tal como me lo habías pedido.
          -¡Ana Sofía!
          -¡Ana Sofía! – repitió Nahuel como saliendo de un sueño.
          -Bien – dijo Tulumba-, es hora de que tanto la madre como su esposo y sus invitadas se sienten a cenar. A Tanti por ahora solo le ofreceremos un plato de sopa. Mañana podrá alimentarse como es su costumbre.
          Chacay Nahuel salió al patio, sacó la tapa del horno y retiró una fuente con carne asada, papas y cebollas.
          Ana Luz ordenó la mesa y de inmediato se sentaron a comer. Todos parecían tener el mejor apetito: las viajeras por el esfuerzo realizado y el joven padre por la emoción que estaba viviendo. Mientras tanto Tanti gustaba un tazón con sopa y hojas de menta silvestre. De postre se sirvieron nada menos que arroz con leche, uno de los postres preferidos de Ana Luz.
          -Les he preparado un par de catres para que descansen.
          -Gracias, Nahuel. Nosotras nos arreglaremos. No dejes a Tanti ni un momento sola. La niña duerme plácidamente en su cunita. Mañana será otro día. Por ahora todo está bien – dijo la anciana poniéndose de pie.
          Una vez que todos acabaron de  prepararse para el descanso, el dueño de casa apagó el farol a querosén. La humilde vivienda quedó en silencio, hasta que Ana Luz, siempre curiosa, se le ocurrió preguntar:
          -Tulumba, ¿eres partera de los brujos y también de los humanos? No entiendo, porque yo creía que…
          La anciana a interrumpió para decirle con voz dulce y amable:
          -Mi querida Ana Luz, hay una sola vida, una vida a  la que todos tenemos derecho, humanos o brujos, ricos o pobres.  Solo nos separa y nos enfrenta la ignorancia. ¿Has comprendido cuál es la diferencia?
          -Sí. Tienes razón. No debí haber hecho la pregunta.
          -A propósito, antes de que te duermas, ¿quieres que te revele el significado de tu nombre?
          -Nada me haría más feliz.
          -Ana Luz significa “madre de los mundos visibles”.
          -¡Qué maravilloso! ¡No lo puedo creer! Ahora dime, por favor,  el significado del nombre de la niña que acaba de nacer.
          -Ana Sofía significa “madre de la sabiduría”. ¿Te dicen algo esas palabras?
          Ana Luz tuvo el presentimiento de que algo muy importante acababa de suceder en ese humilde rancho  construido en los confines del Valle del Silencio.
          -No te imaginas lo que está sucediendo en mi mente y en mi corazón, Tulumba. Buenas noches.
          -Bamba Ananda, Ana Luz.
         

Capítulo 15

ALEGRÍAS Y TRISTEZAS
         
          Ana Luz y Tulumba despertaron con las primeras luces del alba, en el momento en que Nahuel encendía el fuego en la cocina para preparar el desayuno.
La noche había transcurrido en paz, cada uno con  una emoción diferente  relacionada con el nacimiento de la niña. Tanti, todavía dolorida por el parto pero con el deseo de que Ana Sofía se prendiera a mamar en sus pechos por primera vez. Nahuel, como era habitual en su carácter, permanecía  callado y laborioso, servicial. Tulumba  tomaría un rumbo diferente para asistir a una hechicera joven en algún lugar de las Montañas Mágicas. Ana Luz, colmada por las nuevas emociones que suponía ser la madrina de una recién nacida, con cuánto placer se hubiera quedado allí algunos días, pero su deber era regresar para cumplir con la promesa hecha a la Bruja Solitaria.
          Desayunaron leche caliente con torta de grasa, manteca casera y dulce de piquillín. El momento de la despedida se iba aproximando mientras el sol aumentaba su luz y su calor sobre los campos.
          -Abuela Tulumba, debe decirme cuánto le debo – dijo Chacay Nahuel-. No solo quiero que regrese con mi agradecimiento sino también con un poco de dinero.
          La vieja partera sonrió, mostró las palmas de sus manos y dijo:
          -Con estas manos, desde joven y hasta que muera, continuaré con el único trabajo que sé hacer. No recibo paga alguna porque no necesito del dinero. Vivo de la caridad de mis amigos y de los frutos que voy encontrando por aquí y por allá, en la región de la luz y en los dominios de la oscuridad.
          -Entonces, le ruego que acepte este queso de cabra que ya está listo para ser servido. ¿Le agrada?
          -Por supuesto, hijo, con ese obsequio me doy por satisfecha. Ahora, tendrán que perdonarme, pero debo continuar con mis obligaciones.
          Ingresó al dormitorio y saludó a Tanti que en ese momento acababa de despertar. Dio un beso a la bebita y luego de despedirse con un abrazo de Ana Luz y Nahuel, cruzó su bolso de cuero en bandolera y salió al camino de tierra que la llevaría hacia un lugar que solo ella sabía. Sultán la acompañó durante una legua y luego regresó ladrando y correteando como si también él estuviera contagiado por las buenas ondas que cubrían la casa de sus amos.
          Ana Luz  preparó su bolso, el cayado que le servía de apoyo y de arma de defensa en caso de peligro. Peinó su larga cabellera y luego armó sobre  su nuca  un artístico rodete que sujetó con un broche de hueso que Catinga le había regalado cuando emprendió el viaje rumbo al Cerro de las Brujas. Con pasos ágiles ingresó al dormitorio para despedirse de la más querida de sus amigas y del pequeño ser de quien ya era la madrina, es decir la persona que reemplazaría a la madre carnal si ésta faltara.
          -¡Vaya, Ana Luz, qué elegante te ves con ese peinado! Pareces más alta, más elegante, más bonita.
          -No seas adulona, Tanti. Mi propósito  no es parecer atractiva sino viajar lo más cómoda  posible.
          -Pero  eres hermosa y elegante. Cuántos hombres caerían rendidos a tus pies si llegaran a conocerte.
          -No estoy segura de si ése será mi destino. En la región donde por mucho tiempo viviré no hay hombres guapos y si los hubiera, no siento que ser esposa o madre sea mi vocación.
          -¿Por qué dices eso? ¿No te gustaría formar una familia?
          -No, Tanti. Tal vez la familia a la que pertenezco  y a la que me debo no sea del tipo que todos conocen.
          -No entiendo lo que dices. ¿A qué familia te refieres?
          -Podría decirte que es la que está formada por todos los seres que amo, aunque no sean de mi sangre. Por ejemplo, además de mis padres, estás tú y tu esposo, Catanga, Ana Sofía y mi amada Cabana.
          -¡Cabana! ¿Quién es Cabana? Nunca me hablaste de ella.
          -Son tantas las cosas de las cuales no hemos hablado. Presiento que un día, cualquiera de los que vienen, nos sentaremos a charlar como lo hacíamos cuando éramos dos niñas traviesas. ¿Recuerdas?
          -¡Cómo olvidar aquellos hermosos días!
          -Pasará algún tiempo antes de que podamos   volver a vernos, Tanti. Tengo algunos asuntos urgentes que resolver. Hasta  no sé cuándo  no tendrás noticias de mi loca vida por esas montañas del demonio.
          -Te recordaré cada día, Ana Luz.
          -Yo te enviaré mis mejores deseos y también a mi ahijada. No tengas pensamientos negativos pues nadie te hará daño. Te lo prometo, Tanti.
          -Buena suerte.
          La joven guerrera, como acostumbra llamarla Catanga, abrazó a Tanti. Se besaron en ambas mejillas, como era su costumbre. Luego tomó en brazos a Ana Sofía y ambas tuvieron su primer contacto: sus ojos se encontraron, se reconocieron y se amaron. Ya no existía duda alguna: ambas eran hijas de la luz. Las dos tendrían una tarea, un destino superior que cumplir.
          -Ana Sofía, te bendigo desde lo profundo de mi corazón-. La pequeña mostró en su rostro una amplia sonrisa. Eso era el colmo de la felicidad para Ana Luz, una felicidad distinta, un bienestar que nunca antes había experimentado.
          Salió al patio para despedirse de Nahuel que estaba terminando de ensillar un caballo.
          -Hoy no podré acompañarte. Sabes que debo permanecer cada momento con mis dos mujeres.
          -Lo sé.
          -Montada en mi caballo irás más rápido y te cansarás menos. Cuando llegues al puente de madera, desmonta pues Indio jamás se animaría a cruzar al otro lado. Ata las riendas a su pescuezo y dale una palmada en sus ancas. Esa será la señal de que debe regresar de inmediato a las casas.
          -Adiós, Nahuel. Gracias por tu generosidad. Cuida a tu esposa y a mi ahijada.
          -Lo haré.
          Como en otras oportunidades no se abrazaron ni besaron ni se dieron la mano. Una inclinación ceremoniosa de cabeza era suficiente para despedirse.
          Hacía tiempo que Ana Luz no montaba a caballo pero como esa habilidad no se olvida, inició el regreso a galope corto. A ambos lados  del camino de tierra pastaban los caballos salvajes que se volvían curiosos al paso de la joven jinete.
          Al llegar al puente de madera, hizo lo que el esposo de su amiga le había recomendado. Mientras cruzaba en dirección a su hogar, dio la vuelta para ver cómo Indio galopaba directo al encuentro de su amo.
          Estaba ansiosa por llegar a su refugio. Todavía era temprano de modo que tendría tiempo para realizar algunas tareas y de paso dedicar algunas horas a la lectura. Comenzó a subir con esfuerzo por el serpenteante sendero con el extraño presentimiento de que algo malo había sucedido. Apresuró el paso  hasta que se detuvo asombrada y conmovida por lo que estaba viendo. El frente de su hogar cavado en las rocas estaba destruido como si hubiera recibido poderosos impactos. Sus muebles y libros, sus ropas y enseres de cocina yacían sobre el piso en un revoltijo impresionante. Tomó un recipiente para buscar un poco de agua fresca en el manantial. Tenía sed y la boca pastosa por la rabia y la impotencia que sentía.       Al pasar por su pequeña huerta  no pudo contener una exclamación de odio. Las verduras y flores habían sido aplastadas por las pezuñas de un animal  desconocido. Ni una sola planta se había salvado de la depredación. Alguien, era evidente, le había enviado un mensaje esa misma mañana. Era necesario y urgente ponerse en contacto con Catanga, pero ¿cómo encontrarla?
          Más allá del bosque de espinillos, ocultos tras unas rocas, Calabalumba permanecía orgullosa y triunfante junto a la enorme bestia negra.
          -Bien hecho, Luán Toro. Eres un brujo que acaba de hacer honor a su leyenda. Tus cuernos y pezuñas son capaces de derribar una montaña. Regresemos de inmediato. Esta noche daré mi golpe maestro. Esa maldita cabra caerá en mis manos y cuando eso suceda, no existirá nadie comparable a mi astucia, a mi poder, a mi belleza.
          Caminaba riendo a carcajadas con sus inmensos ojos ciegos enrojecidos por la ira.
         

                                                Capítulo 16

CACERÍA NOCTURNA

          El fino oído de Calabalumba percibió ruidos y voces que iban aproximándose a su guarida. Eran cientos de espíritus del mal que  surgían  de sus madrigueras apenas el sol se ocultó tras las siluetas de las Altas Cumbres. Habían sido convocados para realizar la mayor cacería de la que se tendría memoria en los dominios de los cuales era la legítima y única Heredera. Dentro de un instante batiría sus palmas para despertar a la pequeña comunidad que convivía con ella, entre los cuales estaban los brujitos más inteligentes y astutos aunque para ella sólo eran una manada de estúpidos.
          Durante aquel largo día que llegaba a su fin, la joven ciega no había podido conciliar el sueño. Una y otra vez aparecía ante ella la imagen de Ana Luz  en el momento en que ella se había dispuesto  a atacarla. Con un paso atrás su peor enemiga había pronunciado un conjuro y desaparecido literalmente de su vista en un instante, en lo que dura un relámpago,  sin dejar un rastro, una señal que indicara  dónde  se podría haberse  ocultado. Ese truco, según supo  por las enseñanzas de su detestable abuela Sandunga, únicamente podía ser realizado por aquellos que  recibían  no solamente un entrenamiento riguroso sino que habían sido fortalecidos por un tónico que ni ella ni ninguno de sus magos serían  capaces  de preparar en los alambiques que se ocultaban bajo  siete llaves.
          -“Tal vez el secreto esté en esa Cabra Invisible” – pensaba mientras hacía sonar las palmas de sus manos.
          -¡Arriba, haraganes! Ha llegado la hora de trabajar. Afuera esperan sus hermanos y hermanas confabulados por obediencia para que esta noche empiece yo a convertirme en la soberana más joven de todos los mundos. ¡Arriba!
          En tropel, con sus caras y manos sucias, lagañosos por tantas horas de sueño, los súbditos de su perversa majestad se reunieron en la explanada. Bombo y Congo traían sobre una especie de palanquín la trampa  que Taninga, el Espíritu de las Aguas, había ofrecido para la cacería de la Cabra Invisible. Se movían inquietos, reían sin motivo aparente, se daban codazos y empujones hasta que quedaron inmovilizados por la voz tronante de Calabalumba.
          -Ahora, presten atención, porque no pienso repetir una sola palabra. Miren hacia los cerros y valles que están a nuestros pies.
          La multitud giró sus ojos y se escuchó un grito de asombro.
          -¡Oh!
          Formando un triángulo en la lejanía se elevaban las llamaradas de los Espíritus del Fuego: Quipán, Talamuyuna y Quichagua, las brujas salamandras de Villa Adelina  que iluminaban la noche con demoníacos resplandores.
          -Esos fuegos están marcando la zona de ataque. Todos ustedes irán formando un semicírculo y avanzarán hacia la desembocadura del Cañadón de las Ánimas, paso a paso, de manera que nuestra presa huya hacia donde se encontrarán Bombo y Congo  sosteniendo esta jaula de cristal donde quedará encerrada. ¿Han comprendido?
          -¡Sí, Bruja!
          -¡Alguien tiene algo que decir?
          -No, Bruja.
          En ese momento se aproximó, bufando con fiereza, un inmenso toro negro, cuyos cuernos y pezuñas parecían brillar como rubíes en la oscuridad. Eran pocos los que habían estado en presencia de semejante bestia. Algunos retrocedieron  y otros se quedaron aterrados, cuchicheando y haciendo gestos de sorpresa.
          -Mi leal sirviente, Luán Toro, partirá en primer lugar. Cuando llegue al final del cañadón, derribará un portal de rocas que hay allí para que el sendero quede sellado. Nadie, por más invisible que sea, podrá atravesar esa muralla de piedras. No aceptaré ni errores ni actos de cobardía. Si es necesario dejen sus vidas por mí.
¿Es esa su voluntad?
          -¡Sí, Bruja!
          -Juren en  voz alta.
          -Aminga sanga tatanga Calabalumba  (Calabalumba, eres nuestra dueña, la más poderosa).
          -Eso es, eso es. Espero que después de medianoche, cuando el Gallo del Diablo eleve su canto, pueda tener ante mí lo que nadie hasta esta noche, según dicen las antiguas enseñanzas, ha podido capturar.
          Se  hizo un lamentable silencio durante el cual pareció que la joven de roja caballera iba agregar otras palabras, pero solo dio la orden.
          -¡Que los espíritus del mal y de la noche eterna los acompañen! No saben con cuanta ansiedad los estaré esperando.
          Una estampida  pareció sacudir los montes y  la noche. Por cada sendero, unos corriendo, otros arrastrándose, otro grupo en veloces escobas voladores, la multitud se orientó en dirección al objetivo antes señalado. Calabalumba se cubrió con su manto y a pasos rápidos, se dirigió al salón comedor donde la estaban esperando sus fieles cocineros, los diminutos gnomos de las montañas.
          -Bamba Ananda, señora.
          -Bamba Ananda, anda trenke. (Buenas noches, queridos hijos). ¿Cuál es el menú de hoy?
          -Sopa de cangrejos, comadreja asada con picadillo de hígado de sapo. De postre una porción de jalea de carqueja amarga.
          -¿Olvidaron la bebida?
          -Por supuesto que tenemos aquí una jarra con tu bebida preferida, el trinki  (aguardiente de piquillín) que tanto te agrada.
          -Tienen razón. Creo que esta noche merezco algunos tragos de alcohol. Aunque no tengo demasiado apetito, comeré, y brindaré a cuenta  de   mi futura felicidad.
          A la luz de raquíticas velas que despedían un olor repugnante, Calabalumba empezó a cenar lentamente, saboreando cada bocado y sonriendo con una ferocidad tan desmesurada que hasta los pobres hombrecillos temían que en cualquier momento los castigara arrojándoles la comida sobre sus cabezas, tal como lo había hecho en innumerables oportunidades.
          Mientras tanto, en algún lugar que en ese momento estaba siendo rodeado por los furtivos cazadores, Cabana tuvo el mal presentimiento de que le sería difícil escapar a la redada. Era invisible, pero no podía ni volar ni evitar que su pequeño cuerpo pudiera ser lastimado o atrapado. En su largo peregrinar por estos mundos, había sufrido golpes y persecuciones tanto de día como de noche. Bajo el sol eran los humanos quienes con sus perros corrían tras los sonidos de su campanilla creyendo que era una cabra madrina con su rebaño. Nunca pudieron atraparla aunque en una ocasión uno de los perros alcanzó a morderla en una de sus patas.
Durante las noches escapó a docenas de trampas: pozos disimulados con ramas, lazos de alambres muy finos y apenas visibles, lluvia de piedras y objetos punzantes, la mordedura de una víbora yarará y cuántos otros ataques.
          -“Correré a lo largo del Cañadón de las Ánimas” se dijo. “Al final hay un pequeño túnel por el cual podré escapar. Desde ahí hasta mi escondite secreto hay pocos pasos. Debo apurarme”.
          Lo que Cabana en ese momento no sabía es que Luán Toro ya había derribado el portal bajo el cual corría el estrecho túnel por el que ella pensaba pasar al otro lado. Tampoco sabía que en ese estrecho lugar, el Brujito Loco  y su malvado compinche Congo  ya habían colocado la trampa de la cual no le sería tan fácil escapar.
          El cerco se iba estrechando mientras la cabra corría a más no poder. Un coro de gritos, ladridos, bufidos, insultos, maldiciones, risotadas la seguía cada vez más cerca hasta que finalmente, con un brusco chasquido la puerta de la trampa se cerró tras ella. El artefacto era estrecho y aunque lo intentó, los barrotes de cristal no cedieron a sus arremetidas. La risa burlona de sus captores fue la señal de que estaba empezando a perder su preciosa libertad. ¿Qué harían con ella? ¿Adónde la conducirían? Observó que la estaban  transportando  en  un palanquín sobre los hombros de dos desagradables jóvenes, seguidos por una muchedumbre de  seres que tenían los más ridículos aspectos.  “Estoy perdida” – se dijo, y se echó a dormir plácidamente.
         

Capítulo 17

DE MAL EN PEOR

          Ana Luz pasó ese día y el siguiente  procurando  recuperar lo que  quedó bajo los escombros a los  que había sido reducido su hogar. Sacudió el polvo y volvió a guardar sus libros, ordenó los elementos de la cocina, lavó la ropa de cama y procuró, aunque no lo logró del todo, poner en su lugar las piedras que sostenían la puerta de entrada.
          Trabajó en silencio, guardándose las lágrimas y reprimiendo su enojo, aunque tenía la certeza sobre quién había ordenado el ataque. Sin embargo, lo que más la entristeció fue pensar que Catanga, a pesar de la confianza y la amistad que las unía, jamás le había revelado el modo de llegar hasta su escondite secreto. Solo un par de  veces en su vida había estado en ese rincón de las Sierras Grandes cuando era niña. La primera vez se había reunido imprevistamente con la Bruja Suprema  después de su  encuentro con la Cabra Invisible. En la otra ocasión había sido guiada por el sonido de la campanilla pero no recordaba cómo orientarse sin perderse en  lo que  era un verdadero  laberinto sin salida.
          Llegó la noche y apenas probó bocado. La morada  había recuperado parte del orden y limpieza que su dueña imponía aunque ya no volvería a ser la misma. Cansada y confundida pasó buen tiempo de la noche leyendo. De vez en cuando se levantaba, hervía agua y tomaba un tazón de té. Volvía a recostarse y continuaba leyendo pero la vencía la preocupación, se distraía en la lectura y debía volver sobre la misma página. Al fin, agotada, se quedó dormida y despertó cuando por uno de los ventanucos abierto en la pared comenzó a entrar la luz de la mañana. Ordenó su cama,  tomó un rápido desayuno, y salió a respirar el aire fresco antes de comenzar su tarea en la huerta pisoteada, cuando se sorprendió al ver sobre la rama de un árbol a  un pájaro que ella  conocía.
          La blanca paloma mensajera parecía haber estado esperándola. Comenzó a arrullar y a dar vueltas como sugiriendo que la siguieran. Sin demorar un instante, Ana Luz cerró la puerta y salió  al  sendero de piedras procurando no perder de vista a Colombina aunque ésta iba y venía haciendo círculos y volviendo a orientarse. Al internarse en una especie de bosque de quebrachos, observó que muy alto, planeando con el sigilo propio de su especie, Ashpa Puca vigilaba los alrededores. La bella y valerosa águila real estaba protegiéndola a ella y a la paloma de posibles ataques, pues era evidente que algunos secuaces de la Heredera no temían la luz del sol y realizaban sus operaciones a plena luz del día.
          El camino resultó largo porque no iban en línea recta. Por momentos el sendero doblaba a uno y otro lugar por paisajes que se iban tornando más y más espléndidos. Árboles enormes de tupido follaje, flores de increíble belleza que exhalaban los más exquisitos aromas, pájaros de vivos colores que gorjeaban, conejos y pequeñas tortugas, mariposas que  llevaban en sus alas mensajes escritos en vaya a saber qué idiomas.
          Al salir de un sendero formado por arbustos y rosas silvestres, apareció el refugio de Catanga, ese lugar que ahora sí comenzó a recordar, feliz por volver a encontrarse con su maestra y protectora. Como la puerta estaba cerrada  golpeó con sus nudillos. Después de un breve silencio, se escuchó:
          -Adelante, mi pequeña, te estaba esperando.
          Ana Luz empujó la pesada puerta y lo primero que la alarmó fue el aspecto de la Bruja Solitaria. Se la venía triste y agotada y parecía no poder levantarse para saludarla como era su costumbre. Se irguió apenas en la cama para abrazar y ser abrazada por la joven, se dieron cálidos besos en las mejillas y tomándose de las manos se miraron a los ojos.
          -¿Qué pasa, Catanga? ¿Estás enferma?
          -Ojalá solo fuera eso. Creo que vamos de mal en peor.
          -Me quedaré a cuidarte. ¿Por qué no me avisaste que me necesitabas?
          -Ya sabrás el porqué.
          -¿Cómo supiste lo que me ha sucedido?
          -En los ojos de Colombina vi el desastre que hizo en tu hogar esa bestia.
          -¿Sabes quién es?
          -Su nombre es Luán Toro, un asesino que ha venido desde el lejano sur a servir a su ama y amiga. Ya sabes de quien estoy hablando. Pero, lamentablemente, tengo otras noticias tristes que darte.
          Catanga apoyó su cabeza en la almohada y por primera vez Ana Luz vio que dos lágrimas asomaban a sus pequeños ojos. No sabía cómo  encontrar las palabras adecuadas, pidió un poco de agua y  después de tomar un sorbo, con voz pausada, dijo:
          -Lo siento mucho, mi querida Ana Luz, Cabalango ha fallecido.
          -Mi padre, mi pobre padre. ¿Cómo murió?
          -Su corazón se detuvo mientras cavaba una zanja en una obra en construcción. Los médicos de Covadonga no pudieron salvarlo.
          -¿Cómo lo supiste?
          -El Mensajero que todos los meses lleva el dinero de doña Salomé a tu familia  ha traído la noticia.
          -¿El Mensajero? ¿Quién es él? Y mi madre, ¿cómo está?
          -Ya conocerás al Mensajero, cuando llegue el momento. En cuanto a Catinga ahora vive con una familia que la protegerá  hasta el momento en que puedas hacerte cargo de ella. Lo siento, debes saber que para la muerte la magia no sirve para nada.
          Ana Luz se quedó pensativa. Las ideas y los sentimientos se mezclaron y se confundieron de tal modo que por momentos se preguntaba qué hacía ella en ese lugar, por qué no había estado junto a sus padres, por qué tantos cambios, tantos nuevos peligros. ¿En nombre de qué? Sin embargo, cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de Catanga, supo que más allá del bien y del mal ella tenía una tarea que cumplir. Se secó las lágrimas que mojaban sus ojos, se puso de pie y fue hasta la cocina en la que ardían unos leños y sobre ellos un caldero negro.
          -Te haré un tazón con sopa. No me digas que no comerás porque voy a enfadarme contigo. ¿Escuchaste, Catanga?
          La anciana volvió a hundirse en el silencio. Su propósito jamás había sido   el de alarmar a su amiga y discípula, pero no podía callar sus preocupaciones.
          -Hay otro problema, Cabana ha desaparecido.
          -¿Qué?
          -No tengo señales de ella desde hace dos noches. Sabes que nuestra amiga  vive sola en un mundo que nosotros no podemos ni ver ni comprender. Desde hace incontables siglos somos aliadas y realizamos nuestros trabajos de común acuerdo. Pues bien, nuestra hermosa y blanca cabrita ha desaparecido.
          Después de pronunciar las últimas palabras Catanga  sonrió y pareció recomponerse. Ana Luz se quedó tiesa, otra vez con sus ideas y emociones envueltas en un embrollo.
          -¿Por qué te ríes? Pensé que la ausencia de tu amiga te producía una gran tristeza.
          -Todavía eres muy joven para comprender lo que pasa en las altas esferas de la brujería. No creas que tenga fiebre ni que esté pareciéndote una vieja soberbia. Sucede que esa Cabana tiene a veces un comportamiento insólito.
          -Si es así, entonces tú también tienes a veces un comportamiento difícil de comprender. Por ejemplo, ya que tocamos el tema, me gustaría saber por qué durante tantos años que nos conocemos no me diste la clave para llegar…
          Las interrumpió la entrada repentina de Colombina. Catanga le hizo una seña y de inmediato la paloma se aproximó iniciando su arrullo y mostrando en sus ojos el mensaje, las imágenes de lo que acababa de registrar en las proximidades.
          -¡Vaya! Ahora sí que estamos en peligro. Llama de inmediato a tu amiga.
          Ana Luz no  tenía ni la menor idea de lo que estaba por suceder. Se apartó para que ingresara el águila real con sus alas plegadas y el cuello vigoroso, atenta para recibir instrucciones.
          -No hay tiempo que perder, Ashpa Puca. Vuela hasta el Desfiladero de los Esqueletos al encuentro de quien viaja directamente para hacer lo mismo que hizo con el hogar de Ana Luz. De tu audacia, de tus garras y pico dependen nuestras vidas. Confío en ti. Vuela.
          Apenas cruzó el umbral, el inmenso carnívoro correteó unos metros y elevó su veloz  vuelo. Dio unos giros en el aire para orientarse, tomó altura y como una flecha se lanzó sobre el negro objeto que ya había divisado avanzando impulsado por su mente asesina. El toro también vio a su atacante y se detuvo. Con sus patas delanteras comenzó a escarbar la tierra mientras su bramido estremecía las montañas. Bajó la cabeza y al instante sus largos y afilados cuernos se dispusieron para convertir a su adversaria en un puñado de carne y plumas sanguinolentas.
          Ashpa Puca tomó impulso y en la primera pasada apenas rozó la cabeza de Luán Toro. Dio la vuelta y pareció huir con el propósito de que el enfurecido  animal  se desplazara  hasta las proximidades de un profundo abismo.  No pareció sospechar la maniobra y corrió enfurecido hasta que sintió que las garras del animal volador le habían arrancado un ojo. La sangre que le  corría por el hocico  volvió a excitarlo. Su visión estaba disminuida pero no su odio, el deseo de ganar esta batalla y correr hasta la oculta morada donde en esos momentos Calabalumba  esperaba el desenlace.
          El próximo ataque de Ashpa Puca no fue tan certero. Confió en su velocidad pero erró el picotazo y una de las afiladas astas le hizo un corte en uno de sus muslos. Se elevó, reunió fuerzas y se ubicó a la distancia, posada sobre unas rocas casi a la altura del suelo. El toro embistió enceguecido por la sangre y la furia y su impulso solo sirvió para que el águila real le arrancara el otro ojo. Ciego, impotente, Luán Toro corrió completamente desorientado de un lado a otro hasta que se precipitó al abismo en cuyo fondo podía verse desde el aire, una montaña de huesos blanquecinos sobre los que descansaba para siempre el fiel sirviente de la Heredera.
          Cumplida su tarea Ashpa Puca retornó para dar la señal de que había cumplido su tarea. En un momento, Catanga curó sus heridas con sus pomadas y lociones curativas. Supo que uno de los peligros había desaparecido pero vendrían otros hasta que  se cumpliera el fin de sus tiempos en este lugar del mundo.
          Antes del anochecer Ana Luz salió a caminar por los alrededores. Pensó en su padre, en aquel humilde gordito que siempre exageraba respecto de su valentía, no era muy trabajador y  tenía la costumbre de comer en exceso pero ya no de beber. Su hija recordó  aquella noche, hacía muchos años,  cuando ella había descubierto el alambique donde Cabalango  fabricaba sus licores. Destruyó la construcción y desde entonces, el antiguo brujo de las montañas dejó de beber. Después vinieron otros tiempos, otros modos de vida. La nostalgia por la familia emocionó a la discípula de la Bruja Solitaria pero contuvo a tiempo sus emociones. La noche se aproximaba y no era prudente permanecer al aire libre.
           

Capítulo 18

EL TROFEO

          Antes de que comenzaran a llegar los brujos supremos de lejanas regiones, Calabalumba abrió una puerta secreta y penetró en un socavón donde estaban trabajando febrilmente las  tejedoras. Salavina, Calingasta y Talacayu   eran tres viejas y enormes arañas  que tenían como única tarea elaborar las telas con las cuales la joven ciega hacía confeccionar sus extravagantes vestidos.
          Al verla ingresar los arácnidos apresuraron su labor, combinando fuertes hilos de diversos colores que iban copiando de los dibujos tal como  se mostraban en los diseños grabados en  una de las paredes de roca.
          -¿Cómo va el trabajo?
          -Bien, Bruja. Ya estamos terminando – respondió Calingasta que tenía un ojo más grande que el otro.
          -Mi nuevo vestido deberá estar listo para la noche de mañana. Estoy ansiosa por ver cómo luciré en el momento de mi coronación.
          -Te verás más hermosa que nunca – dijo Talacayu  en tono adulador.
          Salavina se quedó en silencio pues era muda de nacimiento. No obstante inclinó su enorme cabeza  en señal de reverencia.
          -Para que comprueben que no las olvido, les  he  traído  una  cena especial – dijo la futura soberana del pueblo noctámbulo.
          Destapó una enorme caja de la que salieron miles de moscas, mosquitos y mariposas, la comida predilecta de las tejedoras. Seguían tejiendo disimuladamente  porque sabían que hasta que no llegara la orden no podrían satisfacer su apetito. A una señal de su ama, los bichos corrieron por todos los rincones buscando a sus víctimas y devorándolas  con desesperación.
          -Apenas terminen de cenar, vuelvan a su trabajo. Más vale que mi vestido de gala esté perfecto. ¿Escucharon?
          -Sí, Bruja.
          Calabalumba salió por el pasillo que la conducía a la Caverna Mayor. Al centro, sobre una mesa de piedras, se veía un objeto rectangular cubierto por un paño negro. A sus costados ardían dos velas enormes que también iluminaban el estrado donde ella y sus invitados tomarían asiento. Sólo faltaba la señal que no era otra que el canto del Gallo del Diablo. A un batir de palmas ingresó Bombo, disfrazado con las ropas de un ridículo payaso, gorra de dolores, zapatones puntiagudos y coloretes en las mejillas.
          -Que seas el maestro de ceremonia significa que por esta noche te he perdonado. Que la gente de mi pueblo espere en la explanada y que guarden silencio.
          -Así se hará, Calabalumba.
          -Ahora, uno a uno, que vayan ingresando mis invitados. Debo conocerlos, dialogar con ellos y mostrarles el trofeo prodigioso que tengo ante mi vista. Hazlos pasar.
          El Brujito Loco regresó en un momento y con voz firme  que resonó en la oscura cavidad, dijo:
          -Huascarán, brujo supremo de la región de Atacama-. El aspecto del visitante era el de un viejo cóndor, famoso por ser el asesino de las crías de cabras, ovejas y vacas. Tenía una pata más corta que la otra, lo que daba a sus movimientos sobre el piso un ondular desparejo y torpe.
          -Bienvenido, reverendo sacerdote del mal. Espero que te sientas cómodo. Ubícate a  mi derecha.
          Sin demora volvió a ingresar el presentador.
          -Londrina, suprema soberana de las selvas brasileras-. Ante la vista de la recién llegada, Calabalumba sintió un repentino ataque de celos. La joven mulata era la visión más bella que un hombre podría contemplar. Lástima de semejante belleza para cualquier varón, porque la  hechicera había practicado un  juego diabólico con docenas de jóvenes a los que sedujo y dejó abandonados en el extenso Pantanal donde murieron de hambre o devorados por los  yacarés. Con una mueca agria que pretendía ser una sonrisa, la dueña de casa la saludó.
          -Bienvenida a mi hogar, Londrina. Durante las próximas noches tendrás la oportunidad de demostrarnos algunos de tus conocimientos. Siéntate donde te plazca.
          La voz de Bombo, anunció:
          -La princesa Yungas, ama y señora de los reducidores de cabezas de la región ecuatoriana-. Por un instante ninguno de los presentes advirtió las formas de la invitada que no era otra que la de una enorme boa que avanzaba arrastrándose con  la boca abierta de la que salía su enorme y roja lengua.
          -Qué sorpresa, hermana. Hemos preparado algunos de tus bocados predilectos para la cena de mañana. No creo que hayas  probado en tu vida el sabor de conejos, palomas y ratas  como los que abundan en nuestro país. Enróscate a mi izquierda, por favor.
          Los ojos de Bombo parecían salir de sus órbitas. Apenas le salían las palabras cuando anunció el ingreso del cuarto invitado.
          -El Jefe Mapocho, soberano en la vida y en la muerte de Pueblo Perdido en  las costas chilenas-. En realidad, el que ingresaba era un fantasma, una enorme figura casi transparente, como si su cuerpo estuviera sostenido por capas de cenizas blanquecinas. En el lugar de la cabeza lucía una espantosa calavera.
          -Eres una leyenda entre nosotros, poderoso Mapocho. Desde que yo era pequeña mi abuela tenía la pésima costumbre de decirme: Si no me obedeces llamaré a Mapocho para que te dé una lección. Vaya si entonces te temía aunque  nada es ahora igual para mí, quiero decir que ya  no me asustas.
          El fantasma, que en su juventud, hacía siglos,  había sido un jefe indio astuto y cruel, hizo caso omiso de lo que acababa de escuchar y con un leve movimiento de sus hombros pareció decir que nada le importaba.
          -Tengo para ustedes una sorpresa – dijo Calabalumba señalando el centro de la mesa-. La presencia de alguien que nadie ha visto jamás, en ninguna región: uno de los espíritus de la maldita luz que a tantos de nosotros ha destruido. Todos  hemos sido adiestrados desde niños en las males artes, en el embrujamiento y el mal de ojos, en la clarividencia y la capacidad de mover objetos a  distancia. Tenemos nuestros laboratorios donde fabricamos pócimas y venenos para tonificarnos o para eliminar a nuestros enemigos. Sabemos trepar hacia el cielo estrellado montados en nuestras veloces escobas voladoras y hacer mil piruetas en el aire. ¿Qué nos falta para completar nuestros extraordinarios poderes?
          -¿Qué nos falta – preguntó Londrina, con una sonrisa sarcástica-, para ser más poderosos de lo que somos? No puedo creer lo que estoy escuchando.
          La joven ciega, cuya larga cabellera roja ondulaba a la luz de las velas, se puso de pie y de un manotón descubrió la jaula de cristal invisible en la que permanecía Cabana. Por supuesto que nadie vio objeto alguno, ni grande ni pequeño. Sencillamente, sobre la mesada de piedras no se veía absolutamente nada.        Todo parecía una broma imperdonable hasta que la anfitriona tomó un puñado de pasto y lo pasó a través de los barrotes. Como por arte de magia  (pues todo lo que estaba sucediendo era mágico), los tallos de alfalfa subían y desaparecían. Alguien estaba masticando tranquilamente, un ser cuya invisible presencia llenó de estupor a los invitados.
          -Mañana, al final de la ceremonia de mi consagración,  ustedes,  junto a mi pueblo serán los testigos de un hecho maravilloso, jamás visto. Por hoy nada más voy a adelantarles. Los invito a que pasemos al comedor. Mis pequeños sirvientes han preparado un menú especial para cada uno – anunció Calabalumba, aunque no tenía ni la menor idea del alimento que le ofrecerían  al fantasma Mapocho.
          -Por mi parte – dijo Yungas -, debo confesar que estoy sorprendida. Pero antes de que me ofrezcas tus manjares, debo entregarte un regalo especial que traje para ti-. Con sus largos colmillos destapó una cesta de la que salieron docenas de víboras venenosas que sin perder un instante se escurrieron en busca de comida.
          -También yo tengo un presente-. Era Londrina quien sacaba de un bolso de cuero de caimán, un brillante objeto-.  Mi obsequio es el Espejo de la Verdad, en el que podrás contemplar tu belleza que estoy segura será más  perfecta en la noche que viene.
          Ni Huascarán ni Mapocho traían obsequio alguno, nada que pudiera complacer a quien los había invitado al cónclave en el que sería maldecida con el título de Bruja Soberana de la región de las Altas Cumbres, Pampa de Achala, Valle de Mataderos y el Cerro Champaquí.
          La Heredera por derecho propio no hizo gesto alguno pero pensó: “Miserables avaros. Si por mí fuera les pondría veneno en sus comidas, pero debo ser prudente. Los necesito para la ceremonia de la noche que vendrá, la noche que toda bruja ha soñado durante su vida”.
          -Queridos amigos, les pido que me acompañen a tomar la cena. Mañana, en este mismo lugar, tendré el honor de recibirlos nuevamente. Vayamos a comer y luego tendrán el resto de la noche  para dar una vuelta por los alrededores. Disfruten sin temor. Nadie tendrá la osadía de molestarlos.
          Se encaminaron a la otra caverna donde los esperaban los apetitosos manjares que a cada uno de ellos los laboriosos gnomos habían preparado especialmente.
          En el momento en que Calabalumba iba a tomar asiento, un chillido le llamó la atención. Se volvió para encontrarse con la figura de la zorra Rumipal que le hacía señas para que se aproximara.
          -¿Qué te pasa, pedazo de zaparrastrosa, ¿por qué me molestas?
          -Mi ama y señora, tengo malas noticias para usted.
          -¿Qué estás diciendo? ¡Habla!
          -Luán Toro ha sido asesinado. Su cuerpo yace al fondo del Desfiladero de los Esqueletos.
          -¡Eso no es posible! ¿Quién es el culpable? ¿Quién pudo haberlo  vencido?
          -Ashpa Puca, la bruja águila real,  le arrancó los ojos y lo hizo precipitar a la muerte.
          -¡Maldición!


Capítulo 19

NADA ES PARA SIEMPRE
         
          Ana Luz permaneció acompañando a Catanga agobiada por un extraño presentimiento. Hacía las tareas de limpieza, cocinaba para ambas, leía en voz alta antiguos cuentos y leyendas que la anciana escuchaba sin interrumpirla. Sin embargo, maestra y discípula  permanecían la mayor parte  del día en  silencio como si no tuvieran nada que decirse o porque intuían que lo que tenían que confesarse debía ser postergado.
          Cierto amanecer  la joven se sorprendió al observar que la Bruja Solitaria se levantaba muy temprano de su cama, hacía hervir agua y preparaba el desayuno con la misma destreza que en otros tiempos. Parecía haberse recuperado de sus achaques y procedía como si las horas no fueran suficientes para hacer lo que se estaba proponiendo. Estaba llegando el momento de enfrentar drásticos cambios aunque esos hechos significaran un gran dolor espiritual.
          -Ana Luz, ¿se puede saber por dónde anda la burrita?
          -Como por ahora no la necesito, la he dejado suelta, comiendo los mejores pastos por aquí y por allá. ¿Qué pasa con ella?
          - Vas a necesitarla.
          -¿Para qué? ¿Acaso debo regresar a Covadonga?
          -No, mi pequeña. La necesitarás para que traigas hasta aquí tu ropa, tus libros, todo lo que guardas en tu refugio.
          -No entiendo. ¿Por qué debo hacerlo? – De pronto sintió que venía hacia ella un antiguo reproche-. Durante años jamás me dijiste cómo debía hacer para ubicar tu escondite, y ahora, así nomás me pides que venga a vivir contigo. ¿Qué está pasando?
          -No es así, Ana Luz. Todo lo que he intentado hacer contigo desde que naciste, ha sido adiestrarte, enseñarte trucos y algunos misterios que han ido modificando tu destino. No te estoy pidiendo que vengas a vivir conmigo porque pronto ya no estaré aquí.
          Ana Luz sintió que su corazón saltaba en su pecho. En ningún momento había pensado  que ese momento llegaría. La sorpresa hizo que el rubor subiera a su rostro.
          -¿Has escuchado, mi querida niña,  alguna vez el refrán que dice  “Nada es para siempre”? Quiero decir que  en  unos pocos días algo concluirá y algo tendrá su comienzo, tanto para mí como para ti.
          -Catanga, no entiendo una palabra de lo que estás insinuando.
          -Ya comprenderás. Ahora ve y busca a esa borrica, carga sobre ella todo lo que se haya salvado del  derrumbe y regresa. A partir de este momento nada te impedirá ir y volver por los senderos que conducen  hasta aquí. 
          La anciana hizo un chasquido con sus manos y de inmediato apareció Ashpa Puca, a la que dio orden de vigilar desde el aire los movimientos de su amada discípula.
          -Ahora salgan de inmediato y regresen antes del anochecer. Después de la cena tenemos que conversar, Ana Luz. No demoren.
          Por horas la joven caminó hasta encontrar a la burrita pastando en las proximidades de su derrumbado hogar. Llenó bolsos y cajas con todo lo que podía cargar y al paso del dócil animal inició el regreso en el preciso momento en  que lo que había sido la caverna de sus padres, el lugar donde ella había nacido quince años atrás, se desmoronó ante sus ojos asombrados. Después del intenso ruido, del estrépito que resonó como un trueno, una nube de polvo cubrió el lugar. “Nada es para siempre”, pensó esbozando una leve sonrisa, y continuó su caminata.
          A pocos metros del refugio, como invitándola a una nueva experiencia de vida, el olor agradable de  la cena era una invitación para que se apresurara a descargar a su burrita servidora, se lavara las manos y se sentara a la mesa que ya estaba preparada, con el mantel que se empleaba en raras ocasiones, platos y cubiertos, una vela  en un candelabro de plata y un florero de terracota luciendo un primoroso ramo.
          Comieron en silencio, observándose de vez en cuando con inocultable cariño, sabiendo que estaba llegando el momento de las confesiones y las graves decisiones. Lavaron la vajilla y se sentaron cómodamente a degustar un té de pétalos de rosas.
          -¿Y bien, Catanga? Estoy ansiosa por escucharte. ¿A qué se deben estos cambios?
          -Mi querida Ana Luz.  Recordábamos hoy que nada es para siempre. Pues bien, mi permanencia en esta región del mundo está llegando a su término. Soy una mujer muy vieja, alguien que está cansada de tanto batallar y que desea el descanso final. Hasta aquí he llegado. Ya no puedo continuar.
          -Me estás asustando. ¿Me estás sugiriendo que vas a morir? Eso sería terrible para mí. ¿Qué haría sin ti?
          -Lo que estoy tratando de decirte es que  volveré,  a través de un largo viaje,  al país de mi infancia.
          -¿Para qué? ¿Por qué?  ¿Cuál es el propósito?
          -Para cerrar el círculo de mi vida. Nacimiento y fin, el círculo perfecto. ¿Comprendes?
          -Por supuesto que lo comprendo, pero me enoja saber que has decidido partir. Te amo, Catanga,  lo sabes bien. Ayúdame a comprender, dame un poco de tu sabiduría.
          -Serénate. Es hora de que vayas aceptándote a ti misma para que, cuando yo no esté, ocupes el lugar que la Sagrada Luz tiene reservado para ti.
          -Pero todavía soy muy joven, soy una niña que está creciendo.
          -Por eso mismo, Ana Luz. Estás en la edad perfecta para dejar atrás el mundo de las muñecas y dejar que ese lugar lo ocupe una mujer.
          -Pero yo nunca jugué con muñecas. Lo sabes mejor que yo.
          -Era una broma, mi pequeña guerrera. Debes estar preparada pues graves sucesos sacudirán en la noche de mañana estas altas montañas. ¿Recuerdas que hace años te dije, “mientras exista luz habrá oscuridad?”. Dejaré en tus manos el poder de sanar, de cuidar y orientar a los seres que tienen como tú ese don  especial que los espíritus de la oscuridad aborrecen.
          -¿Cuál es ese don?
          -El de amar y comprender, la capacidad para asistir al que te necesite. Esto y mucho más. No es el momento para hacer una lista. Ven,  voy a mostrarte algo que a partir de hoy será tuyo.
          Catanga descorrió una cortina que cubría la pared sur de la caverna. Ante  la  mirada sorprendida de Ana Luz apareció una enorme biblioteca acumulada por la Bruja Solitaria durante sus largos años de servicio. Algunos tomos parecían nuevos y otros muy viejos, unos pocos  encuadernados con piel  y dos o tres que solo conservaban algunas páginas.
          -Catanga, ¡no lo puedo creer! ¿Tendré  todos estos libros para mí sola?
          -Algunos son para que te diviertas en tus horas de ocio pero los más importantes son aquellos que te darán una pizca de sabiduría, para que no seas una mujer rústica, ignorante y supersticiosa.
          -Te prometo que los leeré, uno por uno, aunque me lleve años.
          -Estoy segura de que lo harás, aunque una simple lectura no será suficiente. Si no descubres el espíritu de cada libro, de cada enseñanza, leer será solo un vago pasatiempo.
          -¿Un pasatiempo?
          -Eso mismo. Una excusa para no pensar por ti misma, un modo superficial para que pasen las horas vacías.
          -¿Qué debo hacer? Supongo que no me dejarás con la intriga. Si así fuera nunca te lo perdonaría.
          -Pronto lo sabrás.
          Apenas dijo esas palabras, Catanga tuvo un vahído, se tomó fuertemente del borde de la mesa y se incorporó, agitada y temblando.
          -¡Cabana!
          -Catanga, no me asustes, ¿qué está sucediendo con ella? ¿Dónde está?
          -Lo ignoro por ahora, pero siento que se encuentra en peligro. Hasta que mi amiga y compañera de los mundos invisibles no regrese no estaré en paz. De ella depende mi viaje de regreso.
          Ana Luz buscó en la cocina un vaso con agua para dárselo a su maestra. Mientras lo hacía, y sin que la joven lo advirtiera, en el rostro de la anciana se dibujó una enigmática sonrisa.    


Capítulo 20

CONDENADA CALABALUMBA

          La noche en la que Calabalumba sería consagrada como Bruja Suprema se iba aproximando. El infernal griterío  de los invitados resonaba  y  sus ecos se multiplicaban  en las hondonadas y cerros, en los precipicios y quebradas,  llenando de espanto a los pocos viajeros humanos que a esa hora regresaban a sus hogares.
          La Caverna Mayor había sido adornada con  dibujos y tapices tan antiguos que ninguno de los presentes podría decir ni quiénes habían sido sus artistas ni a qué época pertenecían. Velas de cebo lánguidas y malolientes  iluminaban los rincones del amplio salón en el que iban amontonándose los más curiosos espíritus de la noche. Todos vestían ropajes nuevos y lucían tatuajes y pinturas en sus rostros, en sus picos u hocicos, según fuera el aspecto que habían tomado para la ocasión. Los más revoltosos habían sido notificados  para que guardaran la mayor compostura que les fuera posible a riesgo de que fueran expulsados y se perdieran cada detalle de la ceremonia.
          Sobre la mesa de piedra, frente a la que ya estaba la anfitriona y sus invitados especiales, podía verse el objeto rectangular cubierto por un paño negro que ocultaba la jaula de cristal invisible en cuyo interior permanecía Cabana. No balaba ni hacía  repicar  su campanilla de plata como si estuviera adormecida o atemorizada. Si la habían ubicado en el centro del escenario sería porque su presencia no iba a pasar desapercibida. Eso era más que seguro. Por algún motivo, que ella parecía desconocer, durante largos cambios de luna los espíritus de la noche la habían buscado y acosado hasta que al fin lograron atraparla. ¿Qué harían con ella ahora? ¿Estaría llegando el final de su larga vida?
          El cónclave de la brujería estaba por comenzar. A una señal de Calabalumba, Bombo y Congo empujaron la gruesa puerta de piedra para que a partir de ese momento nadie pudiera ingresar y tampoco escapar, si esa fuera la cobarde intención que siempre era castigada con los más crueles escarmientos.
          Sentada en su elevado trono de rocas incrustado  con piedras preciosas, la joven ciega de larga cabellera, lucía el vestido que para ella habían diseñado las  arañas tejedoras que, desde un oscuro rincón, observaban con orgullo su obra de arte.
          Sobre la mesa yacían la capa que había pertenecido a su abominable abuela Sandunga de quien ni siquiera quería recordar su nombre, y el Espejo de la Verdad que le había obsequiado la hechicera Londrina.  Estaba descalza como era su costumbre y de su cuerpo se expandían los olores más repugnantes  que para sus súbditos e invitados era el  lujo de la ciencia de los perfumes ocultos.
          La hasta ese momento considerada como legítima Heredera se puso de pie con ese aire de insolencia que demostraba ante propios y extraños. Miró a todos y luego a cada uno con sus ojos ciegos y clarividentes, para comprobar hasta qué punto seguirían siendo sus fieles amigos y servidores.
          Levantó su mano derecha y con el puño cerrado, aguardó el inicio del diabólico rito. Una y otra vez, a coro pero en completo desorden, sonaron las voces que ofrendaban absoluta obediencia, servidumbre y adoración.    
          -Bomba batú mandinga.
          -Bomba batú mandinga.
          Una mueca de superioridad y desprecio se dibujó en su rostro.  Orgullo y poder eran una formidable alianza para gobernar a un pueblo integrado por seres que no sabían pensar por sí mismos, que no tenían voluntad individual ni la capacidad de rebelarse frente a las peores humillaciones.
          Por pequeños túneles cavados en la dura roca se iban esparciendo los olores de las variadas comidas que los humildes gnomos estaban preparando para el festín que se serviría cuando se abriera la puerta de la Caverna Mayor. Más de uno inhaló las fragancias y más de uno cuchicheó con su vecino, dándole codazos para que mostraran con estúpidas sonrisas  que tenían un hambre insaciable.
          Ubicados a la derecha de quien en minutos sería consagrada como soberana, estaban Huascarán, el viejo Cóndor que había volado cruzando la Cordillera de los Andes, y el fantasma Mapocho, luciendo en la parte superior de su horrible figura, una calavera que parecía sonreír. A la izquierda, enroscada sobre el sitial de piedra, la boa Yungas  elevaba su enorme cabeza donde resplandecían sus inquietos ojos y una lengua bífida, larga y roja que entraba y salía de su doble hilera de dientes. Pero quien más llamaba la atención, por su cuerpo perfecto y la armonía de su rostro, era la joven mulata, a quien Calabalumba hizo una señal para que se aproximara.
          -Te concedo, Londrina,  el honor para que deposites sobre mis hombros la capa que me distinguirá como la más joven de las brujas supremas de que se tenga memoria.
          La joven hechicera, soberana de selvas y pantanos, se puso de pie, hizo unos graciosos pases de baile, mostró contoneándose sus piernas y caderas, tomó la capa verde ilustrada con  extraños dibujos y jeroglíficos que únicamente podían descifrar los que habían tenido el privilegio de recibirse como brujos mayores en la Escuela de las Malas Enseñanzas. Mostró la amplia prenda y aproximándose a Calabalumba la cubrió y de inmediato se inclinó en señal de saludo.
          -Que el Espíritu del Mal te proteja de las acechanzas de tus enemigos. Que reines por siglos y siglos como lo hicieron tus antepasados desde el origen de los tiempos. Te consagro en nombre de tu pueblo y de los pueblos aquí representados, como Bruja Suprema. Si alguien está en desacuerdo que hable ahora o calle para siempre.
          La respuesta fue un doloroso silencio. Apenas unos murmullos apagados y unas disimuladas toses estaban diciendo que la ceremonia era verdaderamente majestuosa. La más plena satisfacción en el rostro de la recién consagrada significaba que todo estaba bien, que no habría ni esperado ni aceptado otro gesto de admiración y veneración. El desordenado coro barrió el silencio:
          -Aminga sanga tatanga Calabaluma.
          Repetían que la joven era su dueña, su soberana, la más poderosa de todos los seres que viven y se ocultan en las tinieblas.
          Algunos movimientos de inquietud entre los concurrentes parecían anunciar que tenían sed y hambre, que aguardaban de una vez  el final del cónclave para darse el atracón de comida  que les habían prometido, pero ante una señal volvieron a quedarse en silencio.
          -Les había anunciado la mayor sorpresa de sus vidas y voy a cumplir con mi palabra-. Cientos de ojos observaron el objeto que estaba depositado sobre la mesa cubierto por un paño negro.- Nadie, nunca, ninguno de ustedes ha estado en presencia de este prodigio.         
          De un manotón arrancó el paño negro debajo del cual no había nada. ¿Cuál era el truco o la broma que les estaban presentando?  Tomó un tazón de terracota y se aproximó al medio de la mesa de piedra.  Se escuchó el balido de una cabra y el repiqueteo de una campanilla.
          El asombro y la inquietud  fueron en aumento en la medida en que iban a escuchar el más extraño y misterioso diálogo.
          -Al fin ha llegado el momento, Cabana, el instante que he esperado durante mucho tiempo. Sabes que no podrás escapar y que, si te niegas a obedecerme, no tendré piedad de ti. ¿Estás escuchándome?
          Con su  dulce voz  la Cabra Invisible respondió:
          -“Por qué me amenazas, Calabalumba? ¿Por qué has intentado hacerme daño?”
          La joven ciega hizo un gesto, como si dudara en seguir hablando, pero la voz de Cabana volvió a oírse sin que nadie pudiera ver  al fantástico animal.
          -“No me interrumpas. Si me hubieses buscado y  pedido respetuosamente lo que tanto deseas probar, no te lo hubiera negado”.
          -Estás mintiéndome. No pienses en burlarte de mí porque…
          -“¿Qué es lo que has deseado durante  tanto tiempo? Dilo en voz alta”.
          -Tomar la leche que sale de tus ubres abundantes. Solo eso deseo más que nada en el mundo.
          -“Entonces, aproxímate, dejaré que me ordeñes y que bebas el elixir que emana de mi cuerpo. Adelante, pero antes debes abrir la puerta de esta trampa. Si no lo haces, me negaré a cumplir con tu deseo, aunque decidas matarme”.
          La joven dueña y señora de los espíritus de la noche, pareció desconfiar pero luego, haciendo un rápido movimiento abrió la puerta de la jaula por la que salió Cabana, aunque ni ella ni el público podían ver su silueta. Tomó la escudilla y luego tanteó hasta encontrar el cuerpo de la cabra, tomó primero una teta, luego la otra y la otra y de las cuatro  surgió un chorro de leche blanquísima que se  iba depositando  en el cuenco de barro cocido.   
          -“Ahora bebe, pero no te apresures. Toma apenas un sorbo. Solo un sorbo” – sugirió la voz de Cabana.
          Los miembros del cónclave suspendieron por un instante la respiración. Ese era el acto más insólito jamás presenciado. Vieron como la joven bruja empinaba el recipiente y depositaba en su boca un trago de leche. Luego se recogió el cabello a sus espaldas, acomodó los pliegues de su capa y tomó el Espejo de la Verdad. Lo que empezó a ver hizo que su corazón se acelerara: el rostro que la reflejaba era la más bella imagen de sí misma jamás soñada. Su piel joven parecía más joven, sus ojos profundos habían perdido la ceguera, su cuerpo se enderezó y sintió que sus raquíticos pechos se abultaban con semejante belleza a los de Londrina.
          -Esto es lo que he deseado. Sí, sí. Ahora soy la más joven y bella criatura de la oscuridad. ¿Con quién podrían compararme? ¿Quién  correrá el riesgo de decir que no soy única, incomparable? ¿Alguien desea hablar?
          La corte de sirvientes y los invitados no tuvieron dudas de que esas palabras coincidían con la imagen que reflejaba el Espejo de la Verdad. Pocos advirtieron que la misma Londrina pareció en un momento dudar de su precioso y moreno cuerpo. Estaban contemplando un prodigio. Nadie pensaba en esos momentos en la comida ni en otra cosa que no fuera continuar contemplando la figura perfecta de Calabalumba que pareció  decidida a continuar bebiendo la prodigiosa sustancia. 
          -“Aguarda un momento” – se escuchó la voz de Cabana -.  “Te advierto que si bebes la leche  que queda en ese cuenco,  estarás frente a un grave peligro. Mírate, ya  has logrado lo que querías”.
          Calabalumba abrió los brazos ante la multitud en actitud de desafío. Corrió hacia un lado y otro  mostrándose joven, espléndida, todopoderosa.
          -¿Cómo te atreves, espíritu invisible, a lanzarme una advertencia, justamente a mí, en estos momentos de gloria? Mira lo que voy a hacer para demostrarte que nada  ni nadie podrán detenerme.
          -“No lo hagas”.
          Se apoderó con ambas manos del cuento y no bebió unas gotas sino todo lo que el recipiente contenía. Con el dorso de su mano se limpió la boca y esperó a que el tónico hiciera su efecto. Nadie se movió, nadie tosió ni se distrajo. Ahí estaba de pie, desafiante, con los brazos en alto, descalza, con sus mejores galas, la joven que había heredado el poder total en los dominios de la brujería.
          Un fuerte sonido, como el de un trueno en la tormenta, retumbó en la inmensa y oscura cavidad. Un súbito y violento  relámpago  cubrió el cuerpo de Calabalumba que comenzó a estremecerse, a sufrir convulsiones, a perder el equilibrio. Cayó y volvió a incorporarse con una expresión de locura en ese  rostro que iba perdiendo su hermosura para mostrar en  pocos segundos a una vieja sin dientes, con el largo cabello encanecido, el cuerpo esquelético prolongado  en manos largas y dedos con uñas afiladas como garras. En el lugar de una arrogante joven, estaba ahora la mismísima imagen de Sandunga, con sus ojos redondos y crueles, la nariz huesuda y encorvada, la voz áspera y ronca.
          Tomó el Espejo de la Verdad  y se buscó tal como ella creía que seguía siendo pero lo que vio reflejado le hizo comprender el error que había cometido. Un grito que retumbó en la caverna y se expandió por las Montañas Mágicas, repetía una y otra vez.
          -¡Maldita seas, Cabana! ¡Maldita seas, Ana Luz! Juro por los señores de la oscuridad que no descansaré hasta vengarme. ¡Malditas! ¡Malditas!
          Mientras tanto,  alguien había abierto el pesado portal por el que huían los despavoridos asistentes al cónclave. La noche se llenó de espectros voladores, por los senderos una multitud corría a ocultarse en sus madrigueras en tanto los visitantes de lejanos países desaparecían en raros aparatos, mediante trucos de magia o en veloces escobas.
          Incluso los más fieles seguidores se habían apartado de su soberana. ¿Quién hubiera tenido el valor para  permanecer en compañía de semejante criatura?  Solo Maitén, la gata negra,  oculta en un oscuro rincón, observaba sin temor  la monstruosa imagen de su ama.


Capítulo  21

¡ADIÓS, CATANGA!

          Con sus ojos de águila, Ashpa Puca iba siguiendo las marcas sobre la tierra que iban dejando las pisadas de la Cabra Invisible que había huido en medio del tumulto y corría presurosa con las primeras luces del amanecer hacia el refugio de Catanga. El tañido de su campanilla de plata despertó a Ana Luz que se incorporó de un salto para dar la feliz noticia a su anciana maestra.       
          -Catanga, mira quién ha regresado. Es Cabana.
          -¡Cabana! Pasa, pasa. Te has demorado más de lo convenido.
          Ana Luz no entendió al comienzo el sentido de las palabras de bienvenida  pero un momento después todo se hizo claro para ella. Se escuchó la voz de Cabana:
          -“He cumplido con mi tarea, Catanga. Han sido largos días y espesas noches las que he vivido, pero finalmente lo que tenía que suceder sucedió, tal como sospechábamos”.
          -Esa mala bruja  es terca como una mula y ponzoñosa como una víbora de coral. Tuvo su oportunidad pero la perdió  para siempre.
          -“Por momentos pensé que me acuchillaría cuando yo estaba prisionera en esa endemoniada jaula. Jamás imaginé estar en presencia de una  mujer semejante”.
          -Debemos olvidarnos de ella. Hoy será para  nosotras una jornada  muy importante. Échate en algún rincón y descansa para que a la noche nos acompañes.
          -“Así lo haré”.
          Ana Luz había encendido el fuego y hacía hervir agua para preparar el desayuno. Con una canasta de mimbre recogió de la pequeña huerta, que se ocultaba tras unas imponentes rocas, algunas verduras y tallos de menta y peperina. Puso el mantel sobre la mesa, algunas galletas y los tazones humeantes de sabroso té.
          -Al mediodía saldremos a caminar y a conversar. Luego regresaremos para dejar todo listo para mi viaje. Me siento aliviada después del regreso de mi amiga invisible. Ahora sé que esa brujita pelirroja no te molestará por un tiempo. Pero no te descuides. Está viva  y envenenada por sus deseos de venganza. Muchos de sus secuaces  pronto volverán con ella pues son incapaces de vivir sin sentirse esclavizados y sometidos por la violencia.
          -Estaré alerta, Catanga. Todavía no sé qué seguiré haciendo aquí, pero creo en ti, creo en tus enseñanzas, creo que esta es la vida que siempre he deseado tener. Cuando aparezca una duda me sentaré a meditar hasta que salga de ella y la resuelva. Viviré día a día, hora por hora, sin soñar con lograr lo imposible. Pero me costará, sabes que soy impaciente, que me gustan la aventura y el peligro. Soy muy joven para ser prudente como tú.
          -Lo que has aprendido te será suficiente por ahora, y con el paso de los años y el estudio, más la experiencia, llegarás a ser una mujer sabia.
          -¿Cuándo sea vieja?
          -No es mérito ser sabio cuando se es viejo. Lo serás mucho antes, mi querida guerrera.
          Después del almuerzo salieron a recorrer los lugares que Catanga tan bien  conocía desde el día en que había llegado para cumplir una misión. A paso lento, apoyada en un bastón y del brazo de Ana Luz, llegaron a las inmediaciones del Arroyo de las Murmuraciones. Desde lejos el sonido del agua parecía cantar una monótona y cristalina canción, un ondular de rumores y de inexplicables voces que venían y se perdían a la distancia. Se detuvieron  en el puente de madera que llevaba al reluciente Valle del Silencio.
          -Por ahora no deberás atravesar este puente. Lo harás el mismo día que cumplas  18 años. Hasta entonces permanecerás de este lado, realizando las tareas de las cuales hablaremos luego.
          Ana Luz, no supo si protestar o callar. Finalmente,  procurando que sus palabras fueran simples y respetuosas, dijo:
          -A mediodía de camino vive la pequeña Ana Sofía y más allá está  mi madre aguardándome.  No veo el momento de volver a encontrarme con ellas.
          -No te preocupes  por tu madre. Catinga está bien y nada le faltará. En cuanto a tu ahijada, durante estos primeros años será Tanti quien se hará cargo de  cuidarla, darle de comer,  cambiarle los pañales, enseñarle a caminar y a hablar, jugar con ella, amarla y protegerla. Después será tu turno, aunque de ese tema no vamos a hablar. Ahora regresemos. Todavía tengo algunas cosas que hacer.
          Ana Luz  sintió que muchas preguntas acudían a su mente pero la angustia que sentía ante la inminencia del viaje de Catanga, era más fuerte que su curiosidad por conocer su futuro. Recordó las palabras “día por día, hora por hora” y continuó caminando del brazo de su anciana maestra de vida.
          A media tarde tomaron un rico té de cedrón sentadas a la mesa de piedra que era al mismo tiempo su punto de reunión y conversación. Estaba llegando el momento de la despedida pero antes, tal como la Bruja Solitaria había prometido, tenía que darle a su discípula  las últimas instrucciones. La anciana miró a los ojos de la joven, luego extendió sus manos sobre la mesa y las depositó sobre un voluminoso libro. Con voz suave y solemne pronunció:
          -Abanga vudú tau pamba Ana Luz  (Ana Luz, guarda los secretos de mis enseñanzas).
          -Lo haré, te entrego mi palabra de honor.
          -Deranga banga buturú                  (La sombra del silencio
           Cóngoro urunda bulú                             cubra las palabras secretas
          Ana Luz em Catanga.                    Que Catanga dirá a Ana Luz)
          Se oyeron los pasos de Cabana que se iba aproximando a la reunión:
          -“Yo, que habito en las Praderas del Silencio desde tiempos inmemoriales, debo anunciarte, Ana Luz, que a partir de hoy seré tu aliada incondicional. Sentirás mi presencia solo en momentos de gran necesidad. Juntas, con la fidelidad de  Ashpa Puca, vigilaremos el mundo desde el lado de la Sagrada Luz. El bien y el mal, la noche y el día se suceden desde el origen de los tiempos. Es poco lo que  podremos hacer, aunque ese poco siempre será mucho, aunque no suficiente. Recuérdalo”.
          -Por ahora y siempre  deberás  tener  presente  este  momento,  Ana Luz -continuó Catanga-. Nada ni nadie te está obligando a que sigas nuestros pasos, de modo que tienes ahora la primera y la última oportunidad para tomar una decisión definitiva. Si lo deseas, mañana mismo podrás iniciar tu regreso a la región donde viven los humanos, o quedarte aquí si eso es lo que dicen tu mente y tu corazón. Lo que decidas para mí estará bien.
          -“También para mí” – dijo la Cabra Invisible.
          - Tengo ya la respuesta que tenía preparada desde hace mucho: este es mi lugar, aquí me quedaré. No tengo nada más para decir.  Solo  palabras de amor y admiración para ti, Catanga, y para ti, Cabana.
          -Eso es lo que deseaba escuchar. Ahora hagamos un momento de silencio.
          Desde un árbol próximo, Colombina y Ashpa Puca observaron que de pronto el refugio se llenó de una intensa luz, blanquísima, que duró apenas unos segundos, los suficientes para saber que algo superior, que ellas no comprendían, había tenido lugar frente a sus ojos.
          Sobre el lejano horizonte comenzó a salir una Luna gigantesca, anaranjada y luminosa que lentamente iniciaba su ascensión por los cielos de los variados mundos.
          Catanga cruzó en bandolera un pequeño bolso donde llevaba algunas pertenencias personales. Junto a la biblioteca, oculta por una manta de colores, estaba su poderosa máquina voladora, la escoba sobre la que había realizado tantos viajes y tantas proezas acrobáticas.
          Ana Luz y Catanga se abrazaron por última vez, se besaron en ambas mejillas y dejaron que apenas una tenue lágrima asomara a sus ojos. “El amor del maestro y el discípulo es tan grande como el amor de la madre por su hijo”, había dicho alguna vez la anciana que se aprestaba a regresar al país de su infancia.
          -Vamos, Colombina, tú irás mostrándome el camino. Debo regresar a tiempo para cerrar el círculo de mi vida.
          -Lobú, Catanga.   (Adiós, Catanga).
          -Lobú, anda trenke.    (Adiós, hija mía).  
          La anciana sabia de las Montañas Mágicas comenzó a elevarse más y más hasta que finalmente, frente al gigantesco decorado de la luna llena se pudo observar su negra silueta y el punto diminuto de la paloma que se iban perdiendo a la distancia.


                                                Capítulo 22

SERVIR POR AMOR

          Así como el agua de los ríos fluye sin retorno, así transcurre el tiempo sin que nadie pueda volver sus horas atrás.  De ese modo  iban pasando los días, las estaciones y los años para Ana Luz en el hogar oculto que durante siglos había pertenecido a Catanga.
           En los  fríos inviernos en los que la nieve abundante cubría los valles y las serranías, la joven permanecía estudiando y leyendo junto al rústico hogar de piedra donde ardían los leños que había recogido en el monte  para mantener la temperatura de la caverna así como para cocinar sus alimentos, higienizarse y lavar la ropa.
          La primavera y el verano con sus noches más cortas y los días más largos, le permitían realizar unas de las tareas que su anciana maestra le había encomendado: visitar cada uno de los lugares y reconocerlos, comprobar que no habían por allí escondidos y acechando  algunos hijos de la oscuridad. Los trabajos en la huerta le ofrecían abundante alimento y la fatiga necesaria para que, cuando se retiraba a su dormitorio,  el sueño  la venciera rápidamente.
          Cierto día descubrió, en la rama de uno de los árboles que le ofrecían protección y sombra,  una colmena de la que empezó a obtener  el delicioso producto que elaboraban  para endulzar sus infusiones de hierbas preferidas y preparar mermeladas y dulces. Al comienzo no le resultó fácil convencer a la Reina para retirar parte de sus depósitos pero, con paciencia y justos argumentos,  se fue ganando su confianza.  A cambio de protección y del permiso para que las abejas obreras  libaran el néctar y el polen en las  numerosas flores que rodeaban su refugio,   se estableció una duradera alianza.
          Ordenó el  nuevo hogar  a su gusto, realizó  varios cambios al mismo tiempo que iba comprobando lo que Catanga le había dejado sin que ella lo supiera. Además de los libros que eran su mayor deleite, encontró un arcón antiguo que guardaba telas de diversos colores  y el material de costura indispensable: tijera, hilos, dedal, botones. Aunque nadie le había enseñado el oficio se dio mañana para diseñar y coser su ropa que lucía con un orgullo sereno, propio de su carácter.
          Pero era durante el otoño cuando la nostalgia venía a hacerle compañía. Los días tibios y las noches frescas, los colores cambiantes del paisaje del verde al amarillo y al naranja, al ocre y al marrón, le estaban indicando que la fecha  de su décimo octavo cumpleaños estaba por llegar. Le habían enseñado que el tiempo pasa más rápido para los ancianos y que los niños y los jóvenes lo perciben mucho más lentamente. Los tres años transcurridos habían pasado  por momentos rápidos y por momentos demasiado lentos, según fueran sus estados de ánimo.
          En ese  tiempo de preparación en la soledad, Ashpa Puca no se había separado de ella. Tenía su nido en lo más alto de un cerro donde se alimentaba y dormía, siempre atenta a las sorpresas y peligros al que ambas  estaban expuestas. En cuanto a la Cabra Invisible aparecía y desaparecía sin aviso alguno. Ella habitaba en las Praderas del Silencio, una región a la  que ni humanos ni brujos pueden acceder y solo se presentaba si tenía algo especial que hacer anunciando su presencia con el tañido suave de su campanilla de plata.
          De Calabalumba no aparecía la mínima señal de existencia. Ana Luz no sabía que la actual Bruja Suprema, enferma, sucia, cubierta de harapos y humillada por su insoportable fealdad, se iba recuperando con la ayuda de algunos brujos y hechiceras que, arrepentidos por haberla abandonado, venían a ofrecerle su compañía sabiendo que la historia de su pueblo estaba señalada por triunfos y fracasos. Hubo épocas en que prácticamente fueron exterminados y otras en las que ellos habían sido los señores todopoderosos, amos crueles e implacables, déspotas vencedores en mil batallas.
          Durante las horas oscuras, los pocos sirvientes de la Dama de la Noche salían a la explanada  pero no se animaban a realizar las brutales y divertidas excusiones de otros tiempos. Se echaban a los pies de su ama y desde allí contemplaban el extenso paisaje que aparecía ante ellos. Calabalumba vestía de negro riguroso y se quedaba sentada por horas, rumiando su venganza, sin que pudieran escucharse los furiosos discursos de otros tiempos. Ese siniestro silencio anunciaba que lo peor aún no había sucedido, que en  las páginas del Libro Negro  volverían a escribirse historias de horrores y maldades infinitos.
          Ajena  a lo que estaba gestándose en el cuartel central  de la brujería, Ana Luz se despertó más temprano que nunca, se lavó y peinó, se perfumó con agua de rosas, sorbió apenas unas gotas de té, tomó su bolso de viaje y el cayado y salió al aire fresco de la madrugada después de cerrar herméticamente la puerta de entrada. El Lucero de la mañana brillaba hacia el este, indicándole el camino que debía recorrer para llegar antes del anochecer al rancho de Tanti y Chacay Nahuel.
          Detrás de unos arbustos donde tenía su lugar de descanso, apareció la burrita, moviendo la cola, movida por el instinto de que sería invitada a realizar un viaje pero ante una señal de la joven, volvió tranquilamente sobre sus pasos y comenzó a pastar.
          Apenas dio los primeros pasos por el sendero de piedra descendente, Ana Luz observó que Ashpa Puca la estaba aguardando en la cima de una roca. Su fiel amiga, el águila real, aguardaba instrucciones tal como era  su costumbre cuando la veía salir de su secreto refugio.
          -Acompáñame hasta el puente de madera y luego regresa sin demorarte en el camino. Vigila de día y de noche y registra en tu mente cada movimiento sospechoso, cada  sombra que se desplace en nuestros dominios. No te impacientes si demoro mi regreso. Tengo algo importante que hacer en estos días.
          La joven inició el descenso por las laderas del Cerro de las Brujas y a paso rápido en pocas horas llegó a las proximidades del puente. Lo supo por el sonido del agua del Arroyo de las Murmuraciones y por el verdor que se insinuaba del otro lado en el Valle del Silencio. Al llegar al lugar convenido, el águila remontó vuelo, hizo unos giros en señal de saludo y voló a toda velocidad a su puesto de vigía.
          Nomás puso sus pies sobre el camino de tierra, Ana Luz comenzó a apresurar sus pasos. Sabía que no debía correr ni aumentar su impaciencia ni hacer cálculos sobre lo que ocurriría cuando llegara a destino. Caminaba observando el apacible paisaje del extenso valle donde veía por todos lados caballos salvajes, vacas, ovejas  y cabras. En la lejanía apareció la columna de humo que salía por la chimenea del rancho. Por supuesto que momentos después el primero en acudir a su encuentro  fue Sultán, ladrando y moviendo su cola en señal de bienvenida.
          Pero lo que hizo que el corazón de Ana Luz comenzara a latir como un tambor fue la diminuta imagen que venía a su encuentro con los brazos extendidos. Su ahijada  estaba allí, después de tres largos años. No podía creer que aquella criatura que había visto nacer ahora viniera riendo y pronunciando su nombre.
          -¡Ana Luz! ¡Ana Luz!
          -¡Ana Sofía, mi pequeña! ¡Corre, corre!
          Madrina y ahijada se abrazaron y besaron, se miraron a los ojos y luego, tomadas de la mano, llegaron a la galería del rancho donde las esperaban Tanti y Nahuel. ¿Cómo era posible tanta felicidad? Ese era el momento exacto, preciso, que ella había imaginado desde el mismo día en que Catanga le dijo que debía esperar tres años para que ese sueño se cumpliera.
          -¡Feliz cumpleaños!  -dijo Tanti.
          -¡Feliz cumpleaños! – repitió su esposo.
          -¿Cómo saben que hoy es mi cumpleaños? Esto es el colmo de las sorpresas.
          Nahuel, serio como siempre, se sacó el sombrero, lo depositó sobre una vieja silla, para decir:
          -Todavía falta otra sorpresa.
          -¡No lo puedo creer! ¿De qué se trata? Por favor, tengan piedad de mi pobre corazón.
          Tanti, señalando la puerta de entrada a la humilde vivienda, dijo:
          -Por favor, pasa y ve  por ti misma.
          Ana Luz sintió que nunca, jamás, habría imaginado que allí, sentada en una silla, estaba Catinga, su madre, delgada como siempre, alta y huesuda, con su cara sorprendida por la llegada de su única y amada hija a la que abrazó y besó una y otra vez. En ese momento Catinga recordó que hacía muchos años, cuando ella era una pésima bruja, su hija le había  dado el primer beso de su vida. “¿Hija, que me has dado? – había preguntado llena de gozo y de asombro. “Te he besado, mamá, te he besado”.
          -Creo que tendremos mucho de qué hablar esta noche, ¿verdad? – dijo Ana Luz depositando su bolso y su cayado en un rincón.
          -Sí, pero antes vamos a cenar – dijo Tanti – antes de que la comida se enfríe.
          Por una pequeña ventana que daba al oeste, palidecía la luz del Sol. Sobre la mesa los aguardaban un  guiso de conejo con papas, ensalada de cerraja y llantén, bollos de pan casero y leche fresca. Ana Sofía se sentó al lado de Ana Luz y  a cada momento se daba vuelta para observarla, hacerle algún gesto de cariño o preguntarle, por ejemplo, tantas cosas que su madrina iba contestando como podía.
          -¿Dónde vives? ¿Por qué demoraste tanto en venir a verme? ¿Te acordabas de mí? ¿Me quieres mucho? ¿Te quedarás a vivir con nosotros?
          -Ya tendré tiempo para responderte esas preguntas. Ahora, seré yo quien haga algunas. Hasta que no tenga las respuestas, no voy a  quedarme tranquila. Quiero saber, mamá, cómo llegaste a esta casa.
          -Te lo diré en pocas palabras. Desde que partiste, todos los meses venía el Mensajero y nos traía el dinero y  los saludos de doña Salomé. Cuando murió tu padre y quedé sola, recibí la invitación de Tanti para que viniera a vivir con ella. No sabes lo agradecida que estoy, me parece que ellos son también mis hijos.
          -Pero no entiendo, ¿quién era el Mensajero, la persona que te llevaba dinero y saludos de doña Salomé?
          -Él es el Mensajero - dijo Catinga señalando a Chacay Nahuel con una sonrisa.
          Ana Luz se quedó contemplando el rostro serio, curtido y generoso del esposo de Tanti. Tenían entre ellos un secreto todavía no revelado a nadie. El secreto que a Calabalumba le había producido tanto odio: el casamiento de un hijo de brujos con una joven humana, padres de Ana Sofía, ahora mansamente dormida en los brazos de Ana Luz. Ya llegaría el momento de hablar y tomar decisiones. Por ahora todos sentían la inmensa felicidad de encontrarse reunidos. Tenían por delante varios días para conversar y preguntar y reír y comentar, aunque la discípula de Catanga sabía que era depositaria de secretos y conocimientos que jamás podría revelar ni compartir. Nunca, a nadie.
          Estaban  disponiéndose a dormir cuando escucharon los ladridos de Sultán. Salieron al patio y buscaron el motivo de la alarma del perro ovejero cuando, en lo profundo de la noche, observaron la extraña y luminosa presencia del Pájaro de Fuego, una extraña criatura jamás vista, que revoloteaba sobre ellos con su larguísima cola del color de las llamas.
          Ana Sofía, que había despertado en brazos de Ana Luz, extendió su bracito hacia el cielo y señaló, con gestos de sorpresa y alegría,  con su dedito índice:
          -¡Miren! ¡Ahí está! ¡Al fin ha llegado!
           


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1 comentario:

  1. Qué hermosa sorpresa!!! No sabía que había más historias de Ana Luz, una alegría inmensa en esta cuarentena... gracias por compartir. Valeria S.

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